jueves, 11 de mayo de 2023

THE LOST KING (2023), de Stephen Frears

 

“Este es el invierno de nuestro descontento convertido en verano glorioso bajo el sol de York”. Con estas palabras William Shakespeare dio inicio a su Ricardo III extendiendo la idea de que el último de los Plantagenet de Inglaterra era un ser moral y físicamente deforme, embebido de su propia crueldad, que moría como un villano en el campo de batalla rogando por un caballo para su reino. Sin embargo, muchos siglos después, una mujer indecisa, también menospreciada por el entorno, comenzó a investigar sobre los hechos y el paradero de la tumba de ese rey malvado. Y demostró que las personas pequeñas también pueden hacer grandes cosas.

Lo verdaderamente escalofriante es que ella no estaba segura de nada. Armada sólo con su entusiasmo y con el deseo de hacer algo que realmente mereciera la pena después de haberse esforzado en otros campos y no conseguir nada, Philippa Langley husmeó, insistió, investigó, desechó y encontró los restos del rey que, hasta ese momento, fue considerado un malvado en el trono, un usurpador sin derecho, una mancha en la historia del país que fue sólo una excusa urdida por la dinastía que heredó su trono. Los Tudor se encargaron de construir esa imagen y, en base a ella, el bardo de Stratford lo hizo inmortal sobre las tablas.

No obstante, la búsqueda de la verdad, en muchas ocasiones, proporciona la seguridad necesaria para seguir adelante. No es tanto el resultado como el camino, a pesar de encontrarse con la consabida ralea de petimetres reluctantes a financiar la excavación o de estúpidos oportunistas que no dudan en dejar de lado a quien se ha de llevar todo el mérito tan sólo porque vende mucho más que el responsable sea alguien reconocido dentro del ambiente universitario más elitista. Ingleses, ya se sabe.

Stephen Frears ha dirigido muy bien, con un extraordinario pulso clásico esta historia de superación de una persona que era apenas nada y que sólo luchaba para convertirse en apenas algo y que consiguió mucho más que su propio reconocimiento. Removió todas las piedras y encontró el sepulcro de nuestro descontento, ese mismo que confirmó que la imagen de un jorobado no era más que la de un hombre con escoliosis, que tuvo más buenas intenciones que malas y que nunca llegó a quitar la vida de aquellos príncipes que eran sus legítimos herederos. Sally Hawkins acaba por ser perfecta en la piel de Philippa Langley, insegura, indecisa, preguntándose a cada momento si realmente está loca como todo el mundo cree. Steve Coogan que, además de ser productor y guionista también se reserva el papel del marido de la heroína de la película, tiene diálogos secos y realmente buenos aunque su cometido no pase de secundario. Y hay que destacar como uno de los grandes aciertos de la cinta la banda sonora de Alexandre Desplat ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Londres. Elaborada y climática, excepcional en su aportación al ritmo, otorga vida y nobleza a la búsqueda de una tumba de la que se ha hablado muy poco y que merecería algo más de reconocimiento.

Así que, más allá de razones históricas y reivindicativas, también es el retrato de alguien que se negó a obtener una negativa por respuesta, que perseveró en sus creencias cuando nadie apostaba ni una pinta de cerveza negra por ella y que, por supuesto, fue un ejemplo de empuje en un mundo de flojera y cobardía. Se sacudió de encima todo ello y trató de devolver a la Historia lo que tenía de verdad. 

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