jueves, 12 de mayo de 2022

DOCTOR STRANGE Y EL MULTIVERSO DE LA LOCURA (2022), de Sam Raimi

 

Quizá, los sueños no sean más que mensajes enviados desde universos paralelos en los que se nos dice cómo somos nosotros en tales lugares. Si eso fuera cierto, yo he tenido una aventura con Sophia Loren y me he ido de juerga con David Niven. Sin embargo, no deja de ser una idea interesante porque es posible que esas aventuras imposibles no sean producto de la mente sino hechos de otras realidades. En esta ocasión, se trata de proteger a alguien que puede viajar de un universo a otro como si fuera una nómada que transita de un sueño a otro.

Y si esta película tiene una virtud, aparte de la prometedora idea inicial, es la facilidad y acierto con el que Sam Raimi nos introduce pasajes de terror muy efectivos, verdaderamente bien realizados, con tensión y algún que otro escalofrío. Es lo mejor de una historia que se puede retorcer a voluntad, haciendo que, de alguna manera, podamos estar seguros de que queremos a las mismas personas en todos los universos. Apasionadamente, desmesuradamente. Y que, si perdemos en éste, con toda probabilidad, pero de diferente modo, perderemos en todos.

Al fin y al cabo, Stephen Strange es uno de esos super héroes que atesoran unas habilidades impresionantes, pero que, en privado, es un amigo del fracaso sutil de no estar nunca en el lugar y momento adecuados salvo para actuar como paladín de muchos universos y que no todos merecen la pena. Y si interactuamos con cualquiera de esas realidades que tan sólo intuimos a través del sueño, podemos encontrar verdaderos deseos de dejar de vivir una existencia que ha conocido demasiado sufrimiento para tener un tranquilizador recipiente en donde verter nuestro amor.

Y es que la Bruja Escarlata ya perdió lo que más quería y trata de mantener, como último recurso, la sinceridad de un corazón que será capaz de todo con tal de encontrar la porción correspondiente de felicidad. Se puede ser extraordinariamente poderoso, salvar a la Humanidad en incontables ocasiones, mantenerse en el filo mismo de la muerte para darse a los demás, pero, si el amor ha huido o fenece entre nuestros brazos, la sensación será de una enorme derrota sin paliativos.

Por el sendero de la mística y de la magia habrá escenas de espectacularidad comprobada, ramalazos de humor, detalles visuales muy atrayentes y, desde luego, situaciones forzadas para que no falte el toque políticamente correcto mientras las estrellas invitadas arrancan los aplausos espontáneos del público. Es como si se nos abriera un tercer ojo para que las fuerzas del bien, pertrechadas y dispuestas, sigan proporcionando un escudo imbatible para los que han dejado de pensar en el bienestar de la mayoría. Al fin y al cabo, ése es uno de los grandes fallos del ser humano. Prescindir de los demás para satisfacer nuestras propias ansias y superar nuestras aplastantes frustraciones.

Sí, se pasa un rato agradable, sin tirar cohetes. Raimi es un perro viejo que sabe lo que se suele hacer incluso con unos cuantos excesos aquí y allá. Nadie puede negar que Benedict Cumberbatch sigue siendo un estupendo Doctor Strange y que Elizabeth Olsen, que ya demostró sus cualidades como actriz en esa estupenda película que es Wind River, sigue evolucionando con un físico de cierta clase y un talento al que hay que seguir atentamente. Y esperemos que todo esto no sea el producto de mi propio sueño imaginando otros universos en donde me puedo convertir en crítico de cine valorando una película de Marvel. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

RUNAWAY (1984), de Michael Crichton

 

No cabe duda de que el tiempo no pasa en balde sobre las películas y, en esta ocasión, es más que evidente. Sin embargo, si la revisamos con la suficiente distancia, podemos comprobar, sin temor a equivocarnos, cuán profética ha sido en alguna de sus predicciones que, en el momento de su estreno, nos parecía pura ciencia-ficción. A pesar de todo ello, de sus defectos temporales, sigue siendo una película de acción con la que se disfruta si somos capaces de situarla en su debido intervalo. Por supuesto, el villano es tan estereotipado y tan excepcionalmente mal interpretado que también lastra el resultado final (y ya lo hacía en el año 1984) porque Gene Simmons no deja escapar ni un solo fotograma sin subrayar con la mirada y con sus actitudes que él es el malo malísimo más malo de toda la historia de la maldad. Pero el resto es divertido, con gracia, con algo de sabor a anticuado, pero con acción, con ritmo y con algún que otro giro en el argumento que no llega a ser decisivo, pero sí es algo sorprendente.

Tras las cámaras, el propio Michael Crichton que no debió de encontrar la experiencia demasiado gratificante porque no volvió a ponerse oficialmente tras las cámaras salvo para remedar lo que estaba haciendo John McTiernan con El guerrero número 13. Toda la historia profundiza en sus obsesiones por el control tecnológico y por el peligroso juguete de la evolución a través de las máquinas, pero parece que sólo disfruta cuando hay persecuciones, tensiones y planos subjetivos de balas inteligentes. Quizá, habría que revisar esta película de nuevo y realizar una nueva versión de la misma. Puede que impactara bastante con las debidas innovaciones visuales y predictivas.

Por otro lado, Tom Selleck encarna a un protagonista de una pieza, simpático en todo momento, dominador con la presencia, experto en el movimiento y no hay ningún miembro en el reparto que le pueda hacer sombra. Ni siquiera Kirstie Alley, en su época más atractiva físicamente, consigue pasar por encima de la personalidad del actor, que impone el ritmo y la elegancia y trata de elevar toda la trama un poco por encima con un personaje que podría estar en las antípodas del que realizó Will Smith para Yo, robot, otra película que sería una perfecta candidata para ser una actualización interesante de ésta y desde otra perspectiva.

Así que tengan mucho cuidado con ese robot-aspirador que va rebotando por los zócalos, o con ese útil robot de cocina que les hace esos platos deliciosos con los que deleitan a su familia, o, incluso, con ese ordenador personal con el que usted intenta escribir críticas que son auténticas maravillas de la literatura. Los chips mandan y, si tienen algún defecto que incluye la agresión contra sus dueños, ya están condenados. Piensen que ya es un problema que su computadora se quede totalmente petada cuando tiene que enviar unos cuantos problemas. Aíslense los dedos por si acaso. Las conspiraciones existen, los científicos locos también. Y aún no se ha creado ninguna brigada especial para investigar el comportamiento raro de todos los aparatitos llenos de botones y teclas que controlan, de forma temeraria por nuestra parte, toda nuestra vida.

martes, 10 de mayo de 2022

CINCO MUJERES MARCADAS (1960), de Martin Ritt

 

En Yugoslavia, en plena guerra, los partisanos también marcaban a los que no lo merecían. En este caso, cinco mujeres, sospechosas de haber sido concubinas del invasor, son condenadas a raparse el pelo para llevar sobre sí la vergüenza. En el fondo, han colaborado con el enemigo. Eso piensan. Y, por si fuera poco, sus compatriotas también van a hacérselo pasar mal. Sin embargo, en estas cosas siempre se olvida un factor muy importante que resulta ser diferenciador. Son mujeres. Es esa especie humana que jamás se rinde. Es incapaz de asimilar algo tan sencillo como la retirada. Esas mujeres van a lucir su calvicie con orgullo, y van a luchar, y van a demostrar con creces, que son más valientes que los hombres. Con armas. Con disparos. Y sin piedad.

En tiempo de guerra, no hay lugar para el amor y la compasión. La humillación, esta vez, va a servir de acicate y se unirán a los partisanos dándolo todo para demostrar que su colaboración fue sólo un medio de supervivencia y que, si hay que morir, se muere. No hay complacencia en la historia. Sólo lecciones que acabarán por ser arrolladas por la apisonadora de la crueldad. En el camino de la más dura de todas ellas, no dejarán de sentir remordimiento y odio. Y, curiosamente, esas cinco mujeres marcadas encontrarán algo en común con un prisionero alemán que dejó sus confortables clases universitarias para convertirse en oficial. Así, exploraremos la personalidad de estas fascinantes resistentes. Con acción y con emoción. Y sin dejar de decir en ningún momento que la guerra no lleva a ninguna parte en ningún bando.

Martin Ritt dirige esta notable y muy desconocida película con un reparto extraordinario. Las cinco mujeres marcadas son Silvana Mangano, Jeanne Moreau, Vera Miles, Barbara Bel Geddes y Carla Gravina. El oficial capturado alemán es Richard Basehart, y los guerrilleros partisanos son Van Heflin y Harry Guardino. Todos ellos en interpretaciones muy contenidas, huyendo del melodrama fácil y adentrándose en una historia de rabia interior que desemboca en una situación de guerra, con sus secuencias de acción y sus introspecciones profundas, con algún que otro personaje sin desarrollar del todo, pero haciendo de esta película una joya escondida en algún almacén de una distribuidora.

Y es que siempre merece la pena cualquier demostración de coraje colectivo por parte de unas heroínas que deben sacar lo mejor de sí mismas en una situación extrema. La líder, la fina, la amargada, la irónica, la joven…todas ellas lucharán por ser aceptadas haciendo gala de sus voluntades acorazadas en un entorno de hombres, pensado para hombres, defectuoso por los hombres y viciado por los hombres. Se moverán dentro de reglas muy estrictas y, al final, sólo habrá un regusto de tristeza. Tal vez porque la guerra, no importa quién la libre, no posee finales felices. El placer culpable se encargará de la munición y el castigo se presenta como algo que debió ser totalmente prescindible cuando todo estalla alrededor. No habrá solemnidad, pero el drama será sincero. Cubran sus cabezas.

viernes, 6 de mayo de 2022

AL BORDE DEL INFIERNO (1956), de Mervyn Le Roy

 

El Mayor Lincoln Bond ha sufrido demasiado en Corea. Sólo desea retomar su vida militar y servir lo mejor posible a su país. Si el destino es una base de aviones para testar nuevos prototipos, estupendo. Lo hará bien porque es un piloto experimentado. Sin embargo, hay dudas. Es el único que, probando el nuevo modelo de avión, está encontrando fallos estructurales. Tal vez sea producto de su mente. Es lógico, tanto sufrimiento acaba por pasar factura. Sin embargo, el Mayor Bond tiene más resistencia de lo que la gente piensa y, desde luego, mucha más que ese reactor que no parece ofrecer todas las garantías. Tendrá que luchar contra los prejuicios de los que creen que no está en sus cabales. Claro, hay demasiados intereses creados. El contrato millonario de concesión para la compra y venta de unos cuantos cientos de reactores está en juego. Y un veterano de la guerra de Corea que ha estado al borde del infierno no es quién para decir al Ejército en qué tiene que gastar su dinero. Aunque, quizá, sea el más indicado para decirlo.

El desierto, el cielo, los detalles, los vuelos de prueba… Todo en esta película parece muy real y, sobre todo, muy creíble. Además, despliega una franca preocupación por esos hombres que estuvieron en el mismo filo del abismo y que deben realizar trabajos de enorme importancia y trascendencia. No todo fue decir el rango y número de serie. Muchos hablaron y, no por ello, eran necesariamente cobardes. En este caso, el Mayor Lincoln Bond es más fuerte de lo que todos creen y esa fortaleza también será muy necesaria para reintegrarse a una vida que se le escapó cuando cayó prisionero y que, con toda probabilidad, nunca será la misma. No obstante, Bond, a veintitrés mil pies, es un profesional que también se encuentra con sus mismos fantasmas y sabe vencerlos. Puede que sea uno de esos individuos que abrió el camino para aquellos que, más tarde, fueron elegidos para la gloria. No importa. Cuando el aparato que tienes entre las manos está vibrando a una altura que llega más allá de la imaginación, todo parece demasiado pequeño, incluso los recuerdos, incluso el dolor, incluso la nada de saberse perdido.

William Holden, como siempre, aporta mucha clase al papel del Mayor Bond y, sin duda, es capaz de mostrar hondas cicatrices en el alma sin perder en ningún momento su compostura de oficial y caballero. A su lado, a destacar el debut de un joven James Garner y la dirección del veterano Mervyn Le Roy que da un par de lecciones sobre cómo rodar secuencias aéreas en las que no hay más enemigo que el que salta dentro de la mente de ese piloto que quiere llegar más lejos que ningún otro y se encuentra con barreras traumáticas que, simplemente, no existen. Dejaron de existir en algún oscuro agujero de una guerra perdida en Asia. Ahora hay que prestar atención a los mandos, dominar al pájaro y sentir que la experiencia sirve para algo más que para guardar la apariencia bajo el uniforme.

jueves, 5 de mayo de 2022

ALCARRÁS (2022), de Carla Simón

 

Las viejas deudas acaban saldándose con los saltos generacionales. En algún momento, todo se pactó de palabra, con un simple estrechón de manos y ya no queda constancia documental de una propiedad que debió ser para quien la trabajaba y la mantenía. El sol sigue regalando sus rayos de vida, el agua se desliza para que los melocotones luzcan y estén listos para ser recogidos. Y las excavadores se llevan todo por delante, incluso una nave espacial que, en la imaginación de los niños, está a punto de irse a pique por falta de combustible.

En las miradas, hay un cierto aire de decepción. Como si el esfuerzo hasta la extenuación no hubiera servido para nada a través de los años. Los días pasan y los melocotoneros parecen gritar con su fruto que aún les queda mucho por dar. Y en una familia siempre existe la rencilla, el rencor porque no se hace lo que se espera, la exigencia que se deriva de la frustración, el eterno ojeo perdido tratando de encontrar dónde estuvo el error. Al final, el progreso acabará también con las cosas de comer.

Carla Simón, ganadora del Oso de Oro del último Festival de Berlín, realiza esta película a través del neorrealismo más puro, dejando que la vida transcurra entre los resquicios de esta familia compuesta por actores no profesionales que dan un aire de veracidad a la última cosecha. Por un lado, el padre, amargado, deslomado de tanto trabajar y de tanto arrancar a la tierra cicatera sus frutos mientras siempre tiene el improperio como coletilla. Por otro, la madre, siempre contenida, tratando de embalsar la frustración que se va acumulando y que teme que se desborde. El abuelo, prisionero de los errores de aquellos supuestos pactos entre caballeros que se hicieron cuando la legalidad se basaba en una simple palabra. El cuñado, oportunista que trata de sacar provecho de la situación. El hijo mayor, que trata de arañar el orgullo paterno cuando ya sólo quedan lágrimas de impotencia. Y que, como tantos otros, tratan de ahogar su rabia entre la hierba y el alcohol. La hija mediana, con un pie aún en la infancia y otro en la adolescencia, comprobando de primera mano que el mundo de los adultos es un campo de batalla. La hija pequeña, pura inocencia y juego, ajena a todo y, a la vez, imbricada en un campo que se presenta como una enorme juguetería. Simón, con estos personajes muy bien trazados, se sitúa justo en medio de Vittorio de Sica con su mirada hacia los desfavorecidos, y de John Cassavettes, más pendiente de las reacciones que de las propias acciones. El resultado es una película sentida, homenaje a la gente que vive de la agricultura en un sector que se muere sin remedio, con sus pasiones y sus defectos, con sus debilidades y, también, con alguna que otra fortaleza. Una historia que no tiene historia salvo el de la propia existencia en un verano cualquiera de calor y cosecha.

De este modo, se siente la suavidad de las sábanas frescas en las abrasadoras tardes de estío mientras que todo es rutina con la seguridad de que los melocotoneros deberán decir adiós con el último ruido de su arpa de hierba. Las plagas de conejos son un enemigo más contra el que luchar y sólo las lágrimas servirán de consuelo cuando todo parece salir mal y la lucha social se estrella ante la indiferencia de una pancarta o de un cajón de fruta derramada y aplastada. En esas ocasiones, cuando lo íntimo se convierte en razón de todos, es cuando la derrota se convierte en grito y sólo queda asistir, con una leve negación de cabeza, al arrasamiento de lo que se trató con tanto cariño para poder dar lo mejor. La vida en un surco. El surco en la tierra. La tierra sin fruto.

miércoles, 4 de mayo de 2022

UN ENREDO PARA DOS (1980), de Ronald Neame

El hombre más peligroso del mundo va a escribir sus memorias. El revuelo que se va a organizar en los Servicios Secretos de medio planeta será histórico. Hay que cazarlo y silenciarlo como sea. Sin embargo, el tipo ha aprendido mucho y sabe sortear las diferentes trampas de unos fulleros profesionales. Una cosa le va a delatar. Es un individuo que ama apasionadamente la ópera y se le va a ver, y escuchar, pasando una frontera mientras está dale que te pego con Las bodas de Fígaro. Aún así, es más listo que el hambre, y no va a ser fácil pillarlo. Se mueve rápido. Escribe más rápido aún. Y va dejando pedazos de su historia por toda Europa. El tema, claro, es que en sus memorias va a describir una serie de operaciones de la CIA que no conviene que se sepan y, por eso, se ponen en alerta con movilización general. La labia será un arma. La burla será otra. Y, entre medias, también hay algún rato para el solaz y sosiego en brazos de una vieja amiga que sabe cómo han ido las cosas.

El asunto, en realidad, es muy serio, pero la sonrisa está siempre presente. La sátira del cine de espías es evidente y, sin embargo, no se queda sólo en eso. También hay un sitio muy importante para no tomarse demasiado en serio. La diversión está garantizada. Entre otras cosas porque el que maneja todo el cotarro es Walter Matthau en un insuperable registro cómico del “todo me da igual” y que se convierte en un plan de venganza y ajuste de cuentas. A su lado, Glenda Jackson, que demuestra sus dotes para la comedia una vez más y que otorga un cierto halo de respetabilidad y admiración a ese personaje que decide poner patas arriba a todos los servicios de espionaje. Al fin y al cabo, este enredo no es sólo para dos personas. También lo es para un buen montón de millones de almas que no saben qué es lo que están haciendo sus gobiernos.

Ah, por cierto, también hay que reconocer que la película se fija mucho en la ineptitud de muchos de los mandos de las cloacas del Estado. No hay nada que esté de más y tampoco de menos. La dirección de Ronald Neame se mueve en un admirable equilibrio que apuesta más por el desenfado que por el humor grueso y que convence en cada uno de los kilómetros que emprende ese espía jubilado llamado Miles Kendig y que sólo con lo que sabe va a dejar en evidencia a todos los que no saben. Y un poquito de elemento dramático también va a ser necesario para dejar constancia de que la supuesta traición tiene su aquél. Y, desde luego, el objetivo será vivir, por fin. Kendig tendrá que estrujar su ingenio para dar esquinazo a todos los que le persiguen y el tiempo se acaba. Puede que el juego, simplemente, consista en tener en jaque a todos, mucho más allá de lo que puedan decir unas líneas que se pueden o no creer.

martes, 3 de mayo de 2022

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES (1993), de Kenneth Branagh

 

Sigh no more, ladies, sigh no more,

Men were deceives ever,

One foot in sea and one on shore

To one thing constant never.

Then sigh not so,

But let them go,

And be you blithe,

And bonny,

Converting all your sounds of vow,

Into hey nonny, nonny.

Así que no penéis bellas damas, no penéis más. Y menos por el hombre caprichoso que mantiene un pie en el mar y el otro en la orilla. El amor es el único reposo posible para el guerrero y en una villa de la Toscana, se pondrá en juego la pasión, la envidia, lo imposible y la inquina. Todo para que, como no podía ser menos, sólo haya mucho ruido y pocas nueces. A veces, ser el más brillante dialécticamente no compensa demasiado y hay que dar un empujoncito a los instintos más escondidos para que salga a la luz toda la pasión que guardan los bien criados bajo el fuego del deseo. La fiesta, el jolgorio, los disfraces, que también servirán para que la maldad pase desapercibida, los chascarrillos de ingenio, las situaciones de enredo, la comedia de la vida, en fin, será el argumento de todo. Y no lo olviden, señorías, yo soy un burro.

No cabe duda de que no hay más ciego que el que no quiere ver, y los que no desean la felicidad ajena son aquellos que están demasiado amargados como para darse cuenta de que no es muy frecuente, pero existe. Quizá en un palacete, o en unos túneles, o en unos jardines de día luminoso y noche pecaminosa. Las voces resuenan con versos de inmortalidad y es posible que mañana sea otro amanecer, con la sensación de que el alma se ha limpiado con el paso de la miseria. Por supuesto, habrá quien es más maduro, habrá quien no dé su brazo a torcer a pesar de intuir que su destino está escrito y habrá quien se resista a unirse a la fiesta final de baile y alegría porque, por una vez, esto no es una tragedia, sino una comedia donde habita la belleza, la ternura, la risa y la sonrisa, rara vez maridada, y la agudeza de unos personajes que valdrían para evadir toda sombra sobre el rostro. Ah, y no lo olviden, señorías…yo soy un burro.

Kenneth Branagh dirigió con enorme sensibilidad y tono festivo, algo no muy habitual, una obra de Shakespeare, con un reparto en el que, si bien choca la elección de Denzel Washington como don Pedro de Aragón, no cabe duda de que proporciona la oportunidad de disfrutar del actor dentro del clasicismo y salir airoso del envite. A su lado, todo un reparto de probada competencia con Michael Keaton, Emma Thompson, Kate Beckinsale, Robert Sean Leonard, Keanu Reeves y los inseparables y siempre competentes Richard Briers y Brian Blessed enmarcando todos los juegos de palabras e ingenios propios del bardo de Stratford-upon-Avon. El resultado es una magnífica película, divertida, hilarante, ágil, tremenda, enredada, descarada y contagiosa. Porque, al fin y al cabo, señorías, yo soy un burro y me entretengo con estas cosas. No lo olviden. Yo…soy…un…burro….