Siguiendo
la evolución natural, no cabe duda de que, en determinado momento, la
inteligencia artificial tendrá conciencia de sí misma y tratará de poner fin a
los desmanes de la Humanidad. Para ello, no dudará en iniciar una guerra para
ganar la supremacía de las decisiones. Sin embargo, siempre quedará la duda. Al
ser una inteligencia superior, nunca se sabrá si el objetivo es acabar con la
raza humana o es imponer, de una vez por todas, un futuro de paz y de prosperidad.
El hombre, siempre falible, siempre inseguro, tendrá que resolver ese enigma
poniendo en juego su propia sangre.
Por el camino habrá
mucho sufrimiento y más aún si se descubre que la propia inteligencia
artificial ha creado a un mesías que es capaz de anular la voluntad de la
tecnología para reducir las muertes y transmitir el raciocinio como máxima en
el transcurrir zozobrante del mundo. Puede que todo esté caóticamente mezclado
y haya robots con pellejo, movimientos que simulan a la perfección la capacidad
psicomotriz del ser humano, destrucciones innecesarias y, desde luego, la
construcción de una nave que establece una situación de superioridad siempre y
cuando consiga fijar los objetivos hacia los que disparar. El sacrificio
también tendrá su lugar dentro de la programación y el día de mañana puede
depender de la distinción sistemática de quiénes son los buenos y de quiénes
son los malos.
Había mucha expectación
por la siguiente película del director Gareth Edwards después de Rogue One, una historia de spin off que superó con creces lo que
posteriormente se nos ofreció como la última trilogía de La guerra de las galaxias. En esta ocasión, Edwards parece que ha
perdido algo de pegada, por mucho que trate de disfrazar la flojera con un
atractivo diseño de efectos especiales que tapan cualquier defecto a base de
espectáculo. Es como si no hubiese puesto tanto cuidado como en su otra
incursión en el universo del sacrificio y del heroísmo. Hay momentos que no
están suficientemente explicados. Otros que visualmente son extremadamente
interesantes y el conjunto es aceptable por los pelos, pero algo decepcionante.
Al contrario que Rogue One, esta
película no deja poso alguno, se olvida con facilidad, no tiene recorrido. A
ello ayuda una nueva demostración de la limitación interpretativa de John David
Washington aunque esté ayudado por algún otro secundario de cierto empuje como
Allison Jenney o el desaprovechado Ken Watanabe. En cualquier caso, es difícil
de explicar hasta el tema de la historia en cuanto se ha abandonado el cine y
eso, en una película que presume de ambiciosa y con algún que otro apunte de
originalidad, es pecado de cortocircuito.
Sin duda, está clara la
inspiración en Terminator, con esa
guerra entre máquinas y hombres, y se ponen en juego homenajes bastante nítidos
a Doce del patíbulo, de Robert
Aldrich, o Blade Runner, de Ridley
Scott, pero The Creator no pasa el
examen con holgura, le falta más capacidad descriptiva y le sobra algo de
precipitación. Y es una lástima porque es posible que exista el germen de algo
que hubiera merecido bastante la pena.
Así que mucho cuidado con las máquinas. Cualquier inteligencia aprende de sus propios errores y pronto se darán cuenta de que el mayor error que se puede analizar es el mismo ser humano que ha querido crearlas. Hemos permitido que ellas se hagan con nuestro trabajo, que limiten nuestro pensamiento, que conviertan nuestro cerebro en un organismo vago y sin capacidad de superación. Bien pensado, ellas pueden enderezar el rumbo de una raza que ha elegido la extinción como forma de vida.
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