miércoles, 11 de noviembre de 2020

SEAN CONNERY: EL NOMBRE ES CONNERY

 


Yo, de mayor, siempre he querido ser Sean Connery. Me hubiera gustado poseer ese físico privilegiado, arrebatadoramente viril, esas cejas de uve invertida, de hombre peligroso, esos ojos penetrantes, expresivos, esos labios deseables y burlones,ese torso velludo, casi selvático, esas piernas de hormigón armado, esos socarrones hoyuelos en las mejillas, esa personalidad envolvente, carismática, conquistadora…

Albert Broccoli, productor de la serie Bond, dijo, después de entrevistarse con el arrogante y un punto insolente Connery allá por el año 1959 que “en cuanto se volvió de espaldas y le vi caminar, supe que habíamos encontrado a James Bond”. Un personaje al que el actor siempre despreció por sexista, violento y racista. Pero él, inteligente, quiso interpretar otros papeles y Alfred Hitchcock quedó tan encantado con él tras el trabajo que desarrolló en Marnie que, cuando años más tarde el director inglés le quiso para protagonizar Topaz, ya era demasiado tarde y sus pretensiones económicas se habían disparado. ¿Es posible imaginar lo que hubiera cambiado esta película de ser él el protagonista y no el insípido Frederick Stafford?

¿Quién más podría haber sido Robin Hood? No imagino a ningún otro por el que Audrey Hepburn pudiera morir de amor durante más de veinte años y que lanzara con tanta fuerza y pasión una flecha que se perdía en el cielo azul de un día sin mañana. Cuando vi esa película, Robin y Marian, una parte de mi infancia murió al ser atravesada por esa flecha.

¿O qué otro podría haber sido el Muley Ahmed Mohamed Al-Rashuli? Sí, aquel guerrero jeque árabe que se atrevía a desafiar al gran oso americano liderado por Teddy Roosevelt con apenas un rifle y un caballo mientras le espetaba aquello que era tan hermoso como insultante: “Vos sois como el viento y yo soy como el león. Vos sois la tierra que pica y abrasa en los ojos. Rujo con furia, pero no me escucháis. Hay una gran diferencia entre nosotros: Vos, como el viento, jamás sabréis cuál es vuestro lugar, mientras yo, como el león, siempre sabré cuál es el mío”.

Y no puedo ver más que a él, con sus ojos falsamente dignos y suplicantes, como Daniel Dravot, ese hombre que pudo reinar y, de repente, se torna mortal por un simple arañazo en la mejilla en la habitual fortuna del perdedor, del soldado mil veces derribado en el discurrir de la vida ingrata, compañero y amigo hasta la muerte que sólo puede brindar a su hermano de armas una vida errante llena de espantosas cicatrices…granuja entrañable que sucumbe, en una última oportunidad, ante el sueño del oro, del lujo y de la lascivia que siempre despierta el poder.

Siempre ha dicho que “ganar un Oscar fue muy bonito, pero lo cambiaría sin pestañear por un Open USA de golf”, pero, claro, si se hubiese dedicado al golf jamás le hubiéramos visto como uno de los cuatro intocables de Elliott Ness, aportando la experiencia y el saber estar que, posteriormente, le llevó a encarnar al Doctor Henry Jones Senior, padre de Junior, eminente arqueólogo, con un incontrolable pánico por las ratas y con más parecido a su hijo del que pudiera parecer a simple vista.

Cierto es que, en los últimos años, se dedicó al más descarado cine comercial, pero su sola presencia ya ha elevado esas películas a más altura de la que, en principio aspiraban, como, por poner dos ejemplos, La trampa, de Jon Amiel, y Sol naciente, de Philip Kaufman, títulos que, sin él, no hubieran tenido ninguna razón de ser.

Fray Guillermo de Baskerville fue uno de sus grandes personajes, lleno de lógica y sabiduría, cargado de razón, luz solitaria en una época de oscuridad y prohibición, involuntario detective medieval que no se escandaliza ante la comprensible experiencia sexual de su joven discípulo con una muchacha de la que no sabe, ni sabrá nunca, su nombre.

Se consideró escocés de pies a cabeza y donó la mayor parte de su espectacular salario en Diamantes para la eternidad a obras de caridad en Escocia. Aún así, tuvo fama de tacaño, de ser un hombre muy celoso de su intimidad y de lucir una cierta aspereza en el trato. Pequeños defectos que acercan aún más la imperfección de los mitos.

Fue el cerebro de un Supergolpe en Manhattan, una excelente y algo olvidada película, con un gran ritmo, que constituye su primer gran éxito después de la era Bond. Y fue la primera vez en la que Connery, sin ningún complejo, apareció totalmente calvo, algo que ya no podía disimular, y falto de glamour. El director fue Sidney Lumet, con el que repitió en un buen puñado de películas, incluyendo Asesinato en el Orient Express, en la que encarnó a uno de los doce sospechosos.

Pero no fue el único golpe perfecto que perpetró porque, más de un siglo antes, fue un ladrón sin nombre que se alía con un carterista como Donald Sutherland para realizar El primer gran robo del tren, una excelente película, basada en hechos reales, que dirigió Michael Crichton, el novelista. Con mucho sabor, mucha ironía, gran encanto decimonónico y esa lapidaria y razonable frase de “ningún caballero respetable puede ser tan respetable”.

Demostró tranquilidad, sangre fría y veteranía a puñados en un personaje como el de Marko Ramius, el comandante de un submarino soviético perseguido por todos y creído por uno solo en la notabilísima La caza del Octubre Rojo, de John McTiernan, paradigma casi ideal del cine de submarinos, de realización clara y medida que prolonga la serie de personajes con aura de leyenda en los que el actor llegó a ser un auténtico especialista.

Una de sus más perfectas parejas fue la deslumbrante Michelle Pfeiffer en La casa Rusia. En ella, Connery mostró el lado contrario. Su personaje huía de la leyenda adentrándose en la normalidad de alguien que sólo quiere vivir en paz y se ve envuelto en los manejos de la CIA y el KGB. Aunque, en honor de la verdad, hay que decir que la pareja está tremendamente desaprovechada en sus escenas de amor, la película cuenta con una memorable partitura de Jerry Goldsmith y la interpretación de ambos es notable, invernal, de una especial ternura que delata, sin lugar a dudas, que la traición está más que justificada si nuestra patria es la mujer que amamos.

McTiernan le vuelve a escoger para encarnar a un médico que busca remedios medicinales vitales en las entrañas de una jungla que respeta profundamente en esa aventura ecológica que es Los últimos días del Edén, una obra de entretenimiento algo menor, pero de singular argumento, con otra grandísima banda sonora del gran Jerry Goldsmith. Con coleta y sin alardes, Connery sabe expresar la condición de intruso en una tierra que no es la suya, dejando pasar delante al verdadero propietario. El indígena es de los pocos seres humanos que conoce realmente el valor de todo lo que le rodea, aunque ese entorno sea salvaje y sin civilizar. Una interpretación valiente.

En una entrega de los Oscars subieron a presentar un premio él y sus dos grandes amigos, Michael Caine y Roger Moore. Por supuesto, bromearon sobre quién era James Bond, pero eso era lo de menos. Aquellos instantes, no sé por qué, los recuerdos como de una magia intensa, de una elegancia que sólo se puede sentir viendo a tres tipos que exhibían su enorme complicidad encima de un escenario.

Al final, Sean Connery se retiró del cine. Fue tan inteligente que no quiso aparecer como una reliquia ante los ojos de millones de espectadores y los que hemos sentido la serenidad de su inigualable estilo sabemos, y lo sabremos siempre, que aquel tipo no se llamaba Bond, ni Baskerville, ni Arbuthnot, ni Ramius, ni Dravot. El nombre era Connery, Sean Connery.

6 comentarios:

dexterzgz dijo...

Fuimos muchos los que nos sentimos atravesados por esa flecha de la que hablas cuando nos enteramos hace unos días de la desaparición de Sean (lo que nos costó saber que se decía "son"). Por supuesto, siempre será James Bond, hasta tal punto es el mejor 007 de la historia que a cada nuevo actor que accede a interpretar el papel se le compara con él y no con su antecesor.

Recuerdo con cariño la primera vez que vi "El nombre de la rosa" en una de aquellas matinales inolvidables de mi primera juventud. Me quedé pasmado no solo con la película sino con la interpretación de Connery. Después descubriría "Marnie", "El hombre que pudo reinar" o "Robin y Marian" y que Sean era algo más que 007. Tampoco me puedo quitar de la cabeza las escenas de "Los intocables", especialmente la última. Se dijo mucho entonces que aquel fue un descarado Oscar homenaje, pero yo creo que en absoluto es así.

Me gusta mucho la química que despliegan Harrison Ford y él en "La última cruzada", interpretando a un padre y a un hijo, cuando solo se llevaban doce años. Tampoco cantaba demasiado que en los 90 le pusieran siempre parejas más jóvenes como la Pfeifer o la Zeta Jones, porque era un tipo con un enorme atractivo maduro.

Y todo ello por no hablar de su impresionante vozarrón, imprescindible ver su películas en versión original. Hay en youtube un video suyo recitando el "A day in a life" de los Beatles que recordé el día de su muerte y que me puso la carne de pollo

Kirk Douglas, Max Von Sydow, Sean Connery, 2020, vete ya de una vez.

Abrazos agitados y mezclados

César Bardés dijo...

En realidad se pronunciaba "Shon" si se quería decir en la lengua que a él le gustaba, que era el gaélico. Si nos pasamos al inglés, la forma de pronunciarlo era "Sian". En cualquier caso, el asunto era decirlo. Él merecía nombrarlo fuera de la forma que fuese.
Efectivamente, creo que es 007 para siempre. Yo sí he leído un par de las novelas de Ian Fleming y cuadra perfectamente con lo que allí se describe, aunque a Fleming se le apareciera la figura de Cary Grant cuando lo escribía. Connery marcó estilo, no ha habido ningún Bond como él, nunca ha habido otro con tanta elegancia y con ese aire tan viril e inimitable.
Es cierto que, según mis recuerdos, la primera película que vi de Connery fue "007 contra el doctor No" y me quedé pasmado, no sólo por el que es, quizá, el primer empalme de mi vida con Ursula Andress, sino también por esa forma que tenía él de interpretar, con un punto insolente y andando como si quisiera herir el suelo. Luego ya vinieron otras. Recuerdo "Robin y Marian" en el cine Gran Vía con mi padre, recuerdo que sí que descubrí que Connery era algo más que James Bond en "Marnie" en un ciclo que echaron sobre Hitchcock y que también vi una comedia de la que esperaba más en la que él estaba completamente desatado y que se llamaba "Un loco maravilloso", de Irvin Kershner.
Luego ya, más mayorcito, "El nombre de la rosa". Me costó años reconciliarme con esa película porque fui a por las entradas para una chica con la que entonces salía y para mí y, cuando terminó la película, ella ya no quiso saber nada más de mí (a lo mejor es que me comparaba con Connery y, claro, salía perdiendo bastante). Luego ya la vi con más serenidad aunque me costó unos añitos. Por supuesto, también disfruté de "Los intocables" yendo yo sólo y ahí me pasó algo contrario. Otra chica me gustaba y la encontré, junto con otros chicos de la panda, me preguntaron qué había ido a ver y tal y yo dije "Los intocables" y noté inmediatamente cómo esa chica le habría encantado ir conmigo. E, incluso, disfruté mucho con él en películas muy menores como "Sol naciente". Luego ya llegó a gustarme tanto que buceé en su filmografía y descubrí aquella "Objetivo mortal", de Richard Brooks, o "El primer gran robo del tren", de Michael Crichton, o "Supergolpe en Manhattan", de Sidney Lumet. Tengo que decirlo. Ha sido un actor que me ha brindado interminables horas de disfrute.
Ha sido una gran pérdido, por mucho que ya lo hubiéramos perdido hace tiempo.
Abrazos con la Beretta calibre 22.

Leonardo Sotelo @VamosACineHoy dijo...

Un maravilloso homenaje para uno de los más grandes intérpretes actuales a ha dado este mundo. Fueron tantas películas que se que es imposible mencionar todas, y eso lo hace más grande aún.

César Bardés dijo...

Gracias por tus palabras, es un placer verte por aquí. Sí, el artículo hubiera quedado demasiado largo (no tengo tanto espacio en los medios en los que publico) y es mejor fijarse en lo que significa que él y tantos otros y otras como él ha significado para nosotros. El resultado no puede ser otro más que la grandeza.

carpet_wally@gmail.com dijo...

"Objetivo mortal", qué película. Cualquier parecido con la realidad de entonces (1982) podría parecer a poco creíble y sin embargo, aquí estamos ahora en ese 2020 que Dexter querría jubilar ya para demostrar que a veces la ciencia ficción no cierta con el futuro, pero la ficción (sin el ciencia delante) es mucho más premonitoria.

Esa película la pillé en un videoclub de los de entonces (en VHS, no en Beta, por lo menos) por el reclamo de Connery que me parecía una garantía. tardé en pillarle el rollo a una especie de semicomedia bastante macabra y algo destroyer, pero cuando la terminé la devolví al videoclub y estuve bastante tiempo recomendandola a amigos para que la alquilasen. He de decir que mi poder de convicción ha sido siempre legendariamente ínfimo y muy pocos (¿ninguno?) apreció mi aportación. También es cierto, que mi gusto siempre se ha separado mucho del común de mi círculo de entonces (quizá también del de ahora).

Y comento esta película porque todas las demás de las que habláis son historia viva del cine y todo lo que habéis dicho, aun cuando sean vivencias propias tienen mucha más fuerza de cualquier cosa que yo pudiera decir.

Pero volviendo a Shon, Sian, Sin o Sen...si voy a comentar una cosa que habla de su impresionante magnetrismo y que probablemente vosotros hayáis vivido. Yo fuí el mismo día del estreno de "Robin Hood" a ver el film. Era la última de Costner y en aquel momento era un reclamo sobre todo femenino, pero también masculino (Kevin es de esos actores que gustando a las mujeres no eran despreciados por los hombres...heteros). No iba yo muy convencido porque los remakes de una película mítica siempre me han echado para atrás, pero he de reconocer que me pareció bastante mejor de lo que esperaba....el caso es que allí en a sala y con todo el público bastante entregado a la aventura, al empaque de Freeman, al atractivo de Costner y al histrionismo de Rickman, llega la escena final y aparece el Rey Arturo....un grandioso "ooooohhhhh" colectivo sirvió de homenaje a la aparición de Connery...después de todo lo visto, sólo él podía encarnar a una figura a la que todos los demás rindieran pleitesía. Cualquier otro, sin desmerecer a nadie, hubiera parecido muy poco creíble, pero la presencia de Sean resultó en verdad majestuosa.

Tardará mucho en nacer, si es que nace, un escoces tan grande, tan rico de presencia. Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos. (con permiso del poeta)

Abrazos con corona

César Bardés dijo...

Yo también recuerdo eso que comentas sobre "Robin Hood". Fue en el cine Cid Campeador, si no recuerdo mal y no fue el día del estreno, pero sí fue ese fin de semana. Fue increíble ese "ooohhhh" que todo el mundo exhaló cuando apareció su figura con la poderosa voz de José Luis San Salvador, una aparición única que desbordó ya la satisfacción de todos y que hizo que, si la experiencia de la película como entretenimiento ya fue buena, lo fuera todavía mejor hasta alcanzar proporciones de mito. Sí, todo lo que cuentas es verdad. Y una verdad importante. Fue la constatación de que Sean Connery no era un actor cualquiera.
En cuanto a las recomendaciones de nuestra juventud o adolescencia...pues fuimos almas gemelas. Teniendo en cuenta que yo era el "rarito" que se iba a ver "Los siete samurais" o el ciclo de Eisenstein a los Renoir, si yo decía, por ejemplo, que una película como "El primer gran asalto al tren" estaba fenomenal, me miraban de aquella manera en la que parecía que decían: "Pero tú...¿en qué planeta vives?", porque, evidentemente, todo lo que se saliera de los estándares comerciales propios de la época como "Flashdance", "Footloose" (que me negué a ver entonces y aún recuerdo cómo las chicas de la pandilla babeaban con Kevin Bacon) o, como mucho, "Memorias de África" (a la que se unía inexorablemente el calificativo de "preciosa" ante la indiferencia evidente de los varones) era para todos ellos un territorio ignoto de peligrosa exploración (quizá salvo una excepción, aunque como persona el pavo era bastante lamentable).
Muchos recuerdos asociados a un actor como él. Siempre levanta algo más que la imaginación.
Abrazos con un mechero Ronson.