jueves, 12 de febrero de 2009

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON (2008), de David Fincher


César Bardés

Y es que la paradoja de ese enemigo implacable que es el tiempo es que la eternidad no es más que un hecho efímero, que al final es posible que lo que haya no sea un acabar y morir sino un acabar y nacer, y que lo que realmente burla Benjamin Button no es a ese enemigo que no importa que cuente hacia atrás, sino que lo verdaderamente insultado es la soledad, antónimo de tiempo, y el miedo a vivir, contrario de amor.
Por supuesto, Brad Pitt realiza una cuidada interpretación del joven-viejo que, poco a poco, se va convirtiendo en el viejo-joven mientras va recogiendo las certezas de que nada es para siempre, que su particularidad le hace un ser afortunado porque tiene la oportunidad de vivir la vejez y la infancia al mismo tiempo y ser joven cuando ya posee toda la experiencia vital que un hombre puede acumular. Sólo hace falta que la mente crezca y apreciar que esa niña que conoce siendo viejo será la misma mujer a las puertas de la ancianidad que le acune siendo un bebé. El cariño, aunque sea contado hacia atrás, es lo único que permanece en la memoria de las sensaciones.
Secundando a Pitt, espléndida, se halla Cate Blanchett, rostro de porcelana que el tiempo va quebrando cada vez que cae su péndulo contador, perfecta en su juventud y cuidada en su vejez, partida en sus sueños y entera en su amor. El destino, compañero juerguista del tiempo, se encarga de hacer que ella rompa todo aquello que llegó a soñar y se coloque en el lugar que realmente le corresponde. Al fin y al cabo, ese mismo destino es el encargado de hacer que a unos les parta un rayo, otros enseñen a tocar el piano, otros bailen y aún otros no dejen de recordarnos que, en nuestro interior, hay también un reloj que hace que, en lugar de encaminarnos hacia la tercera edad, nos dirijamos hacia nuestras lágrimas de recién nacido.
David Fincher dirige con una extraordinaria sobriedad toda esta fábula moral basándose en un relato corto de Francis Scott Fitzgerald, eso sí, notablemente alterado pues el original ocurre en el siglo XVII, y se apoya singularmente en una fotografía de Claudio Miranda en su primer trabajo tras las cámaras aunque había sido miembro del equipo de Fincher en sus anteriores trabajos; y también en el continuo desgranar de la complicada banda sonora de Alexandre Desplat que debe cubrir con el ritmo todo el tempo que va desde 1918 hasta 2002. Todo ello en su conjunto nos brinda la oportunidad de ver una película que nos habla desde el mismo tic-tac de nuestros corazones, deslizándonos una y otra vez, un mensaje optimista sobre la vida, sobre cómo disfrutarla, sobre cómo enamorarla y sobre cómo conquistarla.
La respuesta, como diría algún artista, puede que se halle en un colibrí que es capaz de batir sus alas a una velocidad de 80 movimientos por segundo y que si se para, el pájaro muere. El tiempo está en continuo movimiento y tenemos que fijarnos en cada uno de sus segundos aunque la Naturaleza vierta sus caprichos en que tengamos que ser criados en un asilo, el mejor sitio del mundo para un niño que nace viejo, y que crezcamos en el mundo, el mejor sitio del asilo para un viejo que se hace niño.
Y es que al ver esta película, no cabe duda de que lo primero que hay que destacar es el impresionante trabajo de guión que ha hecho Eric Roth, responsable también en Forrest Gump, Munich o El buen pastor, en todos ellos sumergiéndose en el paso del tiempo y en sus consecuencias aunque aquí, por supuesto, vuelve al terreno de la fábula, del cuento vital que hace que tengamos la sensación de que todo es posible siempre que queramos hacerlo aunque tardemos muchos, muchos años en querer hacerlo. Y si no véase el episódico personaje que desempeña Tilda Swinton en medio de una ciudad asediada por el hielo.

El tiempo es el tema sobre el giran las manecillas del argumento de esta película. Ese tiempo que se encarga de dibujarnos los trazos de la vejez con fatal precisión. Ese tiempo que no deja de ir hacia adelante en busca del siguiente minuto con el que estrechar nuestra relación con la muerte. Ese tiempo que hace que el pánico de nuestra vida que, a cada segundo, se acaba un poco más, sea algo normal y corriente con lo que crecer día a día, hora a hora, vida a vida…
LA PARADOJA DEL ENEMIGO (El curioso caso de Benjamin Button)
Reproduzco el artículo tal y como ha sido publicado en el día de hoy.

miércoles, 11 de febrero de 2009

EL DIABLO DIJO NO (1943), de Ernst Lubitsch


Puede ser que el diablo, sí, ése que conocemos de toda la vida, ése que creemos que camina sobre brasas ardientes azuzando su viveza para tormento de las almas, sea un simple oficinista. Quizá espere en una mesa, cual burócrata de las tinieblas, a que entren los muertos para decidir si, en base a sus obras en vida, les proporciona un cómodo apartamento en el infierno. Esperará detrás de una mesa, con su tintero, su aire cansino de funcionario hastiado y estará allí, deliberando consigo mismo sobre el destino de todos aquellos que han pedido ir al submundo en lugar de tomar el camino sin fin de unos escalones que les lleven directamente al último piso. Incluso quizá un día puede que entrara Ernst Lubitsch y, mientras escuchase sus maldades, encendiera un enorme cigarro puro con el que exhalar imposibles volutas del humo que domina.
La comedia más inteligente estaba en manos de ese alemán que sabía que el diablo podía decir que no a la entrada de almas en los terrenos del averno. Y era plenamente consciente de que, casi a mediados de siglo, valores como el honor, el amor, la fidelidad y la obediencia podían llegar a ser tan anticuados y despreciados que, en determinado momento de nuestras tristes vidas, realicen un viaje a la inversa para acabar como credenciales irrefutables para la condenación eterna. Así era Lubitsch. Cogía a dos intérpretes de encanto impresionante y solidez contrastada como Don Ameche y Gene Tierney, los rodeaba de unas cuantas llamas secundarias que para sí quisiera el mejor de los directores de la historia y el resultado es una película que deja nuestra mente en la delicia, nuestro corazón hechizado por el mismo diablo, nuestro ánimo embargado por todo lo que de bueno pueda tener el alma que nos habita, nuestras ganas de cine repletas de un mágico toque que aún nadie ha sabido expresar con sencillez en qué consistía y que se dio en llamar “toque Lubitsch”.
Tal vez los ingredientes de su maestría consistieran tan sólo en su marca de la casa sazonada con un elegante sentido del humor, en su inteligencia indiscutible a la hora de tratar las historias, su casi imperceptible toque nostálgico hacia otras épocas que pudieron tener encanto, su humanidad dentro de un ambiente que suele ser bastante despreciable y su forma tan clásica de dejarnos con una sonrisa que abrimos dentro de nosotros como dejando entrar lo que él explicaría con una puerta cerrada.
Lubitsch murió de un infarto cinco años después de esta película, mientras rodaba La dama de armiño. Dicen que en su muerte no pudo evitar un último “toque Lubitsch”: al lado de él encontraron un puro con la llama encendida…Para mí que nos avisó de que pensaba bajar las escaleras con su sonrisa pícara y preguntarle al diablo si se podía quedar por allí, más que nada porque seguro que en el infierno las piernas de las chicas son más aprovechables que en el último piso…


martes, 10 de febrero de 2009

EL GATO CONOCE AL ASESINO (1977), de Robert Benton


Los viejos tiempos nunca se marchan del todo. Y los tipos realmente duros, cuando llega la terca ancianidad, aún saben pegar donde más duele. Ya no pueden correr. Están gastados. Están cansados. Pero saben encajar un puñetazo en la nariz y devolver con intereses un directo al estómago. Es lo que pasa con algunos detectives privados que guardan su viejo revólver con una capa de polvo encima. El tiempo pasa para todos pero lo único que hace falta es mantener aquella sangre fría que hace muchos años circulaba por debajo de una arrugada gabardina y aquella cabeza que expresaba sus pensamientos a través del sombrero de ala ancha que les cubría. Y todo porque tu socio, viejo amigo de viejas épocas, se presenta en tu casa con un agujero en el estómago. Y lo que te intriga no es que se muera en tu cama, sino cómo diablos se ha dejado atrapar. La inocente desaparición de un gato irá completando el rompecabezas y unos tipos se empeñan en robarte los pocos años que te quedan de vida. Tú piensas: “¿Qué más da? Hace ya años que nadie se acuerda de mí, me retiré a disfrutar de mi plácida jubilación y he permanecido muerto durante todo este tiempo”. Pero tú sabes cosas que nadie sabe. Sabes dónde husmear. Sabes dónde buscar. Sabes dónde acudir…y, sobre todo, sabes dónde matar.
En tu inteligencia está el detective que un día fuiste y que te hizo el mejor de la ciudad, pero el mundo que te rodea ya no es el mismo. La chica no es la respuesta. Es la pregunta. El ratero contrabandista es el que te hace la vida imposible, y uno de los pocos amigos que te quedan quiere quedarse con el dinero. Pero fuiste tan bueno que haces que ese nuevo mundo se acomode al ritmo de tu pistola. Tu puntería es como tu intuición, se puede encasquillar el tambor pero no falla. Una úlcera te dobla. Una maldita úlcera es capaz de derribarte cuando ni siquiera un matón de tres al cuarto y más hortera que unos pantalones de campana puede hacerlo. Los Ángeles ya no es esa ciudad que atravesaban con tu coche recubierto de cera y brillo porque ya no tienes coche y tienes que ir en autobús. Como un cero a la izquierda. Como un trasto más. Como una reliquia más. Una reliquia con un valor contado en diamantes tan duros como tus huesos bajo la fuerza de los golpes que te siguen haciendo hombre…
Producida por Robert Altman, dirigida por Robert Benton (que probó su maestría con el género negro años después con Paul Newman, Susan Sarandon y Gene Hackman en la excelente “Al caer el sol”) y maravillosamente interpretada por un creíble, matizado y duro Art Cartney, “El gato conoce al asesino” fue una especie de crepúsculo del cine negro de profunda originalidad, que nos habló con maestría de la tercera edad de aquellos hombres que, a pesar de su intensa honradez, nunca creyeron en nada más que en el sabor de una buena bebida, en la perdición entregada por la mano de una mujer y en el envolvente humo de un cigarrillo que parecía plantear siempre una difícil interrogación que sólo ellos sabían contestar con un poso de amargura.

viernes, 6 de febrero de 2009

VALKIRIA (2008), de Bryan Singer


La historia del complot para asesinar a Hitler fue tocada tangencialmente por el cine ya en películas como ¿Arde París?, de René Clement o la excelente La noche de los generales, de Anatole Litvak pero ya era hora de reivindicar el hecho de que no todos los alemanes estuvieran al lado del sanguinario dictador y que también se originó un débil aunque valeroso movimiento de resistencia que intentó restaurar un orgullo que se perdía por los sumideros de una carnicería.
De momento, llama poderosamente la atención cómo la película pasa por encima de una figura capital de aquel intento de golpe de estado como era el Mariscal Erwin Rommel, pieza angular de lo que iba a ser el nuevo gobierno y que intentaría negociar una rendición honorable con los Aliados, preferentemente con los americanos ya que de los rusos no querían ni oír hablar. Sin embargo, no cabe duda de que la película se acerca con bastante minuciosidad a toda la preparación del atentado, inteligentemente concebido, con el fin de que la Wehrmacht, el ejército, se quitase de en medio a la guardia pretoriana de Hitler, las SS, fuente continua de enfrentamientos y motivo de deshonra para un buen sector de aristócratas militares que despreciaban fervientemente la política del Führer.
También es evidente que los problemas que ha habido durante el rodaje de la película han acabado por socavar algunos de los cimientos sobre los que se asentaba (un error del laboratorio fotográfico echó a perder una buena cantidad de negativo, obligando a rodar toda esa parte de nuevo y reuniendo al equipo una vez que éste estaba dispersado) y, probablemente, debido a razones puramente económicas (el agujero de dinero debió de ser más grande que la explosión que apenas dañó una mano de Hitler) se recortó allí y allá y ha habido algunos agujeros involuntarios que saltan a la vista en todo el desarrollo de la trama. Véase, sin ir más lejos, el diminuto papel que desempeña el personaje de Kenneth Branagh, vital en los primeros compases, pero que luego se diluye con apenas una escena trágica de epílogo.
Aún y todo así, el oficio de Bryan Singer en la dirección es más que notable , acudiendo a edificios oficiales de la época y desarrollando una dirección artística estupenda (en manos de la decoradora Lilly Kilvert), con decorados que en ningún momento desentonan y describiendo la fascinante estética del reino del terror con verdadero mimo, planificando con sencillez y con considerable facilidad todas las escenas que, en manos de cualquier otro, hubieran sido tomas de cámara al hombro, vamos y dale que dale que ya se entenderá el espectador.
Donde reside el atractivo más fundamental de la película (no olvidemos, un argumento del que conocemos su planteamiento, desarrollo y desenlace) es en la excepcional interpretación de algunos de sus efectivos. Tom Cruise, además de tener un parecido casi sobrenatural con el verdadero Claus Von Stauffenberg (salvo en lo que respecta a la estatura), realiza una interpretación de destacable dramatismo, interiorizando fortalezas antes que dudas, llevando adelante la construcción de un nuevo orgullo que se halla en auténticas ruinas por lo que es una derrota anunciada. Tom Wilkinson resulta enorme en el papel del Mariscal Erich Fromm, el típico oportunista que no enseña sus cartas hasta que sepa cuáles son las del vencedor aunque deja entrever con particular sabiduría cuál es su sentir acerca de una guerra que ya se bate en retirada. A Kenneth Branagh no se le da ninguna oportunidad salvo en los primeros minutos por las razones ya expuestas. Terence Stamp camina adecuadamente por los pasillos de la aristocracia militar y es estupendo el trabajo de Christian Berkel, atrapado por decisiones que no le corresponden y que, no obstante, lleva adelante por ese deseo incontrolable de instalar algo de cordura en una nación que navega inundada por la insania.
En ocasiones, los hombres deben de dar un paso adelante para demostrar que aún hay algo de corazón en un país que abandonó el suyo en manos de un demente. El guión de Christopher McQuarrie (autor del guión de Sospechosos habituales) camina en esa dirección. No todos los alemanes fueron culpables y esa losa que habita sobre las cabezas de las nuevas generaciones que no quieren oír hablar sobre lo que hicieron sus padres y abuelos puede que, con esta película apreciable pero no sobresaliente, pese algo menos. La historia pudo ser cambiada. La historia puede aplastar.

jueves, 5 de febrero de 2009

LA DUDA (2008), de John Patrick Shanley


Hermanos, estamos aquí reunidos en torno a esta película para dilucidar de alguna manera si nuestros pensamientos se dirigen hacia su aprobación o, por el contrario, podemos formular algún reproche en su realización y puesta en escena. El enfrentamiento entre dos clases de entender el estilo de vida que representa la iglesia es el motivo central de ésta tan particular diatriba cinematográfica que siempre se quiere mover por el respeto y la cordura.
Muy a menudo, Dios nos pone a prueba y si se visten unos hábitos que obligan y que atan a unos cuantos votos, entonces es cuando dejamos en libertad lo que esconde nuestro corazón. Imagínense, hermanos: 1964. El Presidente Kennedy acaba de morir y la minoría racial de color comienza a hacerse un sitio en los derechos civiles. En un colegio católico se dan cita dos morales que orquestan un cruel enfrentamiento no tanto por lo que se pone en tela de juicio, sino por las dos maneras de entender el máximo mensaje de Dios y una de las más hermosas afirmaciones de toda la humanidad: Amar al prójimo como a sí mismo. Por un lado, allí en el cuadrilátero de la rectoría, se halla una hermana que cree que la fe es inamovible, que tiene sus cómos y sus porqués, y por supuesto, sus reglas son pura ley irreformable. No importa que el mundo cambie a su alrededor. Qué más da que haya, por fin, un alumno negro en el colegio. La revolución es para los rebeldes y su misión, la misión que ella cree que tiene encomendada por Dios, es la de aplastar cualquier signo de rebelión usando, de forma implacable, el mazo de la severidad.
Por otro, con muchos menos kilos de peso, nos encontramos a un sacerdote. Es razonablemente joven y parece más consciente de todos los cambios que están ocurriendo. Cree en el poder de tender una mano cuando alguien la necesita. Cree que acercarse a los niños es también un modo de acercar la fe a quien todavía no comprende una vida tan socialmente marcada. Cuando está en el territorio del altar capta a la audiencia (algo que muchos hermanos de hoy en día son incapaces de asumir) y suele tener el templo lleno (algo que nuestra iglesia de hoy, cuarenta años después, puede mirar con cierta envidia) y, entonces, el drama estalla por un chismorreo sin comprobar, por querer proteger a alguien, por querer hacer el bien la difamación se hace presente en forma de una duda que se da por cierta.
John Patrick Shanley, hermanos, ya nos dejó con el corazón bien secuestrado escribiendo aquella preciosidad que se llamó Hechizo de luna, dirigida por Norman Jewison. Y lo que parecía ser una prometedora carrera en Hollywood se truncó al idear una cláusula en la que prohibía tajantemente en sus contratos tocar una sola coma de sus guiones lo cual hizo que la industria lo marginase hacia el teatro y, en concreto, hacia el off-Broadway. El tipo lo intentó una y otra vez hasta que escribió La duda, ganando por ello el Premio Pulitzer y, cuando surgió la idea de adaptarla al cine, por supuesto, Shanley exigió que la película estuviera escrita y dirigida por él.
Para ello, el hermano John Patrick ha tomado prestadas algunas ideas de aquella otra historia tan vibrante que era Agnes de Dios, también de su amigo Norman Jewison, y ha contado con un plantel de actores absolutamente brillante: Meryl Streep es la viva imagen de la austeridad anclada en la intransigencia dando matices absolutamente brillantes a un papel que es viva adustez. Philip Seymour Hoffman interioriza las sensaciones del sacerdote que no sabe muy bien cuál es el pecado que ha hecho si todo su afán es hacer que la Iglesia en sí misma baje de los altares y se mezcle de verdad con los fieles. Y mención especial merece el impresionante trabajo de Viola Davis en una aparición de apenas unos minutos en un trabajo que te deja boquiabierto, sobrecogido y asombrado. Después de ver esta interpretación es cuando uno se puede dar cuenta de la tontería que es ver a determinadas actrices nominadas a la mejor secundaria (y no, no soy antipatriota, soy realista).
En cualquier caso, hermanos, al pasar esta página que sólo pretende ser una reseña con algún que otro tinte de originalidad, deseo que todos nosotros hagamos un esfuerzo para no convertir la cruz en una daga, que nuestras creencias nunca se confundan con nuestros deseos, que nuestro estilo de vida no se imponga al de otros por la fuerza de nuestro propio carácter. La duda es el peor estado en el que pueden estar sumidos nuestros corazones. La libertad de hacer el bien es el mejor regalo que Dios nos pudo dar. Con todo ello, hermanos, podéis ir en paz.

miércoles, 4 de febrero de 2009

LA VENTANA (1949), de Ted Tetzlaff


Estamos ante una de esas auténticas desconocidas que nacieron para la serie B y se convirtieron en oro puro con el paso del tiempo y de la mirada. Homenajeada brevemente por Pedro Almodóvar en su flojísima Kika, esta película, de director de segunda fila e intérpretes en los que sólo cabe destacar el siempre sólido trabajo de Arthur Kennedy y el muy refinado trabajo de Paul Stewart, recién salido de la factoría de Orson Welles y la muy inteligente Ruth Roman; es un film lleno de una extraordinaria riqueza al aportar un cuento de horror urbano a través de los ojos de un niño de diez años al que nadie cree. El pánico hará su aparición en una noche de soledad en la que los monstruos cobrarán vida con forma humana y entonces todo desencadena una serie de acontecimientos que pueden presentarse fácilmente como el reverso de La calumnia. Allí, la mentira de una niña, trae fatales consecuencias al ser creída. Aquí, la verdad de un niño, trae fatales consecuencias al ser ignorado…
Como buena serie B, la película tiene un planteamiento vertiginoso, además de un muy original comienzo, y se describe con singular acierto el modo de vida de la clase trabajadora americana allá por finales de los años cuarenta. Las casas son antiguas, testigos de muchos callejones oscuros, y el único teléfono del barrio se encuentra en la tienda de la esquina y todo ello, bajo una dirección que nunca volvió a estar a esta altura, se convierte en un apasionante thriller, que hace que no apartemos nuestra vista de la pantalla, de ritmo perfecto durante los 73 minutos que dura. No en vano, la película está basada en el relato de un hombre obsesionado sobre lo que se ve a través de las ventanas, Cornell Woolrich, responsable también del que dio pie a esa obra maestra llamada La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock. Pero aquí, el blanco y negro utilizado con una sabia mano (no olvidemos que Ted Tetzlaff, el director, originalmente fue director de fotografía de, por ejemplo, Al servicio de las damas, de Gregory La Cava o El asunto del día, de George Stevens o, esta sí, de Encadenados, de Hitchcock) hace que la visión de la película casi se convierta en un personaje más por el brillante uso de los claroscuros, de las escaleras intrincadas que conducen al pánico o de los rincones en penumbra que forman un siniestro cuadro de un escenario para una verdad que nadie cree.
Así, pues, háganme caso…Si se deciden a verla después no se asomen por la ventana, puede que vean lo que nadie quiere ver y aún peor…puede que vean lo que nadie quiere creer…


martes, 3 de febrero de 2009

LA COLINA (1965), de Sidney Lumet


En medio justo del calor más asfixiante, hay una prisión disciplinaria para soldados ingleses que no saben cuál es el significado de una orden en plena guerra. En medio justo de esa prisión, en el arenoso patio de ejercicios, hay una colina artificial que sirve como castigo de Sísifo para los prisioneros más rebeldes. En medio justo de la rebeldía se halla un hombre que quiere seguir siendo hombre y no una máquina de matar. Y en medio justo de la crueldad, el carisma de ese hombre es el arma más peligrosa para quienes quieren convertir la inteligencia en una orden sin contradicciones, en un asentimiento sin réplica, en una ausencia del interrogante que tiene que dejar paso a la constante presencia de la obediencia torturada.
Él sabe que sólo poniendo en evidencia los inhumanos métodos de los carceleros podrá hacer que la razón se deje ver en la aridez del desierto. Esa es la mejor fuga. Y por eso sube y baja la agotadora colina, una y otra vez, hasta que el martillo de la extenuación derribe sus piernas llenas de voluntad y valentía, porque sabe que decir no, en ocasiones, es la mejor valentía, la más honesta de las bravuras. Alguien tiene que morir y alguien tiene que decir que ha muerto. El silencio de su obediencia desafiante se transforma en una paradoja hiriente que se clava como metralla en los despiadados guardianes. Y pronto, la conciencia hace su aparición por entre las ruinas del conformismo y de la complicidad mal entendida. Tener a alguien a quien se ha mandado a combatir en África y someterlo al yugo de la tortura de la más empinada de las cuestas no es justo. Eso no es patria. Eso no es una hendidura en la disciplina. Es una cordillera en la sinrazón. Es una cadena montañosa del poder. Y sabe que cada vez que sube esa colina, su sufrimiento es una victoria, un avance hacia el triunfo de obligar a abrir los ojos a quien los tiene permanentemente cerrados en una espiral de violencia latente pero que tiene que vigilar para que no estalle porque, en el momento en que la fuerza sea utilizada, tendrá tanta razón como la que tienen sus torturadores. Y la colina sigue ahí, cada vez más inclinada, cada vez más retadora, cada vez más impasible a pesar de las pisadas que van dejando los que mueren cuando suben por el lado del esfuerzo y bajan por la cara sur del revolcón en la arena.
Con Sean Connery, excepcional, encabezando un reparto que incluye a Ian Bannen, Michael Redgrave y un brutal Harry Andrews, “La colina” es una excelente película dirigida por el irregular Sidney Lumet, un director que ha sido capaz de lo mejor y de lo peor y que en esta ocasión nos hizo subir a la cima de un cerro construido de sangre y endurecido por un sudor que llegamos a pensar que es nuestro. Ese mismo sudor que deja de pertenecernos filtrándose por los mismos poros del asesinato disfrazado de rebelión.