miércoles, 23 de junio de 2021

ESPARTACO (1960), de Stanley Kubrick

 

Adiós, mi vida, mi amor. Desde aquel día en el que estabas vencido en la arena y Draba quiso decir basta a su manera, ha corrido mucho odio y mucha sangre. No eras nadie, Espartaco y, sin embargo, has llegado a lo alto de una cruz para proclamar al mundo que a un hombre no se le puede enjaular si su espíritu es libre. Todos hemos sido Espartaco y tú has estado en todos nosotros. Craso lo sabe bien porque no puede llegar a imaginar cómo es posible que tanta gente haya seguido a un líder sin imposición alguna, sólo por una idea, por llegar a compartir un cielo sin opresión, por perder la vida en libertad. Se lo pregunta una y otra vez y, además, mi amor, también se debate porque no sabe cómo alguien como yo he llegado a amarte de tal manera que ruego por tu muerte, porque dejes de sufrir y porque, allá donde vayas, clames tu victoria porque te he enseñado a tu hijo libre, sin amo, sin vasallaje y con futuro.

Adiós, mi vida, mi amor. He tenido la suerte de ver el estremecimiento de Graco porque le he agradecido con un beso en la mejilla la escritura de manumisión de tu hijo. Y él, satisfecho a las puertas de la muerte, ha deseado: “Si Craso estuviera aquí ahora…” porque esa también ha sido su victoria. Él ha comprendido todo en un instante, todo lo que Craso no consigue entender. Roma se desangra en la dictadura y yo huyo a algún lugar donde no nos alcancen las conspiraciones patricias de los ávidos de poder. Craso, Julio César, Pompeyo y los otros tienen su propia esclavitud, su propia sumisión a los pies de la misma ambición. Graco renunció a ella, matando, a la vez, a la justicia. Tú te has despedido de la vida porque no la apreciabas demasiado y porque creías que serviría para algo. Y ha servido, amor mío. Yo lo sé bien.

Adiós, mi vida, mi amor. Cuando la tierra deja reflejar los rayos del sol en sus campos de trigo, todos sentimos que volvemos a casa. Antonino entregó la vida para ser, de alguna manera, la proyección del hijo que acabas de conocer. Valiente, entregado, poético, perseverante, inconformista. Le brindaste una muerte rápida y él a ti, un cariño incondicional. Y Craso disfrutó por última vez mientras yo me escapaba con Batiato, el mismo que te entrenó para morir en la arena. El destino, a veces, exhala una carcajada caprichosa.

Adiós, mi vida, mi amor. No tengo palabras para expresar el estremecimiento que me causa nuestra propia historia cuando, en generaciones venideras, haya un director de escena excelso que dirija a un puñado de actores legendarios para narrar la odisea de vivir, la poesía de morir y la fortuna de ser libre. Habrá movimientos de tropas desplegadas como si fueran escaques de ajedrez, intervalos de tierno intimismo, sucesiones de hechos en las que se describirán la sangre, el esfuerzo y la derrota. Y, por último, Espartaco, la seguridad de que el arte dejará impreso con huella indeleble lo que significamos el uno para el otro, la lucha extraordinaria que se desató desde aquel momento decisivo en que Draba te iba a agujerear la garganta y la verdadera sensación de estar asistiendo a algo que merece ser contado, aunque no todo sea verdad salvo lo más importante.

4 comentarios:

Alí Reyes dijo...

Esta locución lo dice todo.

César Bardés dijo...

Gracias por tus palabras.

Lorena dijo...

He leído esta carta de amor en innumerables ocasiones y sólo puedo mostrar un gracias por plasmar toda la belleza épica de ésta historia.

César Bardés dijo...

Gracias a ti por leerla con tanto interés y por decirlo con tanta sinceridad.