jueves, 31 de marzo de 2022

LLEGARON DE NOCHE (2022), de imanol Uribe

 

Unos hombres buenos fueron asesinados a sangre fría porque se atrevían a decir en sus clases universitarias palabras de libertad. Se preocupaban por la gente, por los pobres, por tratar de llevar algo de esperanza a muchas personas que se movían entre el barro y la nada. Y además se trató de disfrazar su crimen de acto revolucionario cuando, en realidad, estaba premeditadamente ordenado por el gobierno de Alfredo Cristiani en El Salvador. Esa noche, esa noche en la que llegaron las balas a sus cabezas, la verdad quiso empezar a salir.

Siempre hay unos ojos indiscretos que miran lo indebido. Y aún así, recibirá presiones para que haya algún testimonio fehaciente de que aquello lo perpetró la guerrilla izquierdista. Ya se sabe, unos curas que predicaban la Teoría de la Liberación son incómodos para todas las partes y más aún cuando se hallan en un conflicto que tiene pocos visos de resolverse. El miedo se instala en quien ha visto lo que no debía ver y los burócratas del interrogatorio jugarán al agotamiento, a la presión bárbara, a la siembra de dudas, al enfrentamiento vil, a la más nauseabunda de las bajezas. Lo que sea con tal de liberar al gobierno de Cristiani de la culpabilidad de un crimen sin nombre, del asesinato de la libertad, por mucho que tenga alzacuellos.

Así, pues, asistimos más al ejercicio de la coacción de testigos antes que a la investigación del delito. No sabemos, con nombre y apellidos, quién ejecutó a los sacerdotes, aunque podemos intuir quién dio la orden y por qué. Sólo sabemos que agentes latinos del FBI, con la colaboración de los Estados Unidos, y el propio gobierno de El Salvador, se aplicaron en cuerpo y maldad y maltratar psicológicamente a la única persona que pudo ver algo de lo sucedido aquella noche. Y sí, la verdad quiere salir. Sea como sea. La verdad se empeña. La verdad lucha.

Imanol Uribe dirige esta reconstrucción de hechos e interrogatorios con austeridad, y no deja en ningún momento que los intérpretes se salgan de la sobriedad. Juana Acosta, por supuesto, lleva todo el peso y lo hace realmente bien. Karra Elejalde no es que sea serio, es que es vizcaíno. Y Carmelo Gómez quizá pone más soniquete religioso que el debido, pero resulta creíble. El resultado es una película realizada con cierta rabia, algo reiterativa en algún pasaje mientras va desarrollándose en tres planos temporales distintos, pero eficaz, porque pone el acento en la injusticia, en el crimen sin explicación, en el odio por las ideas y por la verdad. Y eso siempre es valioso.

Quizá porque esos curas españoles ponían en entredicho los métodos de la guerrilla de izquierdas, pero no sus objetivos. Quizá porque cualquier signo de bondad en una tierra que está siendo quemada se convierte en una conducta sospechosa. O quizá porque sólo se quiso ejecutar un simple golpe de mano para dejar bien clara la identidad de quién mandaba. No importa. Fue un asesinato. Terrible. Execrable. Rechazable. Una muestra más de que la propaganda, aunque sea mentira, si se repite suficientes veces, se convierte en verdad. Una verdad contaminada y corrompida. La auténtica no dejará de gritar, de querer ser dicha, de salir del alma para instalarse en el corazón y en el cerebro de los que escuchan. La verdad es el arma más poderosa contra la sinrazón. El padre Ignacio Ellacuría y sus compañeros lo sabían muy bien. Y murieron con la verdad. E hicieron verdad con su muerte. Que no se olvide.

miércoles, 30 de marzo de 2022

UN BESO ANTES DE MORIR (1956), de Gerd Oswald

 

Bud Corliss lleva mal la presión. Es un brillante estudiante de universidad, bien parecido, con carácter, con una pátina de presunción que es un poco evidente, pero, al fin y al cabo, ¿quién no ha sido joven? El caso es que sale con una chica y ella quiere casarse por todos los medios, a pesar de la oposición de la familia que aún no conoce al chico. Los acontecimientos parece que se precipitan porque Bud se ve obligado a tomar decisiones drásticas. No quiere casarse. Y, tal vez, sea necesario fingir un accidente para que su novia acabe con sus sueños en el suelo. Bud es tipo equívoco. Esconde mucho, mucho más de lo que enseña. Y hay que tener cuidado con esa gente porque, debajo de una apariencia encantadora, de tener siempre la palabra justa en el momento adecuado, subyace algo demasiado oscuro para creerlo, demasiado turbio para probarlo y demasiado inquietante para saberlo.

En Bud conviven varias contradicciones y no son fáciles de conocer. La juventud, ya se sabe, es un pozo de idas y venidas, de cambios de opinión, de influencias asimiladas que se empeñan en traer y llevar sin sentido. Tiene muy claro que la ambición es lo que le hará sobrevivir y se lanza a por ello sin pensárselo dos veces. Los obstáculos hay que extirparlos de raíz. Sin dudar, aunque para ello tenga que matar. Se trata de mantener la cabeza fría porque, sin ser ningún experto, Bud va a fallar en sus primeros intentos. La chica debe quitarse de en medio, sea como sea, porque es un impedimento para llegar a la meta y más con el error que ambos han cometido. Quizá, algo de justicia poética hay en el lugar en común que poseen la azotea de un edificio y el precipicio de una cantera. Bud sólo quiere seguir adelante con su trama un día más. Y eliminará a los testigos porque nada, ni nadie va a impedirlo. Es tan encantador que no puede pedir más que un beso antes de morir.

Resulta algo intrigante que, en algún instante de la historia, el espectador no sabe si desea que Bud consiga lo que planea o que el destino se encargue de él con toda su crueldad. A ello ayuda el encanto que despliega Robert Wagner, que resulta el gran dominador de una trama que, en el fondo, no es más que la descripción completa de un asesino por ambición. El alemán Gerd Oswald dirige con color y convicción y, a pesar de ser una película de modestia asumida, tiene pulso y apariencia…casi como su personaje protagonista. Claro que no podrá quitarse de encima a ese sujeto un tanto molesto que se dedica a ser policía en sus ratos libres y que lleva el rostro de Jeffrey Hunter. El resto es no dejar cabos sueltos e intentar que el dinero no se escape de las manos por una chica caprichosa que no entendería jamás que la cúspide es lo más deseado y que, si Bud ha jugado a dos barajas, ha sido porque quería asegurarse la apuesta. No hay que perder las cartas, amigo Bud…

martes, 29 de marzo de 2022

WILLIAM HURT: EL HOMBRE QUE NO SE SENTÍA CÓMODO

 

“Yo no me siento cómodo con todo lo que rodea el cine. No me siento cómodo desfilando por una alfombra roja. No me siento cómodo con todo el mundo mirándome esperando que les dirija un gesto o diga unas palabras para la posteridad. Sé que es parte del negocio, pero eso no quiere decir que tenga que estar cómodo con algo así”

William Hurt fue el actor que, quizá junto con Michael Caine aunque en otra modulación, nos enseñó que menos era más. Sus interpretaciones siempre descubrían con enorme sapiencia que la tormenta se llevaba en el interior de las personas y que rara vez salían hacia el exterior. Y lo hacía evidente con sus actitudes. Sus personajes solían ser atormentados, difíciles, llenos de dudas, enclavados siempre en momentos existenciales de zozobra. Y con sus maneras, sus gestos, su mirada que más parecía ir hacia adentro que hacia afuera, nos descubría todo ese maremágnum de sentimientos que se encontraban en algún lugar del alma. Un actor irrepetible, lleno de profesionalidad, de verdad y de pasión por lo que hacía. Más que nada porque ni siquiera se sentía actor. Se sentía como un hombre al que le gustaba actuar.

Su aprendizaje fue, ante todo, académico, en la prestigiosa Julliard School y, después de aparecer en papeles muy secundarios en varias series y forjarse la piel en las tablas del teatro, Hurt ya aparece como protagonista en su primera aparición en cine. Fue en Un viaje alucinante al fondo de la mente, de Ken Russell, una fábula de regresión a través de drogas psicóticas en el campo de la experimentación científica que goza de gran prestigio para algunos, pero que, en el fondo, no deja de ser una de esas películas alocadas y nerviosas de Ken Russell que no acaban de llegar, precisamente, por el carácter de su director.

A continuación, otra excelente película, lastimosamente olvidada, como fue El ojo mentiroso, de Peter Yates, con Sigourney Weaver como compañera, en la piel de un extraño celador de un edificio de apartamentos que asegura ser testigo de un crimen y que inicia un romance con la reportera de televisión que cubre el suceso. Aquí es donde Hurt empieza a dar muestras de lo que era capaz de hacer con mucho estilo.

Lo confirma en su primera asociación con Lawrence Kasdan en la excepcional Fuego en el cuerpo, una película que remite directamente a la Perdición, de Billy Wilder, en donde se puede palpar la atmósfera densa de crimen y misterio en la que se mueve, con Hurt haciéndose cargo del difícil papel de la marioneta que se cree protagonista. Maravillosa y siempre reivindicable.

Vuelve con Kasdan para ser uno de los miembros de la pandilla de amigos de Reencuentro, en concreto, el díscolo amigo que coquetea con las drogas porque no se siente satisfecho de la vida que ha llevado y no sabe la vida que va a llevar para, al final, coger, de alguna manera, el relevo de ese otro amigo que se ha ido y que, en realidad, motiva el reencuentro de todos aquellos a quien tanto quisimos cuando la vida era joven.

Con Gorky Park, William Hurt consigue otro excelente papel en la piel de un policía soviético encargado de investigar la muerte violenta de tres jóvenes americanos que son encontrados despedazados en el Parque Gorki de Moscú. Hurt realiza una interpretación muy difícil, intentando mantener la legalidad que se le supone mientras se da cuenta del régimen corrupto y tiránico en el que vive, un régimen que también quiere acabar con cualquier atisbo de esperanza.

En 1985, el actor consigue el que es, quizá, su mayor éxito. Interpreta a Molina, el preso encarcelado por escándalo público en un penal de alguna ciudad de latinoamerica, dentro de otro régimen que tampoco deja espacio a la esperanza y que debe compartir celda con otro recluso, al que da vida el maravilloso Raul Juliá, condenado por sus ideas políticas. Hurt ofrece una interpretación sensible, maravillosa, sugerida, con gestos acertadamente estudiados. Siempre dijo que gran parte de esa interpretación se la debía a Juliá porque decidieron ensayar la película intercambiando los papeles, así, él, desde fuera, podía sentir lo que ofrecía el personaje de Luis Molina, con sus inquietudes, sus marginalidades y su deseo de vivir libremente, al mismo nivel de quien se supone que está en la lucha política compartiendo un espacio tan reducido. Por esta interpretación, William Hurt ganó el Oscar al mejor actor.

Volvió a ser nominado por su papel de maestro de sordomudos en la excelente Hijos de un dios menor, al lado de Marlee Matlin, con la que inició una relación que duró algunos años. Su interpretación fue delicada, muy matizada, incidiendo en los errores de ese profesor que, a su vez, también entabla una relación especial con la conserje del centro donde da clases, también sordomuda. Una historia que también habría que volver a recuperar.

Con Al filo de la noticia, consigue una nueva nominación al lado de Holly Hunter, dando vida a un reportero capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir el estrellato televisivo. Incisiva, mordaz, muy crítica con el medio, Hurt consigue conquistar al público a través de un personaje que nunca se sabe muy bien si va o viene, si se mueve por ambición, por amor, o por pasión hacia lo que se dedica. Otro papel muy difícil que Hurt sabía ya sacar como nadie.

Con El turista accidental vuelve a reunirse con Kasdan y realiza un más difícil todavía. Su personaje, un escritor de guías de viaje que tiene problemas para vivir sus emociones, lo interpreta de un modo deliberadamente neutro. Parece que a ese hombre, turista accidental de sus emociones, no le afecta absolutamente nada, no mira a su alrededor, está cómodo en su vida gris, sin emociones de ningún tipo. El divorcio no fue con él, la muerte de su hijo tampoco, el amor llama de nuevo a su puerta y no le deja entrar. Una película difícil, con un papel muy difícil.

Realiza un papel secundario de indudable gracia como uno de los colgados contratados por la mujer de Joey Boca para asesinarle en Te amaré hasta que te mate. A pesar de la brevedad del papel, uno de los momentos más divertidos de la película lo comparte con Keanu Reeves en el instante cumbre en el que deben consumar el asesinato. Aquí, Hurt dio muestras de que también sabía reírse un poco de sí mismo.

Trabaja con Woody Allen en Alice y se atreve con el papel protagonista en la climática adaptación de La peste, de Albert Camus, pero se le empieza a notar que busca más prestigio que fama y escoge cuidadosamente sus papeles, no siempre con éxito. Resulta entrañable como el gran amigo de Harvey Keitel en la popular Smoke, se pierde un poco en títulos muy olvidables, sin papeles de gran relevancia y aceptando, a menudo, roles muy secundarios, acompaña a Shyamalan en esa fábula de miedo que no es tal en El bosque, y consigue una nueva nominación al Oscar, esta vez como secundario, de la mano de David Cronenberg como el rival más temible de Viggo Mortensen en la excelente Una historia de violencia, película en la que, extrañamente, no está muy contenido, algo que ha sido su línea habitual.

También consigue una excelente interpretación como la parte más mala de Kevin Costner, susurrando maldades a su oído, en la interesante Mr. Brooks, y dentro del Universo Marvel asume el papel del General y luego Secretario de Defensa Ross en títulos como El increíble Hulk, Civil War, Infinity War, Endgame y La viuda negra. Entre medias, se atrevía con papeles muy secundarios, con poco fuste y con apenas dos o tres secuencias. Algo muy extraño en un actor que, durante una década, lo fue todo en el cine. Tal vez porque, como él mismo decía, no se sentía cómodo en un mundo en el que sabía que gran parte de los focos se fijan en las poses y en fingimientos algo estúpidos. Su honestidad la llevó al extremo. Prefería papeles de menor relevancia antes que venderse en títulos fáciles (aunque realizó algún intento como en la muy olvidable Perdidos en el espacio) que sabía que poco o nada añadirían a un nombre que merecía estar en lo más alto a la hora de hablar de grandes actores del cine contemporáneo.

viernes, 25 de marzo de 2022

EL PODER DEL OSCAR

Puede que este año, sin ser una temporada de grandes películas salvo raras y muy contadas excepciones, el Oscar ayude a que la gente vuelva a tomar gusto por el cine. Es difícil con la competencia desleal que están haciendo algunas plataformas, en lo que es un tipo de monopolio bastante cubierto, pero… ¿quién sabe? El cine siempre ha sobrevivido y es posible que no toque la cuerda envenenada de reservar las películas sólo para aquellos que compren un paquete completo. Y el que no lo vea, más vale que se vaya a cantar con un coro de sordomudos.



El caso es que las nominadas este año destacan porque el nivel no es demasiado alto, aunque sí que comienzan a verse algunos títulos de interés que eleven lo demostrado en plena pandemia. Ahí está la gran favorita para hacerse con el premio a la Mejor película del año como es El poder del perro, de Jane Campion. Tiene todas las papeletas para llevarse el calvo de oro a casa, aunque Coda,de Sian Helder está escalando posiciones peligrosamente y puede ser la gran “tapada” de la noche. Aún así, sería injusto que Belfast, la mejor de todas, la mirada de un adulto hacia sus recuerdos de niño, termine con algún que otro premio de consolocación.

Para el mejor actor, el mejor colocado es Will Smith por El método Williams, una película cortita, sin estar mal, que, en condiciones normales, no hubiera merecido ni una ojeada por parte de los académicos, pero varias bazas juegas a favor de Smith. No ha tenido nunca el premio, a pesar de que ya lleva encadenadas unas cuantas nominaciones (la mejor de todas ellas, aunque la película tampoco estuviera mucho a la altura –más que ésta, sí- fue la de Alí, de Michael Mann). También está arrasando en los premios previos a la gran noche del cine. No obstante, la mejor interpretación masculina del año es para Benedict Cumberbatch por El poder del perro.

Para la mejor actriz, se presenta una categoría muy abierta y no hay una favorita clara. El premio, en justicia, debería ser para Jessica Chastain por Los ojos de Tammy Faye, es la mejor interpretación entre ellas, de largo, aunque la película interese poco por ser una biografía de unos estafadores evangélicos que, en todo momento, creen que están haciendo lo adecuado por mandato de Dios. El tema ya fue tocado con auténtica brillantez por Richard Brooks, allá por 1961, en El fuego y la palabra, y Burt Lancaster se llevó el gato al agua. Este año, turno para Chastain.

En cuanto a actores en un papel secundario, aquí es donde sí va a ganar Coda porque la interpretación enérgica y airada de Troy Kotsur en la película tiene muchos adeptos, aparte de favorecer la tan manida inclusión de las minorías. Aún así, de la terna de candidatos, es la mejor aunque, tal vez, Kodi Smith-McPhee pueda hacerle sombra con ese frágil elemento que se mueve en las praderas de El poder del perro. Y no molestaría nada, pero nada, que el premio fuera para el estupendo J. K. Simmons por Being the Ricardos, pero ya tiene un calvo en su estantería y sus posibilidades se reducen.

En cuanto a la actriz secundaria, el nombre está claro. Ariana DuBose se llevará el gato al agua por su Anita de West Side Story. Así se le da algo de mérito a Steven Spielberg y a su discutible versión de la inmortal historia de Arthur Laurents con música de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim. Mirando todo fríamente y con la vista puesta en las otras candidatas, puede que sea la opción más cabal.

El director también tiene un nombre claro y, en esta ocasión, vuelve a ser directora. Es Jane Campion por El poder del perro. A pesar de que se le pueden poner algunos defectos, sobre todo en cuestión de ritmo, entendido por algunos trechos de exasperante lentitud, también es verdad que la Academia se quedó con ganas de premiarla por aquel trabajo, muy superior a éste, que fue El piano. Spielberg, es verdad, dirige como los ángeles, por mucho que su versión de West Side Story le falte tino. Y, desde luego, Kenneth Branagh merecería el premio, pero la ganadora va a ser Campion y, casi, sin discusión.

En cuanto a la película extranjera, el calvo va a viajar a Japón con Drive my car, otra película que tiene problemas de ritmo (tres horas para contar lo que cuenta acaba por ser excesivo), pero que establece un mundo interior muy interesante, entre otras cosas, porque lo proyecta sobre unos ensayos teatrales y las tormentas que agitan a sus protagonistas. Una concepción interesante que no está pasando desapercibida. Con menos opciones aparecen la película de Paolo Sorrentino Fue la mano de Dios (lastrada también con una segunda parte alargada en exceso), aunque con pocas posibilidades porque el director italiano ya tiene el premio, y La peor persona del mundo, de Joachim Trier, una película muy interesante, pero que resulta irremediablemente liviana en comparación con la de Ryusuke Hamaguchi.

Dune, condenada a ganar las categorías técnicas, tiene posibilidades de llevarse el premio al mejor guión adaptado, una especie de estatuilla de consolación después de la lluvia de nominaciones que han caído. Y casi con toda probabilidad, Kenneth Branagh conseguirá al fin el suyo por el guión original de Belfast, así el reparto será equitativo y, más o menos, todos quedarán contentos.

Y eso es todo lo que se espera para el día de San Cine. En el fondo de esta parafernalia, con la que se puede estar o no de acuerdo, en la que se puede apostar con los pronósticos o pasar de largo porque es mucho más interesante el siguiente intento de ligoteo friki de First Dates, lo cierto es que, si, de verdad queremos que el cine siga ofreciéndonos muchos de los mejores ratos de nuestra vida, habrá que volver a la magia de la oscuridad de una sala de cine. Lo contrario, amigos, es traición.

jueves, 24 de marzo de 2022

CÓDIGO: EMPERADOR (2022), de Jorge Coira

 

En la oscuridad de los túneles del alcantarillado de la información puede que haya un celador que trate de que el daño sea el menor posible en aras de una ética que no está demasiado de moda entre los servicios de inteligencia. Tal vez, en algunas ocasiones, sea un oficio totalmente necesario y, en otras, sea una mecha encima de un barril de pólvora sobre unas cuantas personas que no lo merecen. Él trata de no perder lo poco que le queda de alma e, incluso, intenta aplicar un cierto sentido de la justicia cuando algo clama al cielo. Y es el único que tiene el nombre del código que puede levantar todas las tapas de la cloaca.

En su devenir, en cualquier caso, existe un sentido profesional que no abandona, por muy fea que sea la situación. Siempre teniendo en cuenta que se ocupa de varios asuntos al mismo tiempo, como una olla exprés de silbido susurrante en un inquietante presentimiento de que los hilos son manejados por los marionetistas oficiales. Quizá sea consciente de que, más que un servicio de información del Estado, se halla al frente de una unidad de chantaje, de extorsión y manipulación que resulta casi imposible de detener. Y muchos de los casos a los que tiene que hacer frente no son, precisamente, necesarios más que para un supuesto orden dictado por los que poseen el poder. En su mirada, hay una cierta incomprensión hacia todo el entramado de espionaje de bajos vuelos. Ya no tiene nada que ver con la defensa de un país o de los intereses nacionales. Todo se reduce hacia mantener, de forma impensable e irreductible, una pizca de honestidad.

Jorge Coira ha dirigido con habilidad y con algún que otro error un inteligente guión de Jorge Guerricaechevarría con un estupendo Luis Tosar al frente. En su manera de mirar se hallan todas las confusiones y determinaciones posibles de un espía al que no siempre le ordenan lo correcto. A su lado, o más bien encima de él, Miguel Rellán hace de la calma su principal aliado, sin levantar la voz en una sílaba y con apenas cuatro escenas, el actor ofrece un recital de frialdad militar, una especie de Manglano que no posee ningún escrúpulo para llegar hasta la alcoba de cualquiera con tal de convertirse en el cabecilla de una red de chantajistas que actúan antes del hecho con singular tino. Ya saben, cuando los servicios de inteligencia se mueven, sienten y actúan es cuando existe la total certeza de que el fascismo sigue existiendo.

Con el antecedente de La vida de los otros presente en todo momento, es imperioso rellenar los huecos que se originan en mundos de poder como el del fútbol, el de la política o el de las drogas. Por ahí detrás, en un segundo plano, como una especie de seguro de vida, está la prensa, la de verdad, la que informa sin cortapisas ideológicas y que hay que identificar entornando los ojos y seleccionando con inteligencia. Por el camino, sin duda, habrá víctimas que estarán condenadas de por vida a no poder reparar ciertos errores, a tener siempre una deuda pendiente para que no salgan a la luz secretos de noches locas o de curvas peligrosas. Y algún puñetazo habrá que asestar de vez en cuando. Al fin y al cabo, también hay niñatos que merecen un par de cicatrices en su inmaculada piel de corta listeza. Así que tengan cuidado con la cámara del ordenador, con el rastro del móvil, con la inacabable mentira de las redes sociales. Puede que en algún lugar esté vigilando el celador de las cloacas, dispuesto a guardar en un archivo todo lo que sabe, todo lo que ve y, también, todo lo que siente.

miércoles, 23 de marzo de 2022

LOS VENCEDORES (1963), de Carl Foreman

 

La guerra no tiene vencedores, sólo supervivientes. Y es difícil mantener la cabeza fría en medio de la contienda. Es posible que un soldado pague sus novatadas y se enamore ingenuamente de una chica que jamás le recordará. O que otro entre en un bar prohibido de una ciudad recientemente ocupada y se le ofrezca la deserción en bandeja de plata. Al final, siempre habrá algún motivo para matar al primero que pasa por la calle. Por la furia, por la rabia, por haber estado guardando tanto odio sin dejarlo salir en un entorno que sólo enseña eso mismo. El olor a cemento partido se extiende por las ciudades en ruinas y quizá a un veterano sargento no haya que ir a visitarle porque será el mismo rostro de lo más terrible. Puede que en un pueblo de Sicilia haya un inicio de amor en un portal humilde con un niño en brazos. O que la gente huya despavorida víctima de sus propias supersticiones. La guerra, en la ocupación, también tiene un lado pintoresco aunque irremediablemente trágico. La comida escasea. Las chicas son tentadoras. Cuando todo acaba, el mundo quiere olvidar porque, si no, es imposible salir adelante. Si no fuera así, el siguiente charco sería el cementerio.

Entre tanto drama, también hay sitio para la acción y los soldados se quedan perplejos cuando se encuentran con una unidad francesa que se despacha a gusto con los nazis. Sin piedad, ni compasión. Y no hay demasiado derecho a juzgar. Tampoco hay un lugar para los perros. La pena se debe dejar atrás en una tierra en llamas. Siempre habrá un juego cruel en las manos de alguien que lleva un arma, por mucho que esté en el lado correcto. No todo justifica cualquier cosa. Europa deberá morir para poder vivir.

El guionista Carl Foreman se atrevió con la dirección de esta película en la que establece las peripecias de un escuadrón de soldados americanos a través de su periplo por la liberación de Europa. De Sicilia a Francia y, de ahí, a Bélgica y Alemania. Por una vez, Foreman pone en juego un trasfondo bélico en el que se atreve a exponer abiertamente su militancia izquierdista en la que cabe su mirada compasiva hacia la tropa. Siempre de paso. Siempre confundida. En algún momento, entre las muchas historias que quiere contar, parece como si la película no tuviera un acabado formal demasiado cuidado aunque, sin duda, posee un reparto impresionante con nombres como George Hamilton, George Peppard, Maurice Ronet, Jeanne Moreau, Elke Sommer, Albert Finney, Eli Wallach, Vince Edwards, Rossanna Schiaffino, Melina Mercouri, Romy Schneider, Peter Fonda, Senta Berger y Michael Callan. En algún que otro pasaje también se entretiene más de la cuenta, con algo de reiteración, pero, sin duda,  el intento es diferente, atrevido y, quizá, no muy bien producido. Tal vez su guión desea demasiadas cosas sin apostar demasiado por la puesta en escena. Tal vez sus ideas están por encima de lo que quiere contar.

Y es que una casa en un pueblo puede ser un oasis para los errantes hombres de uniforme que deben soportar bombardeos y ofensivas. Puede que, en algún momento, haya algún respiro con una cena, un vino y una cama. La guerra no tiene nada bueno, por mucho que haya héroes dentro de ella.

martes, 22 de marzo de 2022

EL CONFIDENTE (1973), de Peter Yates

Eddie está dispuesto a cualquier cosa con tal de no volver a la cárcel. Ya quedan muy pocas oportunidades y, quizá, no ha hecho realidad ninguno de sus sueños. Tal vez ha sido por culpa de las amistades que ha frecuentado, o de los trabajos que ha realizado, o de la maldita suerte que siempre se escapa por las rendijas de algún error. Da igual. Eddie Coyle ya ha estado detrás de demasiadas copas, demasiadas juergas, demasiadas aventuras y muchas de ellas no han terminado muy bien. Llega a un trato con los federales. Va a pasar información con tal de no volver a estar entre rejas. Sin embargo, hay otro problema. Parece ser que alguien más está jugando a lo mismo que él. Y eso no le interesa a Eddie por varias razones. Es posible que quede al descubierto. Es posible que los federales queden más contentos con ese otro que está vendiendo información. Es posible que sea un juego para despistar a los del FBI e intente desbaratar la confidencia que él está pasando. Va a haber que actuar, Eddie. Y ese es un terreno que no se te da nada bien.

Eddie es un especialista en conseguir armas y va a tratar de delatar a sus propios clientes. No va a ser bueno para el negocio, pero, francamente, le da igual. Eddie no es demasiado simpático, pero el destino no va a ser indulgente con él y quizá no lo merezca. Perder dos veces es muy duro y más en una profesión en la que siempre dependes del dinero y del gatillo. El otoño en Boston es inclemente y no cabe duda de que Eddie se rodea de gente bastante desviada, manipuladora, egoísta y engañosa. Con cada uno de los amigos con los que trata tendrá que adivinar sus segundas intenciones. No hay honor entre ladrones y eso Eddie lo tiene muy claro. Aunque sólo quede tristeza en sus decisiones.

Robert Mitchum realiza uno de sus mejores trabajos en la piel de ese desencantado traficante de armas llamado Eddie Coyle que trata de agarrarse a los últimos clavos que le quedan para no despeñarse. La atmósfera de la película dirigida por Peter Yates es gris, fría, aplastante y no exenta de melancolía. Sin embargo, resulta apasionante el último intento del personaje principal, tratando de hacer que la vida le olvide cuando, todo el mundo lo sabe, eso es prácticamente imposible.

Así que si uno quiere amigos de verdad, lo mejor será comprarse un perro. En el fondo, ese confidente llamado Eddie Coyle tiene más miedo que el resto de individuos que caminan justo en el borde del abismo. Y hará todo lo posible para no vivir con temor. La fiesta se acabó para él. Eddie, en realidad, no tiene amigos. Lo sabe porque podrá ser un perdedor, pero está lejos de ser un estúpido. Sólo hace lo que ellos esperan que haga. Por una vez, no va a ser así. Va a ser difícil. Casi imposible. Quizá sea demasiado tarde para empezar de nuevo, pero es hora de dejar el vértice del negocio para que otros se lleven la mejor parte. Esta vez, la recompensa puede huir y habrá que luchar mucho para seguir vivo. El final se aproxima.