viernes, 25 de junio de 2021

SUPERGOLPE EN MANHATTAN (1971), de Sidney Lumet

 

Es malo saldar deudas justo después de salir de la cárcel. Se ha pagado por lo que no se debía y ahora se debe lo no pagado. Mal asunto. Sin embargo, Anderson lo tiene todo planeado a la perfección, como siempre. Es un tipo que huye de la hipocresía en una profesión en la que abundan porque, al fin y al cabo, robar requiere unas cuantas características algo especiales. Y las mejores ideas suelen pasar por su cabeza después de pasar un rato con la chica que le ha estado esperando. Se trata del robo del poco a poco. En lugar de hacerlo todo de una vez, se va a entrar en un edificio entero de apartamentos de lujo. Dentro hay un buen puñado de obras de arte y de joyas así que la rapidez es vital y la precisión es el fundamento. Eso sí, la Mafia va a estar muy encima porque va a querer lo suyo, la policía va a estar muy encima porque Anderson es un reconocido delincuente y todos van a querer estar muy encima para coger su parte del pastel. Sin embargo, Anderson va a contar con un factor inesperado y es esa habilidad de los distintos departamentos de seguridad que se tapan unos a otros, generando confusión e indecisiones. Incluso va a toparse con un par de señoras que encuentran excitante que les roben. Robar para ver.

Un tipo es tan inteligente como sea capaz de rodearse de tipos inteligentes. Y Anderson sabe hacerlo como nadie. Llamará a los mejores en el oficio, a aquellos en los que puede confiar y, a la vez, ellos tienen la certeza de que Anderson no se andará con tonterías en caso de olerse una traición. La policía lo controlará todo, pero el golpe está tan maravillosamente planeado que la burla será la consigna y sólo el destino podrá decidir el éxito. Hay golpes de humor y la trama, a pesar de ser un atraco, es tremendamente original. En los mandos, Sidney Lumet, controlando las múltiples acciones paralelas que hacen de esta película algo trepidante y apasionante y que sólo se ha resentido por el inexorable paso del tiempo sobre las modernas tecnologías. Sean Connery realiza un papel espléndido en la piel del escurridizo Anderson y está acompañado por la sabiduría de Martin Balsam en un personaje completamente atípico y de un joven Christopher Walken en su primera aparición en el cine. El resto, damas y caballeros, sólo es dejarse llevar por este grupo de ladrones que se lo llevan todo, incluso nuestra simpatía.

Así es el momento de ponerse del lado de Duke Anderson y escuchar las cintas de seguridad que se han grabado en todo el edificio de lujo que pretende asaltar. Nos quedaremos estupefactos al comprobar que todo está controlado y que el solapamiento departamental debería ser delito, más que nada porque todos esos estamentos encargados de ofrecer seguridad suelen estar dirigidos por auténticos inútiles. Y que el interés por los grandes delitos es muy relativo según se pertenezca a uno o a otro. La ley, en algunas ocasiones, tiene que pasar por enormes dificultades para demostrar que un ladrón ha sido el culpable. La sangre y la estupidez lo borran todo. Incluso la evidencia.

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