
César Bardés
Y es que la paradoja de ese enemigo implacable que es el tiempo es que la eternidad no es más que un hecho efímero, que al final es posible que lo que haya no sea un acabar y morir sino un acabar y nacer, y que lo que realmente burla Benjamin Button no es a ese enemigo que no importa que cuente hacia atrás, sino que lo verdaderamente insultado es la soledad, antónimo de tiempo, y el miedo a vivir, contrario de amor.
Por supuesto, Brad Pitt realiza una cuidada interpretación del joven-viejo que, poco a poco, se va convirtiendo en el viejo-joven mientras va recogiendo las certezas de que nada es para siempre, que su particularidad le hace un ser afortunado porque tiene la oportunidad de vivir la vejez y la infancia al mismo tiempo y ser joven cuando ya posee toda la experiencia vital que un hombre puede acumular. Sólo hace falta que la mente crezca y apreciar que esa niña que conoce siendo viejo será la misma mujer a las puertas de la ancianidad que le acune siendo un bebé. El cariño, aunque sea contado hacia atrás, es lo único que permanece en la memoria de las sensaciones.
Secundando a Pitt, espléndida, se halla Cate Blanchett, rostro de porcelana que el tiempo va quebrando cada vez que cae su péndulo contador, perfecta en su juventud y cuidada en su vejez, partida en sus sueños y entera en su amor. El destino, compañero juerguista del tiempo, se encarga de hacer que ella rompa todo aquello que llegó a soñar y se coloque en el lugar que realmente le corresponde. Al fin y al cabo, ese mismo destino es el encargado de hacer que a unos les parta un rayo, otros enseñen a tocar el piano, otros bailen y aún otros no dejen de recordarnos que, en nuestro interior, hay también un reloj que hace que, en lugar de encaminarnos hacia la tercera edad, nos dirijamos hacia nuestras lágrimas de recién nacido.
David Fincher dirige con una extraordinaria sobriedad toda esta fábula moral basándose en un relato corto de Francis Scott Fitzgerald, eso sí, notablemente alterado pues el original ocurre en el siglo XVII, y se apoya singularmente en una fotografía de Claudio Miranda en su primer trabajo tras las cámaras aunque había sido miembro del equipo de Fincher en sus anteriores trabajos; y también en el continuo desgranar de la complicada banda sonora de Alexandre Desplat que debe cubrir con el ritmo todo el tempo que va desde 1918 hasta 2002. Todo ello en su conjunto nos brinda la oportunidad de ver una película que nos habla desde el mismo tic-tac de nuestros corazones, deslizándonos una y otra vez, un mensaje optimista sobre la vida, sobre cómo disfrutarla, sobre cómo enamorarla y sobre cómo conquistarla.
La respuesta, como diría algún artista, puede que se halle en un colibrí que es capaz de batir sus alas a una velocidad de 80 movimientos por segundo y que si se para, el pájaro muere. El tiempo está en continuo movimiento y tenemos que fijarnos en cada uno de sus segundos aunque la Naturaleza vierta sus caprichos en que tengamos que ser criados en un asilo, el mejor sitio del mundo para un niño que nace viejo, y que crezcamos en el mundo, el mejor sitio del asilo para un viejo que se hace niño.
Y es que al ver esta película, no cabe duda de que lo primero que hay que destacar es el impresionante trabajo de guión que ha hecho Eric Roth, responsable también en Forrest Gump, Munich o El buen pastor, en todos ellos sumergiéndose en el paso del tiempo y en sus consecuencias aunque aquí, por supuesto, vuelve al terreno de la fábula, del cuento vital que hace que tengamos la sensación de que todo es posible siempre que queramos hacerlo aunque tardemos muchos, muchos años en querer hacerlo. Y si no véase el episódico personaje que desempeña Tilda Swinton en medio de una ciudad asediada por el hielo.
Y es que la paradoja de ese enemigo implacable que es el tiempo es que la eternidad no es más que un hecho efímero, que al final es posible que lo que haya no sea un acabar y morir sino un acabar y nacer, y que lo que realmente burla Benjamin Button no es a ese enemigo que no importa que cuente hacia atrás, sino que lo verdaderamente insultado es la soledad, antónimo de tiempo, y el miedo a vivir, contrario de amor.
Por supuesto, Brad Pitt realiza una cuidada interpretación del joven-viejo que, poco a poco, se va convirtiendo en el viejo-joven mientras va recogiendo las certezas de que nada es para siempre, que su particularidad le hace un ser afortunado porque tiene la oportunidad de vivir la vejez y la infancia al mismo tiempo y ser joven cuando ya posee toda la experiencia vital que un hombre puede acumular. Sólo hace falta que la mente crezca y apreciar que esa niña que conoce siendo viejo será la misma mujer a las puertas de la ancianidad que le acune siendo un bebé. El cariño, aunque sea contado hacia atrás, es lo único que permanece en la memoria de las sensaciones.
Secundando a Pitt, espléndida, se halla Cate Blanchett, rostro de porcelana que el tiempo va quebrando cada vez que cae su péndulo contador, perfecta en su juventud y cuidada en su vejez, partida en sus sueños y entera en su amor. El destino, compañero juerguista del tiempo, se encarga de hacer que ella rompa todo aquello que llegó a soñar y se coloque en el lugar que realmente le corresponde. Al fin y al cabo, ese mismo destino es el encargado de hacer que a unos les parta un rayo, otros enseñen a tocar el piano, otros bailen y aún otros no dejen de recordarnos que, en nuestro interior, hay también un reloj que hace que, en lugar de encaminarnos hacia la tercera edad, nos dirijamos hacia nuestras lágrimas de recién nacido.
David Fincher dirige con una extraordinaria sobriedad toda esta fábula moral basándose en un relato corto de Francis Scott Fitzgerald, eso sí, notablemente alterado pues el original ocurre en el siglo XVII, y se apoya singularmente en una fotografía de Claudio Miranda en su primer trabajo tras las cámaras aunque había sido miembro del equipo de Fincher en sus anteriores trabajos; y también en el continuo desgranar de la complicada banda sonora de Alexandre Desplat que debe cubrir con el ritmo todo el tempo que va desde 1918 hasta 2002. Todo ello en su conjunto nos brinda la oportunidad de ver una película que nos habla desde el mismo tic-tac de nuestros corazones, deslizándonos una y otra vez, un mensaje optimista sobre la vida, sobre cómo disfrutarla, sobre cómo enamorarla y sobre cómo conquistarla.
La respuesta, como diría algún artista, puede que se halle en un colibrí que es capaz de batir sus alas a una velocidad de 80 movimientos por segundo y que si se para, el pájaro muere. El tiempo está en continuo movimiento y tenemos que fijarnos en cada uno de sus segundos aunque la Naturaleza vierta sus caprichos en que tengamos que ser criados en un asilo, el mejor sitio del mundo para un niño que nace viejo, y que crezcamos en el mundo, el mejor sitio del asilo para un viejo que se hace niño.
Y es que al ver esta película, no cabe duda de que lo primero que hay que destacar es el impresionante trabajo de guión que ha hecho Eric Roth, responsable también en Forrest Gump, Munich o El buen pastor, en todos ellos sumergiéndose en el paso del tiempo y en sus consecuencias aunque aquí, por supuesto, vuelve al terreno de la fábula, del cuento vital que hace que tengamos la sensación de que todo es posible siempre que queramos hacerlo aunque tardemos muchos, muchos años en querer hacerlo. Y si no véase el episódico personaje que desempeña Tilda Swinton en medio de una ciudad asediada por el hielo.
El tiempo es el tema sobre el giran las manecillas del argumento de esta película. Ese tiempo que se encarga de dibujarnos los trazos de la vejez con fatal precisión. Ese tiempo que no deja de ir hacia adelante en busca del siguiente minuto con el que estrechar nuestra relación con la muerte. Ese tiempo que hace que el pánico de nuestra vida que, a cada segundo, se acaba un poco más, sea algo normal y corriente con lo que crecer día a día, hora a hora, vida a vida…
LA PARADOJA DEL ENEMIGO (El curioso caso de Benjamin Button)
Reproduzco el artículo tal y como ha sido publicado en el día de hoy.





