jueves, 10 de marzo de 2011

DESTINO OCULTO (2010), de George Nolfi

El ser humano es ciertamente peligroso cuando se le deja a su libre albedrío. Tal vez por eso hay un burócrata, un director de la oficina de ajustes que ha elaborado un cuidadoso plan para los que usamos el don de la vida y tiene una brigada de agentes de campo que vigilan que todo salga de acuerdo a lo previsto. No puede haber fallos porque eso altera cuanto ha pensado. Dios y los ángeles. El azar, que también existe, es el Diablo.
Y en el fondo, no es que importe demasiado el hecho de que una decisión de una persona determinada altere lo que ya está escrito como su destino. Lo que verdaderamente importa es la influencia que su decisión tiene en los demás. En cada una de las opciones que elegimos se mueven todos los universos que hay a nuestro alrededor y esos universos, a la vez, influyen en muchos otros y así hasta el infinito. Así es como se puede modificar el plan del director. No para uno, sino para todos. También para aquella persona a la que se ama.
Pero el amor es el salvoconducto, es lo que puede cambiar todo. El hado tiene preparada una existencia de éxito asegurado y, además, de certeza de ser una pieza fundamental para que el mundo entero llegue a enderezar el rumbo. Si se demuestra que la opción elegida tiene un por qué, un cómo, un cuándo y un dónde, tal vez la burocracia suprema llegue al convencimiento de que hay algo en nosotros que merece la pena, que no somos simples entes que luchan hasta la extenuación por tener la vida controlada. Todo tiene una razón. Si la derrota ocurre, es porque la pieza vital que la sufre tiene que encajar en otro rompecabezas y realizar su función. La razón es el orden de la pervivencia. Y todo el mundo sabe que en la razón rara vez cabe el amor.
Partiendo de un apasionante argumento dictado por el libro de Philip K. Dick La oficina de ajustes, el director George Nolfi articula una película llena de interés, con algún error que otro y más de una secuencia prolongada en exceso pero consigue que todos tengamos la sensación de que estamos siendo vigilados para cumplir designios que se escapan a nuestro entendimiento. La inmediatez de la propia vida hace que no tengamos la suficiente perspectiva para descubrir cuál es el motivo de aquel hecho, cuál es la palabra nunca dicha, cuál es el silencio que nos delató. Para ello, dirige con mucho mimo la actuación de Matt Damon que parece que últimamente va aprendiendo a transmitir un poco más, moldea a Emily Blunt hasta hacerla parecer curiosamente atractiva, muestra a un John Slattery brillante y ciertamente intenso e implica con flema británica a un Terence Stamp seriamente amenazante. Todo ello da como resultado una cinta ágil, con momentos de buen humor en unos diálogos sumamente cuidados y una apología del sombrero que, al fin y a la postre, acaba por ser fascinante.
No es El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, donde se nos decía que los ángeles escuchaban en silencio y sólo eran acompañantes de nuestras penas y angustias. Es una historia con personalidad propia y que, dada la época que nos ha tocado vivir, muy bien podría ajustarse a la realidad. No importa ser creyente o ateo, eso es lo de menos. El mensaje está en superar toda esa rutina que nos retrasa, nos hunde, nos anula, nos traba y en no dejarse arrastrar por los acontecimientos. Pensar en lo que se va a hacer después de caer. Luchar o aceptar. Rebelarse. Atravesar las puertas y encontrarse con que al otro lado hay escenarios diferentes a los que llegar y vencer. La vanidad propicia el azar. Y el enemigo somos nosotros y nuestra indolencia. Lo que se cree es, casi siempre, imposible pero hay que ganar al siempre y animar al casi. Si no ponemos voluntad, no nos quedará más que una corbata bien anudada de un color bastante inadecuado que nos identificará como trajeados seres de cúspide y de fracaso. 

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA COLINA DE LOS DIABLOS DE ACERO (1957), de Anthony Mann

Una patrulla perdida, un vehículo estropeado, la lucha contra un campo tan árido que parece que allí plantó su cosecha el diablo. El miedo. El extravío. La fatiga. Hay que llegar. Y cuando se llega, hay que subir. Y cuando se sube, una bala te corta el camino. O tres bombas seguidas. O un traidor que estrangula a las flores. O un hombre perdido y con experiencia que sólo quiere cuidar de su coronel porque es el padre que nunca tuvo. Fatiga de guerra. Cansancio de vanguardia. La mina bajo el pie. El francotirador agazapado. El repentino despertar. La trampa aguda. La muerte sin piedad. Y al final...Al final sólo unos nombres dichos bajo el sordo silbido del viento, bajo la mirada del polvo aullado, bajo la victoria de tres que merecieron ser más por la sencilla razón de que cuando los hombres están en guerra no hay ningún sitio a donde ir.
Esconder la desesperación es la tarea de los héroes, es arrojar a la maleza las náuseas del miedo aunque éste no te abandone, aunque el miedo sea un miembro más de una patrulla que apenas ve al enemigo pero que lo siente acechante, como la dama de la guadaña, que colecciona placas de metal con tu nombre.
Por eso, tal vez sea la colina de los diablos de acero, porque no se ve el infierno hasta que estalla delante de mismo de ti, porque lo inexpugnable puede ser derrotado aunque en el camino se queden un buen puñado de cartuchos, de hombres que merecen vivir aunque busquen morir. Al fin y al cabo, tal vez la delgada línea roja que separa la vida de la muerte sea una colina, un trozo de tierra árido y estéril donde sólo crece la desolación.
Anthony Mann dirigió La colina de los diablos de acero con unos cuantos uniformes, dos vehículos y un buen puñado de actores de carácter (Robert Ryan, Aldo Ray, Vic Morrow, Nehemiah Persoff y un simplemente extraordinario Robert Keith, capaz de decirlo todo con sólo una mirada), de esos que con una sabiduría nacida sólo en ellos, dan textura a una película en la que se respira el agobio de los espacios abiertos, el ocaso de la valentía sin más recompensa que la vida perdida a la conquista de lo inútil.

lunes, 7 de marzo de 2011

SIETE DÍAS DE MAYO (1964), de John Frankenheimer

En todas las democracias siempre hay alguien que se erige en auriga de la ambición para lograr vencer por la calle interior del circo. En Siete días de mayo, un general se esconde detrás de uno de los extremos de la palabra “patriotismo” para partir el país en dos. La excusa es la debilidad del gobierno que tiene al mando a un presidente algo pusilánime. ¿Se han fijado que siempre que hay un golpe de estado la justificación es la debilidad de un gobierno, por lo general, socialdemócrata? Sólo un hombre, un segundón, se agarra con uñas y dientes a la libertad en la que siempre ha creído que defiende su propio uniforme. Porque, al fin y al cabo, la misión de quien sirve a una colectividad (llámese país, estado o conglomerado de ciudadanos que pagan a la misma administración, no vayamos a herir sensibilidades ajenas) es aceptar lo decidido por la ciudadanía que se expresa de forma libre y por convicción. El juego legal no es lo mismo que la legitimidad. La democracia es poder decidir y discrepar…respetando. Es así de sencillo. Y el auriga de la ambición de esta película quiere romperlo todo para imponer su idea de país, más cercana a la de imperio.
En una época en la que la carencia de valores es casi una religión, esta película olvidada puede cobrar una enorme vigencia sobre el respeto a unas reglas adoptadas por la mayoría. A veces el cine, conciencia del arte, consigue lanzarnos un mensaje de aviso sobre el camino de la nada, del silencio impuesto, de la inutilidad de una rebeldía mal entendida, del vacío que sigue al caos, del falso orden, de anteponer el ideal de la democracia por encima de la tendencia ideológica (algo muy, muy difícil de entender por los prisioneros de la ambición y del revanchismo) y de que mucho más allá de las reivindicaciones colectivas están los derechos individuales del hombre.
John Frankenheimer dirigió esta película, Siete días de mayo, con unas soberbias interpretaciones de Kirk Douglas, Burt Lancaster y Fredric March…folios para el diálogo certero de una nación que se apresta a soportar su propia vergüenza…porque…¿sabemos quién fue Judas?...Sí…Judas fue el hombre para el que trabajamos…

viernes, 4 de marzo de 2011

TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE MORIR (1958), de Douglas Sirk

Muchas veces, quizá demasiadas, amar y morir son dos sensaciones que van acompañadas de la mano, como los equilibrios entre ruinas, como el gris de un cielo que frunce el ceño por el humo de las bombas…Aquí, cuando todo se derrumba bajo el peso de la crueldad y de la derrota anunciada, un hombre y una mujer intentan construir algo que dé sentido a tanta nada arrasada y la batalla que prefieren librar es la del desgarro del amor a la de la muerte…que también se enamora del caos.
Cada vez que he visto esta película es como si leyera una escritura de fina caligrafía en la que puedes sentir la descripción visual como las frases en un papel. Sientes la textura de los uniformes, el olor inconfundible del cemento partido por la brutalidad de los bombardeos, la soledad de quien espera esa mirada que a veces se nos pierde en la pared desnuda, el deseo de volver para que, en medio de tanto horror, nos refugiemos en los brazos de la persona a quien sólo dispararíamos las balas incansables de nuestros besos y el consuelo de nuestras propias lágrimas. Es sentir…aunque no se haya vivido…es amar…aunque no se haya muerto…es morir…aunque no se haya amado…
Basada en la novela de Erich Maria Remarque, Tiempo de amar, tiempo de morir es una de esas películas que se ven con los ojos entornados sujetados por la breve e ingrata esperanza que nos muestra, al contrario de lo que siempre nos ha vendido el cine, que los alemanes también eran personas. Y mientras vemos esas imágenes tan sutilmente rodadas, nos damos cuenta de que el folletín es el género que más se parece a la vida y que la vida, en muchas ocasiones, parece dirigida en un enorme plano-secuencia por Douglas Sirk, ese director alemán que nos hizo sufrir a golpe de amor y redención, con cegueras y obsesiones, con vidas ciertas que nunca dejarán de ser ficción, con cuidadas rosas que, con su mirada, convirtió en afiladas espinas de dolor. Y dentro de ella está una sobria interpretación, quizá la mejor de toda su carrera, de John Gavin, un actor de innegable atractivo pero habitualmente envarado que aquí nos encoge el corazón y nos hace saber con certeza si aún lo tenemos o no. Tampoco podemos negar que está muy bien acompañado por esa actriz, tan alejada aquí de su registro desternillante en Uno, dos, tres, que se llamó Lilo Pulver.
Hay películas que nunca deberían dejar de verse y esta es una de ellas…al fin y al cabo todo el mundo que amó…y que también amó al cine supo que Sirk es el sonido de una lágrima…

jueves, 3 de marzo de 2011

LOS CHICOS ESTÁN BIEN (2010), de Lisa Cholodenko

Una pareja de lesbianas utilizaron esperma de un donante para poder fecundar a sus hijos. Los niños crecieron felices y contentos dentro de un contexto bastante equilibrado. De pronto, un tercer elemento se inmiscuye en sus vidas. Es un hombre que ha dejado pasar demasiadas oportunidades y desea agarrar una para justificar el único aspecto de su existencia que ha quedado incompleto. Ya no es hora de aventuras y de decisiones. Tampoco lo es de donar esperma para sacarse unos dólares extra.
Él es un hombre que ha tenido un razonable éxito con comida microbiológica que cultiva y cocina en un restaurante de su propiedad. Pero no tiene estabilidad en la emoción, le falta saborear el sentir, el saber, el querer. Las paredes de su casa están desnudas y hace falta que alguien con las manos llenas de cariño las llene con cuadros y detalles que son rutina para muchos pero que también son inalcanzables para otros. Y así surge el desequilibrio, la sensación de pánico que a todos invade porque creen que no tienen. Surge el error en una de las lesbianas y el miedo a la soledad se impone a la otra, precisamente a aquella que lucha con denuedo por tener la vida controlada, a veces a costa de su mal carácter, de su desconfianza hacia lo ajeno, de su inseguridad patológica que nunca muestra. El pánico de no tener. La seguridad de ser prescindible.
Así, asistimos con naturalidad al día a día de una familia a la que merodea la felicidad porque se respetan algunas manías, se toleran otras, se pasan por alto las malas contestaciones y subyace un profundo amor en todos ellos porque no quieren que las cosas cambien. Han ido bien hasta ahora así y no tiene por qué venir nadie a cambiarlas. En el vértice de la pirámide familiar está Annette Bening, soberbia como la que encarna el empuje y la serenidad, pero también durísima en la prohibición, intolerante hasta la irritación, equivocada en el planteamiento y pacífica en el desenlace. A su lado, jugando a cosas propias de matrimonio absolutamente normal, está Julianne Moore, intentando salir con esfuerzo del rincón al que se ve sometida por la personalidad dominante de su pareja, comprensiva y desgastada, agotada y proclive al error como escape. En el otro lado del triángulo escaleno está Mark Ruffalo, el elemento que inclina una balanza que no necesitaba ninguna intervención exterior, que se da cuenta de que su búsqueda nace al andar y no al iniciar el camino. Estos tres intérpretes hacen creer que los abrazos valen, que los días transcurren y no tienen por qué ser peores si no hay gestos de cariño y que un buen vaso de vino saboreado con sinceridad es un pedazo de vida.
Se deja ver, con cierta distancia pero también con un ápice de comprensión, de acercamiento suave y de leve roce en la mano. Tiene algunos errores de disgregación pero son fácilmente perdonables porque el conjunto no hace más que hablar de vidas normales, con problemas normales, con hijos normales, con inquietudes un poco inútiles, pero humanas. Hay pasajes de cierta belleza y, sobre todo, un puñado de tranquilidad que no se basa en fotografías bonitas, ni en extrañísimos movimientos de cámara sino en la comodidad que emana de sus imágenes. Ya lo dijo José Ortega y Gasset: “La mejor celebración es la perfecta normalidad” y esta película, de tan normal, es un motivo de celebración. Sabemos que una pareja homosexual puede funcionar siempre que tenga algo tan sencillo y simple como es el amor. Sabemos que un hombre puede sentirse solo e intentar evadir la soledad es algo que todos hemos tratado de conseguir alguna vez. Y, sobre todo, sabemos que los chicos están bien, que crecen sanos, normales, con personalidad, con criterio, con libre pensamiento y que los estúpidos prejuicios son los que hacen que tengamos pánico, quizá pánico de no tener lo mismo. 

martes, 1 de marzo de 2011

SHAKESPEARE ENAMORADO (1998), de John Madden

Quisiera ser el mensajero alado para haceros llegar mi admiración por un puñado de cómicos que pusieron en escena un amor, un proceso de creación y una rebelión del arte por encima de las normas sociales y del equivocado honor del dinero. Ante tales circunstancias podemos deleitarnos con actores de precisión inusitada apoyados en unas letras escritas por Sir Tom Stoppard, con toda probabilidad, uno de los mayores expertos en la obra del bardo de Stratford-on-Avon, que rebosan elegancia y que aúnan las constantes de la luz emanada de unas palabras que se elevan por encima de los pobres espíritus mortales que tenemos la fortuna de asistir a tal representación.
Así pues, llevados a lomos de gloriosas páginas de expresividad inmortal, nos hallamos maravillados con la certeza de que cuando el amor loco, verdadero irrepetible y apasionado hace su aparición y se instala en el alma y pensamiento de un hombre, los pasos de aquella a quien ama quedarán grabados en las líneas que escribe dejando a su paso un reguero de letras que no son más que huellas del hondo sentimiento que le cubre y le embarga. Y así, ese ansia de creación nunca dejará de brotar con claridad de la inquieta mano que revolotea sobre el pergamino cual mariposa en busca de su flor, cual tacto que, con empeño, busca la carne de quien se ama con hambre de deseo y de creación del mismo amor resumido en unos pequeños instantes de eternidad.
Más allá de todo eso, boquiabiertos quedamos, vive Dios, de los usos y costumbres isabelinos no por injustos, menos pintorescos; de la feroz rivalidad de un tiempo en que la evasión era arte y, como no podía ser menos, el arte, prescindible. Tal era el razonamiento de aquellos que se rodeaban de todos los lujos menos de la cultura, haciendo de los tiempos un mero arrebato de corrupción, semilla de rebeldía para quien no tenía el lujo, pero pagaba su entrada para ser transportado al heroísmo y al romance de quien ponía la poesía donde sólo había la miseria.
También estamos allí donde el prejuicio se convertía en norma; donde las ideas se secaban en el interior de una jarra de vino en busca de la frase limada en sus aristas; donde el alma se convierte en representación y el escenario en campo de batalla en un hermoso duelo contra la incomprensión y el hastío.
Versos de belleza nunca marchitada, aventuras del cielo para rescatar al amor cautivo, la muerte injusta en el silencio breve antes del aplauso, el amor en la tinta para escribir amor. Y ella...ella caminando entre estas letras que a William Shakespeare tanto hubiesen irritado. Genialidad con el respaldo de la apuntalada pasión mientras un teatro se convierte en reino y  hay monarcas presenciando la sublime escena. Telón, damas y caballeros.  


LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS (1944), de Edgar Neville

En las entrañas de una ciudad yace el mal deforme puesto en perfección por espejos de ensueño. Los fantasmas cruzan el cristal de la realidad y adivinan jugadas y denuncian asesinatos. E, incautos, nos sumergimos en el expresionismo costumbrista de un misterio enterrado en una torre con su joroba incrustada en la tierra, a la inversa, con escaleras concéntricas, con ambiciones puestas del revés y miradas arreadas por el interrogante que siempre abre el deseo.
La sonrisa aparece, pero lo hace como entre brumas, como si resucitara de entre los muertos y con una leve elegancia de belle epoque que nunca ocurrió. El escenario es un Madrid que tiene más de villa que de Corte, con cuestas empinadas, parques de mucho marrón y poco verde, de plazas de antigüedad en las piedras y restaurantes de langosta y solomillo. Y es que Edgar Neville supo ser una voz solitaria en los años cuarenta en el desolador panorama cinematográfico español de aquellos años en los que un país salía de una guerra y parecía inmerso en una tristeza expresada en parálisis.
Y así, Madrid está lleno de hombres que parecen tener torres a sus espaldas, que parecen aliados en un pueblo de simpleza y orden, de superstición y rechazo. A veces, para los que están permanentemente instalados en la burla y en el inocente dedo que los niños siempre tienen cargado, la clandestinidad es la única salida posible. La patita de un científico no hace más que dar la latita y hace cuaracuacuá. Madrid castizo. Madrid sonriente. Madrid intrigante. Madrid pobre. Madrid soñado. Madrid en amor. Madrid en muerte. Madrid a través de los ojos de un hombre que vio todo y que fue él mismo parte de una ciudad que crecía para perder personalidad.
Nada es lo que parece. El espíritu con un parche en el ojo es guardián de la honradez y de la honestidad, en esta tierra y en aquella. Napoleón aparece porque está harto de que le llamen en sesiones espiritistas. Los jeroglíficos son placas de calle dibujados con tiza y lo que es inexplicable, es evidente. Una cueva para judíos que se negaron a la conversión. Una cueva para seres deformes que se negaron a ser arte y parte de la sociedad por obra y gracia del oro que, se supone, se halla siempre escondido en los rincones de una ciudad invivible pero insustituible.
Antonio Casal recorre la Plaza de la Paja con aires de ingenuo en busca de un tesoro que solamente puede hallarse en el rostro de Isabel de Pomés. Guillermo Marín, el Tenorio más impresionante que haya podido dar la escena española, es psicólogo, traidor y camina por las aceras por donde coincide con Caligari sólo que no es el escenario el que traza líneas imposibles, sino el mismo cuerpo. Felix de Pomés lleva marcado el trazo de la muerte y, bajo una máscara horripilante de capa, parche y chistera, hay un soterrado sentido del humor que hace que todo sea encantadoramente absurdo. Y Neville, el elegante y galán Neville, culto, hacedor de imposibles y director de nadas que rozaban la genialidad, se ponía detrás de una cámara para retratar el hechizo y la sorna de un cuento de horror y risa.