miércoles, 8 de abril de 2020

ELEMENTAL, DOCTOR FREUD (1976), de Herbert Ross


Esta vez sí vamos a cerrar el blog hasta el martes día catorce de abril. Tomaremos un descanso para reflexionar y despejar un poco la mente sin necesidad de acudir a la solución al siete por ciento. Ved cine, no dejéis de hacerlo. Coloca ideas, abre horizontes, permite viajar y, sin despegar los pies del suelo, también soñar. Un abrazo para todos.

No cabe duda de que el doctor John Watson es un gran amigo. Preocupado por la salud de Sherlock Holmes y sabedor de la enfermiza obsesión que sitúa al Profesor Moriarty en el centro del mal de Londres y del mundo, deja un puñado de pistas falsas para que al gran detective le entren ganas de viajar hasta Viena y entrar en la casa de un doctor que, parece, está revolucionando el psicoanálisis. Toda la culpa la tiene esa maldita solución al siete por ciento de cocaína que hace que el más insigne detective de todos los tiempos sufra de alucinaciones e imagine conspiraciones que, en realidad, son puras manifestaciones de su subconsciente. Sin embargo, hay otro elemento que hace que, tras la dura experiencia de la abstinencia, Holmes vuelva a tener interés en resolver otro misterio insondable de la maldad humana.
El doctor Sigmund Freud es un hombre inteligente que no duda en auxiliar a Holmes en sus pesquisas a pesar de que él también tiene otro misterio que resolver en la enmarañada mente de su paciente. De esa manera, viajamos por los bajos fondos de Viena, inmersos en una conspiración real, basada en la increíble y magnética belleza de una mujer admirable, con trampas a la vuelta de cada esquina, desafíos imposibles que se resuelven con una partida de paddle en su forma más primitiva y elegante, incursiones extrañas por encopetados prostíbulos de recargado barroquismo, aventuras trepidantes que incluyen el robo de una locomotora y la alocada persecución a través de caminos de hierro…todo es poco para acabar con esa adicción maldita que asola a la mente más brillante de nuestros tiempos. Watson es el culpable. Watson es el amigo.
Resulta atrayente que se sitúe una investigación del gran Sherlock Holmes con la inestimable ayuda de Sigmund Freud en la Viena de finales del siglo pasado. Ambos, en cierta manera, son locos de teorías abrumadoramente deductivas, que buscan el encaje de los mecanismos mentales de sus rivales, en un caso, y de su paciente y amigo por el otro. Watson, por una vez, no es un mero comparsa sino también un hombre de decisión firme e inteligente, que toma la iniciativa en más de una ocasión y que hace que sea evidente que todo sea elemental, doctor Watson o, en este caso, doctor Freud.
Con una lujosa puesta en escena, Herbert Ross puso en pie esta adaptación de la exitosa novela de Nicholas Meyer que contó con Nicol Williamson en la piel de Holmes, un atípico y estupendo Robert Duvall como Watson y un acertadísimo Alan Arkin como el genio vienés de la psiquiatría. Alrededor, y en papeles casi episódicos, colocó a Vanessa Redgrave, Samantha Eggar y Joel Grey para que la producción tuviera un empaque interpretativo, tal vez, algo desaprovechado, pero, sin duda, atrayente. Y consigue que corramos al lado de Holmes, gritando por encontrar pistas; que comprendamos la angustia de un Watson ya casado y viviendo lejos del 221 B de Baker Street; y que compartamos la pesquisa por los resquicios de la mente del doctor Sigmund Freud, fascinado por los mecanismos de la maldad y las razones del trauma al igual que un investigador obsesionado por encontrar un culpable. Quizá, sin tener demasiadas pretensiones, podamos disfrutar de esta película echados en una tumbona y dejando que la suave brisa de un río inunde nuestras ganas de vivir. La tranquilidad de vivir sin la solución al siete por ciento no tiene límite. Y Holmes sabe que, de vez en cuando, hay que tocar el violín para poner las ideas en orden.

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