jueves, 16 de marzo de 2023

MARIDOS (2022), de Lucía Alemany

 

Un accidente en los Pirineos y se descubre el pastel con dos guindas. Eso no sería nada malo si no fuera porque el pastel sólo debería tener una porque se corre el riesgo de que las guindas se conozcan y formen su propio pastel. Ya se sabe, uno se pierde entre la nata, no sabe hacia dónde tirar y resulta que la guinda amarga consigue almacenar algo de dulzura. Por otro lado, la dulce no se deja mangonear tanto. Moraleja: el carácter agrio y los desengaños de la vida no deben ensuciar lo que es un bonito adorno de amistad. Cielos, si todo ocurre en una ciudad llamada Malpaso, y entre risa y buen rollo, hay un cierto aire de película del Oeste.

En el engaño está lo común. Ahí está el meollo de la cuestión. Dejar de gruñir y abandonar esa actitud de tragar con todo es fundamental para recuperar la autoestima y llegar a tener certezas como que se ha querido y se ha sido un padre de aprobado justito. Y todo se escribe en la nieve. En ese sitio donde los chascarrillos se desparraman en el telesilla, donde lo bueno parece que dura poco, donde los quitanieves nunca quitan nada y donde las iras deben dejarse en el gorro de lana. La lógica es para los machotes y más vale hallar una solución que sea cómoda para todos. Al fin y al cabo, el elemento de disensión tiene más cara que espalda y una media colgada en el pomo de la puerta para hacerse un Carradine. ¿No saben lo que es? Mejor buscarlo por el móvil.

Así que ahí, en plena montaña oscense, en un pueblo de nombres míticos donde la gente tuvo que vivir sin perdón y donde los ríos míticos se juntan con chicas de un millón de dólares, tenemos a dos actores que saben decir la frase más vulgar de la forma más graciosa, como si fuera lo más natural del mundo, y que se llaman Ernesto Alterio y Paco León. Con bata blanca se encuentra Raúl Cimas, que también le pone gracia al asunto. Y la dirección de Lucía Alemany es simpática y muy precisa. El resultado es una película con cierta clase en sus carcajadas, con algo de estilo en sus risas y con alguna elegancia en sus sonrisas. Y se deja ver con los esquíes en la mano y el frío húmedo en los pies.

Así que hay que ir preparando esos interiores de madera acogedora para que los niños se sientan como en casa. De paso, toda esa temporada en las alturas va a servir para dejar atrás unas cuantas frustraciones que estorban un poco, caray. Al fin y al cabo, el dialogo no fluye cuando uno se agarra al limón y otro sólo quiere naranjas. La culpa es de quien se aprovechó con premeditación y alevosía y que se tomó una temporada de vacaciones en tierra de abrigo y forfait. Aludes, dibujos, peleas de bar, presentaciones a ras de suela, doctoras sabihondas, unas ganas de reírse de lo políticamente correcto que resulta arrebatadoramente sano, alguna que otra parada de ritmo, un conato de que la historia se va de las manos y vuelta, unas botas de nieve que quitan el sentido, unas miradas que hablan por sí solas…y la comedia deja de ser tonta porque exhibe algunos rasgos de ocurrencia. Es que no hay nada como reírse de lo que uno se tiene que reír mientras se hace barbacoa con carne de jabalí.

Ah, y hay que ser buenos y no montar un escándalo por un engañito de nada. No sea que les tomen por locos y suene alguna melodía de desierto y revólver con pitido de prolegómeno. Al día siguiente, lo mismo todo vuelve a la normalidad y sólo quede el suave rastro de un perfume de hombre. Hay que darse cuenta de que si se tiene un amigo, se tiene una montaña de afecto. Aunque el nexo de unión haya sido la engañifa de creerse únicos en la vida de alguien. 

No hay comentarios: