jueves, 30 de diciembre de 2021

WEST SIDE STORY (2021), de Steven Spielberg

 

Con este artículo, quiero desear a todos una feliz salida y entrada de año, lleno de cosas estrupendas y de grandes películas. No dejéis de ir al cine. Es nuestra vida de repuesto. Después, ya no hay más.

Sensaciones:

Un escalofrío recorre el espinazo cuando se oyen esos silbidos llamando a la batalla callejera. Las lágrimas tratan de salir a empujones porque aquello no sólo recuerda los años en los que, una y otra vez, llevaste a rastras a todos tus amigos en los diferentes reestrenos, sino también todo un universo de sensaciones en el que la violencia, la ternura, la emoción y la euforia ocuparon las principales notas de tu partitura privada. Los Jets salen de sus agujeros y quieres bajar ahí mismo, a desahogar tu rabia y compartir la energía de unos bailes que se te antojaron inolvidables e insuperables. Y entonces sabes que estás de parte de ese amor imposible que se te va a contar, de esa lucha que se te presenta incomprensible, de esa frustración que sabes que es posible que ronde tu propio devenir.

Y sigues deseando ponerte de punta en blanco para participar de ese grito de mambo para demostrar que bailas mejor y con más ganas. Perderte en la partitura de Leonard Bernstein es demasiado fácil para no abandonarte, para darte cuenta de que esta noche puede ser irrepetible, de que tienes que mantener la calma porque, de lo contrario, te arrastrarán los acontecimientos que ya viviste anteriormente. Ella está allí, sólo ella, en medio de la multitud, mirándote de nuevo y pronuncias su nombre y vuelves a extraviarte en su melodía porque el amor, si era así, era tu vida y no querías dejar de verla, soñabas con su caricia, imaginabas su beso, pensabas en sus palabras.

Sin embargo, el entorno suele ser un enemigo difícil de batir. Y ante tanta incomprensión, sólo queda refugiarse en la noche de tus propios sentimientos. Puede que algunos no aguanten tanta pasión y que siempre se espere algo de optimismo en un ambiente tan deprimente que condena tantos futuros y aplaste tantas esperanzas. Y quieres, y deseas, y ruegas por tener un amor que sea todo lo que poseas y que, acertado o equivocado, no puedes hacer nada más. Volverás a llorar en las calles húmedas en medio de una ciudad que se está demoliendo y la sangre hierve en tus venas, tratando de encontrar una razón para salir adelante cuando todo ha terminado, cuando ya no hay más remedio que odiar porque se te ha quitado toda la capacidad de amar. Mientras tanto, tratarás de ser alguien en ninguna parte y, una vez más, serás nadie en todos los sitios. Especialmente en el lado oeste del infierno. Allí donde no hay más remedio que luchar por un territorio que no existe, por un derecho que se te ha negado y por un amor que se condena desde la primera mirada.

Tu amor es tu vida, porque le quieres, porque eres él, porque sois uno, porque puede que haya un lugar para ella y para ti, un lugar de paz y tranquilo, con aire libre. Un lugar al que sólo podrá llevarte la verdad que siempre pronuncia un beso, una promesa, una complicidad, un deseo, un brillo en los ojos. Y del prólogo al final sólo hay unas balas de diferencia. Las que te han atravesado mientras has bailado, has rabiado, has querido y, una vez más, has vuelto a perder. El asfalto de la gran ciudad será el testigo de las luces en movimiento y el sol parece que nunca se pone en América para aquellos que eligen al amor como única opción.

Valoraciones:

Sólo hay un aspecto en el que esta película supera a la original y es la adaptación musical. No cabe duda de que Steven Spielberg realiza una apuesta valiente y que, en todo momento, hace gala de su estilo impresionante en la planificación. Sin embargo, la puesta en escena no siempre es la más acertada y las coreografías, aunque indudablemente enérgicas, no se acercan ni por asomo a las diseñadas por Jerome Robbins. Y si no, cuando vean la película, hagan una prueba. Traten de recordar alguno de los pasos como algo mítico, como algo que forma parte inseparable de la historia. No encontrarán ninguno. Hagan lo mismo con la versión de Wise y Robbins. Seguro que hay alguno que les vendrá a la cabeza.

Este detalle puede parecer una tontería, pero en un musical de las características de West Side Story no lo es. Uno de los puntos más fuertes de su trama son, precisamente, las coreografías, llenas de un impulso y de una intensidad que es difícil de olvidar tanto en su versión teatral como en la cinematográfica. Comparen el Cool y díganme cuáles son las diferencias. Por supuesto, Spielberg no rehúye la espectacularidad y trata de dejarla bien clara en América, pero un baile que se pretende inolvidable no puede consistir sólo en complicados giros, hace falta imaginación, y, sobre todo, claridad. Y aquí está la demostración de que no sólo la pericia del director es suficiente.

Por otro lado, algunos intérpretes cumplen, pero son notoriamente más jóvenes, lo cual lleva a una cierta infantilización de la historia, sobre todo porque se reescriben los diálogos y resultan más simples, mucho menos sugeridos, por mucho que se siga la estructura del original. También hay un cierto descoloque en el orden de las canciones que no beneficia en nada a la estructura y algún número que resulta un error lamentable como es el ya citado Cool o el imposible Gee, officer Krupke que se representa en una comisaria sin ninguna gracia.

Siempre agrada ver a alguien que se llevó, quizá, el mejor papel de la primera versión como Rita Moreno asumiendo el personaje que llevó a cabo Ned Glass. Es comprensible el sentido homenaje que le quiere tributar Spielberg, pero hacerle cantar el Somewhere resulta gratuito porque no tiene mucho sentido. Por supuesto, hay menos referencias pictóricas porque la fotografía de Janusz Kaminski apuesta por el realismo y el color siempre está más apagado. Y el único error que se puede atribuir al director es la falta de control en el reparto de secundarios que resultan demasiado exagerados en gestos, como intentando subrayar toda la rabia que sienten estando a la cabeza de todos ellos David Álvarez en el papel de Bernardo.

Y se podría entrar en más detalles que acaban por ser prescindibles y que es mejor no desvelar y que proceden del ansia por dejar bien claro de dónde vienen algunos personajes y por qué se comportan así. Las voces de Rachel Zegler y Ansel Elgort como María y Tony son agradables aunque él está ligeramente mejor que ella. Y aún así, a pesar de todas estas diferencias, sigues intentando enfundarte unos vaqueros y unas deportivas y pelear por un barrio que aquí se presenta en estado de ruina para realzar todavía más la hostilidad y la inadaptación de unos jóvenes que, no importa la forma que revistan, siempre intentan robarte el corazón.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

BEING THE RICARDOS (2021), de Aaron Sorkin

 

El éxito suele ser un elemento muy frágil para quien lo tiene a manos llenas. Cualquier detalle puede desequilibrar ese momento cumbre. Un guión mal escrito, un rumor agrandado, una certeza confirmada…Todos son picos y palas dispuestos a derribar el muro de la fama. Lucille Ball y Desi Arnaz fueron, tal vez, la pareja más nombrada del mundo de la televisión durante años con su serie Te quiero, Lucy y, sin embargo, hubo quien quiso echarlos abajo después de muchas congas, muchas canciones de segunda, muchas películas de tercera y mucho esfuerzo para hacer reír a la gente.

Así pues, después de ser sometida a investigación por el Comité de Actividades Antiamericanas y ser absuelta de cualquier cargo, la prensa, sólo por el afán sensacionalista de vender y de publicar con letras enormes, siguió insistiendo en la posibilidad de que Lucille Ball, una de las actrices más graciosas de todos los tiempos, era comunista. Y ése es el punto en el que comienza a tambalearse todo. Desde la construcción de un guión que necesita ser acotado para llegar a la gracia indiscutible hasta la relación con su marido. Por supuesto, hay diálogos a doscientos por hora, una situación tras otra, una sensación de agobio creciente, una radiografía de lo que se cuece tras las bambalinas de la televisión con sus abogados y patrocinadores ojo avizor para que no se asocien las marcas con tendencias poco comerciales, la estúpida censura que no permitía que una mujer embarazada saliese por la pantalla de todos los hogares…Todo un entramado de intereses y frustraciones que van saliendo como si se tratara de una comedia de situación. Lo que sea con tal de salvar la serie de más éxito de todos los tiempos, con una audiencia semanal de sesenta millones de espectadores.

Aaron Sorkin escribe y dirige con su habitual soltura, aunque, quizá, pierda algo de fuerza al final. Aún así, la película es esplendorosa en presentación, ambientación y desarrollo, con un reparto de secundarios muy competente y en el que destaca por sabiduría, sarcasmo y precisión J. K. Simmons. No cabe duda de que toda la historia gira en torno a Javier Bardem, que, esta vez, parece muy cómodo en el papel de cubano agradecido a su nacionalidad estadounidense, listo como pocos, avispado y, en algunos momentos, genial. Y, desde luego, hay que hacer mención a Nicole Kidman que es la verdadera protagonista. Es una lástima que una actriz con hechuras de perfección, que lo tenía todo para ser una de las más grandes damas del cine, se haya quedado en una máscara que resulta más convincente en blanco y negro que en color. Es como asistir a la interpretación de una muñeca que apenas consigue expresión más que en sus ojos y no es suficiente. De otra manera, Kidman hubiera clavado un trabajo difícil y atractivo y no se diluiría gran parte del efecto dramático que pretende. Y, prácticamente, es el único defecto que se puede poner a una película, por lo demás, impecable, retrato atinado de las decisiones creativas y personales alrededor de algo que es todo un negocio en televisión y que es imposible de ver y, casi, imposible de creer.

Por otro lado, Sorkin acierta en pleno blanco cuando trata de describir el trabajo de una actriz tan soberbiamente dotada para la comedia, que pasó un poco de largo por el cine y que hizo historia en la pequeña pantalla. Una mujer que era capaz de ponerse en la piel del público para adivinar qué es lo que hace reír. Y eso es un trabajo muy difícil y verdaderamente apasionante. Te quiero, Lucy.

jueves, 23 de diciembre de 2021

SPIDERMAN: NO WAY HOME (2021), de Jon Watts

 

Con este artículo quiero desear a todos una Feliz Navidad. El blog quedará cerrado a excepción de los días 29 y 30 de diciembre y 5 y 7 de enero en los que publicaremos diferentes estrenos de la cartelera. Mientras tanto, id al cine. Ya se están viendo muchas salas llenas.

El hombre araña debe empezar donde terminó todo. Y, claro, debe arreglar los problemas que tiene pendientes. Y la juventud no es la mejor amiga para afrontar con serenidad las soluciones. Ya se sabe, muchas hormonas, mucha impulsividad y pocas ideas nítidas. A partir de ahí, se desencadenan unos cuantos mundos paralelos que tratan de ofrecer la imagen completa de un chico que tiene un gran poder y, por tanto, una gran responsabilidad.

Así que el fracaso ronda por sus telarañas y se enreda en los entresijos de su azarosa vida. Trata de conseguir ayuda y tampoco es la mejor solución. Debe de encajar un rompecabezas que sólo está reservado para los adultos, sin todas las piezas, imaginando lo que debe ser la aventura al otro lado del espejo, para salvar a los que ama, para tratar de no hacer daño, para que su instinto arácnido, por una vez, pruebe cuáles son las delicias que se hallan al borde mismo de los labios. El beso del hombre araña tendrá que ser el único respiro cuando el recuerdo está a punto de desvanecerse. Y habrá abundancia de telarañas, aplausos rabiosos, algún que otro fleco que, si se piensa, romperá la pretendida lógica y, desde luego, mucho entretenimiento.

El hombre araña deberá taponar el dolor y los días serán diferentes, dando lugar a un nuevo principio que no es más que la continuación de un final impío. La furia también aparecerá en algún momento porque las pérdidas desorientan y establecen nuevas reglas. El universo múltiple tiene grandes inconvenientes y los hechizos no deben tener molestas interferencias. El día del hombre araña se convierte en la noche en la que hay que ajustar cuentas con el destino, con los destinos, con las confluencias, con las simpatías y con la certeza de que la soledad es algo inherente al propio ser humano.

Puede que el único problema de esta película sea que contiene tantas sorpresas que el espectador no tiene tanto interés por lo que cuenta y sólo espera el próximo golpe inesperado. Por supuesto, la acción es el móvil y el espectáculo visual existe, algo habitual en el universo Marvel. Algunos diálogos son directamente malos y otros tienen su gracia apoyándose en esas continuas sorpresas que van jalonando su extenso metraje. Sí, no importa. Se sigue saltando con el hombre araña, participando de sus preocupaciones terrenales y universales, sufriendo con sus esfuerzos por salvar y volver al orden habitual, a la rutina ansiada que él jamás podrá disfrutar. El resultado es que el público sale encantado aunque está lejos de ser la mejor historia de Marvel. Y contiene la suficiente magia como para que eso no sea motivo suficiente como para despreciarla. Todo el mundo lo pasa bien. Y esa es la telaraña en la que todos nos quedamos enredados, siendo presa fácil del hombre araña, dándonos vueltas hasta quedar sepultados en su dominio, sin pensar en nada más, sólo acompañando a ese joven que parece confuso, a pesar de su inteligencia, como tantos y tantos otros adolescentes.

Así que no cabe duda de que es fácil abandonarse en la butaca y abandonar cualquier otra pretensión. Él es asombroso, es inmaduro, es increíble, es pena y también es alegría y, en algún momento, llega a ser júbilo. Mientras tanto, hay que acabar con unos cuantos megavillanos que han atravesado la dimensión del espacio y del tiempo y tratar de construir un futuro coherente. Y eso, en un apartado lugar de la imaginación donde habitan los super-héroes no deja de ser un ejercicio que va de lo inútil a lo imposible. Dejemos que nos embargue el beso del hombre araña. De vez en cuando, la pasión es muy recomendable. 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

EL PODER DEL PERRO (2021), de Jane Campion

 

Entre las obsesiones de la directora Jane Campion se encuentra esa descripción de personajes que se hallan desubicados, que pertenecen a otra época y, quizá, a otro lugar y que tratan desesperadamente de adaptarse a las circunstancias que rodean una vida que, por lo general, suele ser un reflejo de frustración, de soledad, de conciencia de ser diferente. En esta ocasión, las lejanas colinas de Montana parecen erguirse con orgullo para convertirse en la prueba definitiva para quien tiene la mirada en la piel.

Así, pues, en un universo reducido de polvo, reses y órdenes preestablecidos, se hallan estas personas que tratan de hacerse un hueco en la felicidad. Uno de ellos, no obstante, ya lo es y no acepta fácilmente ningún cambio. Tiene su parcela de poder, su compañía permanente, su experiencia contrastada. Y todo eso se pondrá en peligro cuando una forastera venga a ocupar un lugar primordial en la estructura de mando de un rancho en el que predomina el olor a sudor masculino. A partir de ahí, se desencadena una guerra oculta, en ocasiones muy sugerida, por arrebatar las posesiones del rival. Y el deseo en la piel puede más que cualquier otro tipo de cuidado.

Jane Campion, para contar esta historia, cuenta con la inestimable colaboración de Benedict Cumberbatch, enorme una vez más, moviéndose con maestría dentro de los más variados recursos, de Kirsten Dunst que ya está dejando atrás su brillo casi juvenil y deja ver el sufrimiento de los años, de Jesse Plemmons que, con un personaje que no acaba de trazarse con precisión y que tiene pocas oportunidades para el lucimiento, opta por la sobriedad y la auténtica serenidad que impide que una palabra sea más alta que la otra. Estos tres intérpretes, ayudados por la juvenil inteligencia de Kodi Smith-McPhee, agarran a sus personajes por el cuello y les obliga a sumergirse en sus miserias, en sus errores, en sus miedos y en sus tremendas limitaciones hacia unos sentimientos que oscilan entre el enfrentamiento y la decepción, entre la repentina caricia y el previsible desahogo del insulto. El resultado es una película delicadamente rodada, a la que sólo se le puede colocar el reparo de alguna transición demasiado repentina en el comportamiento de algunos caracteres, pero que no deja de tener una capa escondida e inevitablemente interesante bajo su apariencia ganadera.

Las pieles se ponen a secar al sol, sin curtir, sólo para quemarse sin remedio. La soga se seguirá trenzando para que el deseo sea el móvil de algo que llegará a ser impensable. El perro espera, con sus lomas hendidas en la tierra, haciendo que las leyendas se olviden en una época que ya se acaba. La fotografía de Ari Wegner es una apuesta segura para trasladar las reses hacia el beneficio y sorprende la aparición de un viejo amigo como Keith Carradine. Mientras tanto, la madera soltará astillas, la atracción será un conejo que hay que cazar y las sombras se alargarán a la caída del atardecer mientras se madura el siguiente paso. Sólo la muerte podrá aclarar el dilema. La botella dejará de tener respuestas. Y el deseo en la piel será el cebo perfecto. El rencor, ya se sabe, siempre espera su momento perfecto, con paciencia, sin afectación, sin ninguna escena de más, con toda la verdad secada al sol. Y la mirada se perderá en el horizonte, tratando de no perder de vista ninguna cabeza, atenta a los detalles, afinada con la inteligencia, implacable a través de la decisión. Y el sudor masculino se transformará en el agua de la muerte. 

martes, 21 de diciembre de 2021

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE (1962), de John Ford

 

Los años pasan y los recuerdos quedan. Cuando se trata de elegir entre leyenda y realidad, siempre se imprime la leyenda porque la realidad, demasiado a menudo, es más fea, más prosaica y hace menos por formar mentes. Eso no es lo que pensaba Ransom Stoddard cuando se desplazó al Oeste siguiendo el consejo de Horace Greeley. Allí encontró violencia y amistad, amor y hostilidad. Todo muy mezclado como corresponde al cambio de época. Incluso tuvo la oportunidad de escribir en un periódico a las órdenes del propietario, editor y único redactor del Shinbone Star. Así, piedra a piedra, Stoddard intentó cambiar la mentalidad de un país que se movía en los límites de la ley del más fuerte por los cimientos de una democracia que creyó que no le correspondía porque había matado a un hombre. Y, quizá, no fue sólo una vida la que acabó muriendo.

El Oeste, la tierra sin gobierno, necesitaba hombres como el abogado Stoddard. Son carne de despacho y de teoría, apóstatas de la acción que no comprenden que se pueda desenfundar un arma por un simple filete tirado por el suelo. Inténtalo, Liberty, sólo inténtalo. Puede que el plomo esté deseando entrar en tus entrañas y devorar de una vez esa fuerza impuesta que no tiene más salida que a través del cañón de un revólver. Vamos, Liberty… ¿no eres tan valiente? Eres capaz de poner la zancadilla a un camarero, pero no tienes redaños para enfrentarte a un tipo que sabe apretar el gatillo con destreza. Es tu propia trampa la que acaba aniquilándote. Es tu propia saña la que abre los agujeros en tu carne.

Desde un callejón, con un simple disparo, es donde se planifica el intercambio de destinos. El que debía ser héroe, acaba olvidado, con el simple recuerdo de una flor de cactus en la tapa de su ataúd. El que debía morir es enaltecido como máximo representante del nuevo Oeste, del nuevo país que abre sus fronteras al progreso y a la civilización. Y el amor, bien lo saben los que esperan, siempre acaba con los triunfadores, a pesar de que no les pertenece. Y nadie se dará cuenta hasta que la capa de olvido sea demasiado gruesa, demasiado importante y demasiado insalvable. Es posible que haya una diligencia destartalada en algún cobertizo, esperando un último recuerdo. Al igual que ese hombre que disparó una bala de justicia y se sumió en el ostracismo y la amargura. No tendrá nada más que sus botas y un trozo de terreno que se quedó muy solitario desde el mismo momento en que apuntó con su rifle. El destino, esta vez, cambió de propietario y la felicidad se fue para siempre con el que nunca hubiera sobrevivido.

John Wayne, James Stewart, Vera Miles, Edmond O´Brien, Lee Marvin, Woody Strode, Andy Devine, Jeanette Nolan, Lee Van Cleef…y John Ford entonando lo que, en realidad, no es más que un último adiós a la leyenda porque la realidad no es tan bonita. Él lo hizo durante toda su vida mirando a través de una cámara. Y, más tarde, lo celebraba con un trago de whisky.

viernes, 17 de diciembre de 2021

ENCADENADOS (1946), de Alfred Hitchcock

 

Las heridas no se cierran con el desprecio. Se ha vendido que el amor es algo maravilloso y exclusivo, que esa persona que posa sus ojos en alguien, está dispuesta a cualquier sacrificio con tal de conservarla. Y, sin embargo, Alicia Huberman no obtiene más que la indiferencia de Devlin a pesar de que ambos están irremediablemente enamorados. La cadena que les une es irrompible, por mucho que haya que mezclar espionaje, uranio y una banda de neonazis. Devlin la tensa porque cree que Alicia no ha cambiado, que se entrega con placer en las sábanas de Alexander Sebastian porque su propia naturaleza le impulsa a ello. Y no puede estar más equivocado. Él guardó silencio cuando debería haber protestado. Y, quizá, sabe que fue un cobarde porque se negó a luchar por su amor. Prefirió creer que la inercia de las cosas empujaba a Alicia a retomar su vida disoluta. Las mujeres no cambian y él no puede hacer nada para evitarlo. Se conformará con ser un espectador lejano porque, de esa manera, el daño será menor y ella…da igual. Es lo que ha hecho toda su vida. El límite será convertirse en el enlace para la información que ella pueda extraer de esa guarida infame y agobiante que es la residencia de Petrópolis. Ella no merece el riesgo. Sólo el silencio.

Alicia se lo juega todo porque, a pesar de todo, quiere dejar claro que está dispuesta a llegar hasta el final para lavar su apellido. Y lo dejaría todo si Devlin la hubiera defendido cuando insinuaron que ella tendría que conquistar a Sebastian. Así, utilizándola, como si no fuera nada, como si no fuera nadie. Aquella terraza en lo alto de un edificio con vistas a la playa de Copacabana no tiene la menor importancia. Allí besó a Devlin hasta que sus labios se convirtieron en uno sólo y eso ya parece un sueño dentro del veneno. Hasta el aire que corría agradable se transformó en un viento helado. Y los sentimientos se quedaron dentro de una cubitera sin botella.

Devlin subirá una escalera por última vez. Tratará de salvar no sólo a Alicia, sino también lo poco que le queda de hombre. Tendrá que ser todo lo implacable que ha sido con ella, pero con Alexander Sebastian. La célula nazi quedará desarticulada y sus planes, hechos trizas. Sólo Alicia entra en los suyos. Ella no quiso hacer nada. Sólo quiso aparecer como una mujer nueva a sus ojos y él se ha dado cuenta demasiado tarde. La brisa volverá a acariciar el rostro enfermo y envenenado de Alicia mientras una sombría voz llamará a Sebastian para atravesar las puertas del infierno. El amor salió de la bodega porque los labios no olvidan. El recuerdo que se deja en ellos a través de los besos no tiene comparación posible. Es hora de regresar, Alicia, de sentirte protegida en los brazos de Devlin, de dejar de preocuparse por lo que puedan pensar, de abandonar la terrible tensión de guardar las apariencias. La carretera serpentea delante del coche y la cadena se ha vuelto a engarzar. Y el beso, esta vez, será para siempre.

jueves, 16 de diciembre de 2021

NO MIRES ARRIBA (2021), de Adam McKay

 

¿Cuál sería nuestra reacción si, de repente, dos científicos nos aseguraran que un cometa se aproxima a toda velocidad a la Tierra y nos quedan seis meses para ponerle remedio? El director Adam McKay lo tiene muy claro. A la pantalla del móvil. Se sucederían los memes burlones porque ella tiene algo de simpatía por la histeria y, también, caería una lluvia de popularidad sobre él porque tiene cierta imagen a pesar de su marcada tendencia por la ansiedad. Y la conclusión no puede ser otra que nos merecemos todo lo que nos pase.

Entre otras cosas porque, con noticias de ese calado, los brillantes presentadores de talk shows no dejarían de intentar ser inteligentes y estrellas de sus propios programas a pesar de que la situación es de absoluta emergencia. O, incluso, porque acudiendo al centro del poder con una Trump con faldas (sí, las mujeres también pueden ser como Trump, por mucho que él no quiera) lo único que se tiene en mente es cómo renovarse en las próximas elecciones y subir en las encuestas. Eso sí, con la colaboración del Bill Gates de turno o cualquiera de esos genios de Silicon Valley con problemas de relación con el resto de la Humanidad. Y, desde luego, los que dan la voz de alarma también caerán en los pecados de la arrogancia, de la vanidad, del trastorno obsesivo compulsivo con el hecho de que un general cobre a las visitas en la Casa Blanca las botellas de agua y las bolsas de ganchitos, de la tentación de la popularidad, del oprobio de la calumnia, de los algoritmos que no dejan de moverse con los millones de datos que manejan las multinacionales…etc…etc…¿qué les voy a contar que ustedes no sepan ya?

Y el caso es que no faltan los especiales con músicas escalofriantes para reconocer culpas y sembrar la semilla de la esperanza, de las campañas y de las contracampañas de sectores de extrema izquierda y del fascismo que se encarama en la cima. McKay, con la inestimable colaboración de Leonardo di Caprio, de Jennifer Lawrence, de Cate Blanchett, de Meryl Streep y de Mark Rylance, nos obliga a mirarnos en el espejo para reírnos un poco de esta absurda época del mundo en la palma de la mano y que nos ha vuelto más estúpidos que nunca y, de paso, también no duda en arrojar vitriolo en estado puro en pleno proceso del fin del mundo. El resultado es una película que tiene gracia en la perplejidad de las reacciones de una prensa vendida, de una audiencia alienada, de unos gobernantes descaradamente ineptos e interesados, ligeramente prolongada en algún momento y con un sentido del humor que, sin duda, pasa por la destrucción y por la posibilidad de una extinción. Al fin y al cabo, el ser humano comienza a ser bastante poco productivo y edificante.

Así que, aún con alguna que otra risa congelada, hay ratos de auténtico absurdo siempre que seamos capaces de mantenernos como espectadores de una película, pero que, de alguna manera, también podamos darnos cuenta de que somos parte del espectáculo, de ese mismo que nos hunde en un absurdo impensable y que, sin embargo, existe. No como el fin del mundo que nos venden de vez en cuando y que siempre se queda en agua de borrajas. A ver si en alguna ocasión aciertan y podemos valorar lo que realmente importa en este teatro lleno de ruido, furia e inmoralidad. Mientras tanto, no lo duden, seguirán engañándonos y montando miles de maniobras de distracción para que la atención se dirija al lugar equivocado. Ni siquiera nos dejarán mirar arriba para ver si se aproxima un meteorito que acabe con todo de una vez por todas.