martes, 5 de octubre de 2021

UN DOMINGO CUALQUIERA (1999), de Oliver Stone

Las cosas en el campo se pueden torcer en el momento menos pensado. Se lesiona el quarterback titular, entra el segundo y, aparte de que es un tipo que no le echa demasiadas ganas, también se lesiona. Así que entra el tercero, aquel que nunca iba a jugar salvo en algún amistoso, aquel con el que nadie contaba. Su confianza está bajo cero, pero tiene que hacerse con la responsabilidad del equipo. A partir de ahí, todo es un infierno de conspiraciones. El equipo está a punto de no entrar en los playoff, el viejo deporte está en estado ruinoso, el negocio manda por encima de cualquier otra consideración. La nueva estrella es el sol en donde se va a apoyar el futuro. Y, de paso, quizá un traslado a otra ciudad que es capaz de sufragar algo más los gastos del estadio. Las piezas se mueven, la lealtad es un concepto en desuso. El chaval se lo cree hasta límites insospechados. La soberbia y la arrogancia están ahí mismo, haciéndose notar. Mientras tanto, los partidos pasan, las victorias se suceden. La traición está dentro del cuadro técnico. E incluso hay alguna práctica no demasiado convencional en el cuadro médico. Éste es el retrato de un domingo cualquiera en un partido de fútbol americano.

Sin duda, aquel que se dedique al deporte es consciente de que la presión es algo inherente a su práctica. Sólo hay dinero si el triunfo es el compañero habitual. Ya se sabe. El éxito tiene muchos padres, mientras que el fracaso sólo suele tener uno. Se repiten jugadas, se oyen estrategias, se equivocan las tácticas. El milagro ocurre, sí, pero sólo muy de vez en cuando. Hay que luchar pulgada a pulgada y, todas juntas, son las que construyen las victorias. Los trenes chocan y las secuelas se dejan sentir. Las rodillas, las cabezas, los razonamientos, las charlas, las arengas, la certeza de que son los nuevos gladiadores que deben de ofrecer espectáculo para las masas hambrientas de colusiones y violencias. Un touchdown es la vida. Perder el balón es la desafiante decepción. Y el dinero, sólo el dinero, es lo que mueve el grito, el fanatismo, la desencajada mueca de la orden desesperada. Luego, quizá, si todo sale bien y cada uno conserva la cabeza en su sitio, vendrá la dulce venganza. Y es que los tiempos no siempre están acompasados.

No cabe duda de que Oliver Stone dirigió con brío y agilidad esta historia de fútbol americano y de todo el espectáculo que rodea al deporte, con sus cargantes pesos de negociación, de jugada política y de perversión económica. Rodeado de un gran reparto con un muy acertado Al Pacino al frente, el director articula un mosaico de ambiciones a base de golpes, de montaje acelerado y diálogos de hierro. Nadie está de acuerdo con nada, pero el negocio está ahí y no va a renunciar ni el más débil. Es el momento de recibir el pase y de correr como alma que lleva al diablo. Y si se puede saltar ante el placaje del contrario, entonces el tanto subirá al marcador. Sólo importa la siguiente carrera, el próximo lanzamiento y cuál será la cabeza que acabará abriéndose delante de miles de espectadores.

2 comentarios:

Rodi dijo...

Estupenda reseña de la última gran película de Oliver Stone. Mis dieses César!

Saludos.

César Bardés dijo...

Gracias por tus palabras. Eso indica que, de vez en cuando, se acierta.
Un saludo.