jueves, 5 de mayo de 2022

ALCARRÁS (2022), de Carla Simón

 

Las viejas deudas acaban saldándose con los saltos generacionales. En algún momento, todo se pactó de palabra, con un simple estrechón de manos y ya no queda constancia documental de una propiedad que debió ser para quien la trabajaba y la mantenía. El sol sigue regalando sus rayos de vida, el agua se desliza para que los melocotones luzcan y estén listos para ser recogidos. Y las excavadores se llevan todo por delante, incluso una nave espacial que, en la imaginación de los niños, está a punto de irse a pique por falta de combustible.

En las miradas, hay un cierto aire de decepción. Como si el esfuerzo hasta la extenuación no hubiera servido para nada a través de los años. Los días pasan y los melocotoneros parecen gritar con su fruto que aún les queda mucho por dar. Y en una familia siempre existe la rencilla, el rencor porque no se hace lo que se espera, la exigencia que se deriva de la frustración, el eterno ojeo perdido tratando de encontrar dónde estuvo el error. Al final, el progreso acabará también con las cosas de comer.

Carla Simón, ganadora del Oso de Oro del último Festival de Berlín, realiza esta película a través del neorrealismo más puro, dejando que la vida transcurra entre los resquicios de esta familia compuesta por actores no profesionales que dan un aire de veracidad a la última cosecha. Por un lado, el padre, amargado, deslomado de tanto trabajar y de tanto arrancar a la tierra cicatera sus frutos mientras siempre tiene el improperio como coletilla. Por otro, la madre, siempre contenida, tratando de embalsar la frustración que se va acumulando y que teme que se desborde. El abuelo, prisionero de los errores de aquellos supuestos pactos entre caballeros que se hicieron cuando la legalidad se basaba en una simple palabra. El cuñado, oportunista que trata de sacar provecho de la situación. El hijo mayor, que trata de arañar el orgullo paterno cuando ya sólo quedan lágrimas de impotencia. Y que, como tantos otros, tratan de ahogar su rabia entre la hierba y el alcohol. La hija mediana, con un pie aún en la infancia y otro en la adolescencia, comprobando de primera mano que el mundo de los adultos es un campo de batalla. La hija pequeña, pura inocencia y juego, ajena a todo y, a la vez, imbricada en un campo que se presenta como una enorme juguetería. Simón, con estos personajes muy bien trazados, se sitúa justo en medio de Vittorio de Sica con su mirada hacia los desfavorecidos, y de John Cassavettes, más pendiente de las reacciones que de las propias acciones. El resultado es una película sentida, homenaje a la gente que vive de la agricultura en un sector que se muere sin remedio, con sus pasiones y sus defectos, con sus debilidades y, también, con alguna que otra fortaleza. Una historia que no tiene historia salvo el de la propia existencia en un verano cualquiera de calor y cosecha.

De este modo, se siente la suavidad de las sábanas frescas en las abrasadoras tardes de estío mientras que todo es rutina con la seguridad de que los melocotoneros deberán decir adiós con el último ruido de su arpa de hierba. Las plagas de conejos son un enemigo más contra el que luchar y sólo las lágrimas servirán de consuelo cuando todo parece salir mal y la lucha social se estrella ante la indiferencia de una pancarta o de un cajón de fruta derramada y aplastada. En esas ocasiones, cuando lo íntimo se convierte en razón de todos, es cuando la derrota se convierte en grito y sólo queda asistir, con una leve negación de cabeza, al arrasamiento de lo que se trató con tanto cariño para poder dar lo mejor. La vida en un surco. El surco en la tierra. La tierra sin fruto.

2 comentarios:

carpet_wally@gmail.com dijo...

No la he visto, esta tampoco, pero hay una cosa que m llama bastante la atención e incluso que me echa para atrás ante este film que sin duda tiene muchos puntos positivos.

Mi nota negativa de partida viene de la exagerada exaltación de que es una película que no tiene actores profesionales.

¿Por qué hemos de entender eso como un plus? Sinceramente me parece un error. Entiendo que la producción se haya hecho así por un tema presupuestario, pero no creo que eso añada valor en si mismo. Y admito el motivo económico porque lo que a veces se alega de que aporta "más autenticidad" significa que los actores profesionales son todos malísimos actores que no resisten en comparación con un pobre tipo que pasaba por ahí a la hora de transmitir emociones y penurias.

No podría entender que ante una escena que mueva a la congoja o la angustia de algún personaje, la directora le de unas breves indicaciones a un paisano cualquiera, (un carpintero, un panadero, un guardia urbano, por ejemplo) y este logre transmitir al espectador mucha más emoción verdadera de la que podría haber conseguido Juan Diego, por ejemplo (y tómese la mención a modo de homenaje).

Lars Von Trier jugaba a eso en sus normas iniciales, pero la verdad es que no tiene sentido. Como digo, se puede apreciar la bondad del film en haber contado lo que cuente con un presupuesto tan pequeño que no daba para contratar actores profesionales, pero la exagerada alabanza a ese detalle me hace pensar que, sin embargo, no se han tenido la misma austeridad en otros aspectos técnicos y en ese caso es una elección formal o creativa de la propia directora. Y a mi eso me parece una treta para engañar y hacer que se vea como plus lo que no puede ser otra cosa que un signo negativo que como mucho debería llevar a la condescendencia.

Abrazos reivindicadores

César Bardés dijo...

BUeno, creo que esa exagerada exaltación viene por el hecho de que no lo hacen nada mal los actores no profesionales (son todos, menos Berta Pipó, que es hermana de la directora y que ya hizo sus pinitos como actriz profesional y que, en esta ocasión, interpreta el papel de Gloria. Lo digo por si la ves).
No es que sea un plus (que no lo es) sino que, tal vez, sea un reconocimiento del mérito de unas personas que no se dedican a ello y que lo hacen muy bien. Otra cosa sería si la película estuviera lastrada por esa inexperiencia (que también hay casos porque, entre otros muchas cosas, puede caer en un desinterés por parte del público). Y aquí, hay que reconocerlo, es verdad que hay algún momento en que se reitera algún que otro recurso, pero están bastante bien todo, sin llegar a una interpretación fastuosa ni nada de eso.
No es una película demasiado emocionante. Se sacrifica todo en pos del realismo y de las reacciones (algo pasa delante de los personajes, pero tarda mucho en mostrarnos lo que es porque se entretiene un buen rato en enseñarnos las caras de los afectados).
La película, en sí, es muy austera. No está rodada en plató y es todo entre melocotoneros y una casa y un pueblo que sale en contadas ocasiones. Creo que la elección formal de la directora de la que hablas se extiende a todos los aspectos de la película. Es más, creo que, en aras del realismo, no tiene música extradiegética, sólo es incidental, o sea, forma parte del propio argumento. Yo creo que sí es una película honesta. Otra cosa, amigo, y ahí creo que está gran parte del quid, es que te guste o no.
Abrazos realistas.