martes, 13 de febrero de 2024

GIGANTE (1956), de George Stevens

 

Construir una vida es tan largo y complicado como llevar un rancho con cientos de miles de cabezas de ganado. Es lo que trata de hacer Jordan Benedict al lado de su joven esposa. Trata de dirigir un páramo infinito en el que sólo hay tierra árida y vacas. Y va progresando. No sólo en cuanto al dinero, sino también en cuanto a su rígido pensamiento tejano. Está dejando atrás, gracias a ella, todos los prejuicios raciales que siempre han asolado su familia. Los chicanos deben ser confinados en unas cabañas inmundas, sin asistencia médica, sin nada más que lo que el señor Benedict esté dispuesto a dar. Sin embargo, ella hace que esa mirada cambie, porque no se puede uno anclar en un mar de esterilidad e insistir en que los hijos sean lo que uno quiera. Nada sale como se planea, pero eso no tiene por qué ser necesariamente peor. Siempre habrá competidores, gente que crea que lo que ha conseguido Jordan Benedict lo puede hacer cualquiera y que no requiere ningún esfuerzo. Y están muy equivocados. Una de las razones por las cuales él progresa es porque su pensamiento va avanzando. Y todo culmina en una pelea en la que él defiende lo justo, aunque caiga derrotado. Es por eso que Jordan Benedict es un gigante sin talla. Nadie puede compararse con él.

No obstante, siempre hay advenedizos que creen que pueden convertirse en gigantes sólo porque, en un momento dado, dan con ese punto de suerte que muchos desean y los bolsillos comienzan a llenarse sin medida. Jet Rink ha trabajado para Benedict como un obrero más, ha hecho de chófer, ha realizado alguna que otra chapuza en el rancho de su amo, ha resuelto un par de problemas con notoria timidez…y se ha fijado en la señora Benedict. Ella es como la tierra que él hubiera deseado poseer. Es la mañana que ilumina e inunda de azul el horizonte perdido. Es la noche, íntima y agradable, que a él le volvería loco tener en el porche de su humilde morada. Rink tendrá suerte, conseguirá ponerse a la altura de los más ricos y tendrá todo cuanto desee…excepto el amor. Seguirá solo porque no puede tener a la mujer ideal, a la que secuestró sus sentimientos desde la primera vez que la vio. Rink quiso ser un gigante…y se quedó en un ínfimo hombre de negocios ahogado en su propio vómito de borracho.

George Stevens dirigió con pulso de hierro esta novela-río de Edna Ferber que retrata los años y la evolución de una familia en la que Rock Hudson y Elizabeth Taylor se convierten en piezas inseparables porque no se entenderían sus vidas sin el otro. James Dean, muerto antes de terminar el rodaje, incorpora a ese nuevo rico que no sabe lidiar con sus frustraciones y que pierde siempre aunque se crea y se comporte como un vencedor. Las pasiones y las derrotas de unos terratenientes de mentalidad retrógrada se mezclan peligrosamente con las inquietudes de un clan que trata de evolucionar en todas las direcciones posibles superando antiguos prejuicios raciales, sociales y políticos. No es fácil cuando todo el entorno te presiona para que te quedes quieto, con tus vacas, tu dinero, tu conformismo y tu espléndida mujer. Es tarea reservada para gigantes.

viernes, 9 de febrero de 2024

CUENTA CONMIGO (Stand by me) (1986), de Rob Reiner

 

“Nunca he tenido amigos como los que tuve con doce años…Dios mío… ¿alguien los tiene?”

Y ahí es donde los recuerdos se tornan un camino, con unas cuantas risas cómplices y una escapada furtiva sólo para ver el cadáver de un chico arrollado por un tren. Durante esos días de andar sobre la línea recta de una vía de ferrocarril, cuatro chicos se embarcan en una aventura sólo para llegar a la conclusión de que han vivido unos momentos de amistad que serán irrepetibles, por mucho que piensen que, tal vez, pueda repetirse. En ese peregrinaje se pondrán a prueba sus cobardías, sus miedos, sus rebeliones, sus lágrimas, sus frustraciones, sus habilidades… Casi una vida entera en apenas dos días. Y ahí, en ese sendero de traviesas, es donde comenzarán a tallar la primera piedra para la edad adulta que les está esperando con una mirada aviesa. A pesar de todo, puede que no consigan ser unos buenos adultos, pero sí que disfrutaron de algo que sólo ocurre una vez en la vida.

La locomotora acelera en su camino de hierro y los chicos corren para salvar su vida. El miedo se comerá toda la adrenalina, pero también pondrá en marcha el mecanismo de los recursos para salvar situaciones difíciles. Por otro lado, está la pandilla de niñatos que se creen muy especiales porque van en coche y usan navajas. Puede que Corny, que acabará siendo el escritor que ponga en un papel las experiencias de los cuatro chicos, les dé una lección. Y, por la noche, por supuesto, contará una historia que hará que los cuatro rían y saboreen las horas alrededor de una hoguera rodeada de peligros.

Rob Reiner dirigió con enorme delicadeza el relato El cuerpo, de Stephen King, acompañando a los cuatro niños que, por alguna razón, ven atractiva la idea de contemplar un cadáver. En esa infancia contada por el escritor, ante todo, hay una enorme nostalgia por aquellos amigos que se perdieron un poco en la noche de los tiempos y un lamento por aquel que fue su compañero que, en la temible edad adulta, fue acuchillado en una hamburguesería. El recuerdo, a menudo, es lo único que nos queda porque, sobre todo, nos dice quiénes fuimos y nos da pistas sobre quiénes somos. Y cada vez que se deja una letra en un papel, o se fija una línea en un lienzo, o se traza una línea con el cincel, hay una parte de todo ello que corresponde a aquellos días de inocencia perdida, de cigarrillos para creernos mayores, de risas y chanzas, de sueños compartidos y bestiales deseos, de fuegos interiores y mansedumbres exteriores. La despedida de la infancia en las puertas de una vida que, inevitablemente, acometerá el papel del desengaño para deshacer todo, absolutamente todo…menos el recuerdo. Sólo de esa manera se conseguirá que ese camino interminable por las vías del ferrocarril no acabe nunca porque lo apasionante no fue el destino, ni mucho menos. Lo apasionante de verdad fue el viaje.

jueves, 8 de febrero de 2024

ARGYLLE (2023), de Matthew Vaughn

 

En muchas ocasiones, los escritores cogen elementos del pasado para forjar los entresijos de sus obras. Así, algunos de sus personajes tienen rasgos de personas que se han conocido realmente o hay algún que otro truco oportuno que se ha sabido por boca de alguien que lo ha puesto en práctica. Eso puede ser algo recurrente si nos encontramos ante alguien que escribe una saga de espías imposibles muy cercanos a cierto agente doble cero y que carece de pasado. En su subconsciente aún hierve la existencia de un pretérito que fue algo más que una juventud ordinaria, con sus adolescencias, universidades e independencias.

Así que ahí estamos, con una escritora que ha creado un personaje irremediablemente atractivo y perfecto. Uno de esos espías que nunca han existido y que es capaz de atravesar paredes, causar el caos más impensable y esquivar las balas más certeras sin un solo rasguño. Ella cree tener un pasado más o menos vulgar, pero, en algún lugar de su cerebro, no es así. En la escritura están todas las respuestas de lo que ha sido. Y, claro, llega un momento en que hiere el papel con verdades que no interesan. Más que nada porque se pueden descubrir conspiraciones, asesinatos, venganzas y planes megalomaníacos.

Y es que el pasado siempre sale al encuentro. Lo que estaba olvidado comienza a ser recordado mientras que la aparente realidad se desmorona velozmente. El lavado de cerebro, la huida hacia adelante y el miedo se han instalado en el interior de la escritora y comienza a haber signos de que ese agente ideal que es fruto de su imaginación tenga visos de verdad. Cada letra es un disparo. Cada frase es una ráfaga. Cada párrafo es una explosión. Nadie sabe cómo acabará todo esto.

El director Matthew Vaughn vuelve al terreno del cine de acción trepidante con un interesante juego entre ficción y realidad, entre pasado y presente. No es una película redonda porque, a partir de determinado momento, los giros de guion son tan continuos que el cansancio de la traición se vuelve corriente y moliente. Hay un par de buenas secuencias, divertidas, intrascendentes, con un tono paródico que hacen que se tenga plena conciencia de que la película no se toma en serio en ningún instante, pero aprueba justo en el apartado del entretenimiento. Es como si James Bond subiera un par de peldaños en lo imposible y comience un delirio bastante alucinado. Al menos, no se le puede reprochar la originalidad de la propuesta a pesar de que visita muchos lugares comunes. Eso sí, el desenfado no deja de ser uno de los ingredientes principales.

De paso, Vaughn también desliza su mensaje feminista que, en esta ocasión, no es nada forzado. Utiliza todo tipo de recursos y no deja de ser ciertamente placentero ver a Bryce Dallas Howard, Henry Cavill, un siempre eficaz Sam Rockwell, Bryan Cranston y Samuel L. Jackson poniendo cara de estar pasándoselo bien con esta película intrascendentemente divertida, sin más objetivo que hacer pasar un rato más o menos agradable y salpicar todo de guiños que acaban por tener una conexión coherente en la escena post-créditos.

Atarse los cinturones del recuerdo trae como consecuencia la certeza de que el corredor vascular que se encuentra en la cavidad cardíaca sea algo vital en una historia de espías que no trata de reinventarse, con gato en la mochila, con padres, madres, amigos y equívocos y un intento de rellenar los espacios en blanco de la memoria. No hace falta disertar mucho más. A los quince minutos, nadie se acordará muy bien del enrevesado metarrelato. Solo acuérdense de que somos lo que hemos sido. Y, posiblemente, lo seguiremos siendo.

miércoles, 7 de febrero de 2024

CORAZONES DE HIERRO (1989), de Brian de Palma

 

Allí, en medio de la selva, perdidos en ninguna parte, las cosas parecen aún más confusas que en la retaguardia. Hay una especie de ira contenida, guardada, rancia, que se va almacenando dentro mientras pasan los días en el frente. Tal vez un buen amigo, al que le quedaba poco para volver a casa, ha tenido mala suerte y vuelve en una caja. Y eso hace que la furia luche por salir pagándolo con los más inocentes. Se trata de ir a una aldea, coger a una chica como prisionera y violarla. Así de claro, sin más. Los salvadores que se supone que van allí a ayudar a un país, se convierten en torturadores que pierden el alma y la honestidad para llevar a cabo una venganza con una inocente, sólo para satisfacer su rabia. Sólo uno de ellos es capaz de mantener la visión fría y el espíritu tranquilo. Puede que no sea demasiado experto, pero sabe dónde se necesitan las buenas personas, por mucho que de su arma también salga fuego. Y lo peor de todo es que, cuando necesita contarlo para que los culpables sean castigados por tanta brutalidad, por tanto odio vertido sin ningún sentido, los oficiales al mando se ponen de perfil para que nadie sepa que los americanos se están comportando como verdaderos bastardos.

Años después, en un pesado viaje en metro, quizá el sueño gaste alguna mala pasada y el trauma quede ahí porque se fue para nada, se luchó para perder y se regresó con la decepción y el rechazo. Es difícil mantener la cabeza en su lugar cuando todo a tu alrededor te empuja a hacer algo que es malvado de principio a fin. Allí, en la selva, ese chico que se opuso a todo y a todos, se encontró a sí mismo y supo que tenía razón aunque perdiera parte de ella en la locura de las balas, de la necesidad y del desquiciamiento de unos tipos que no hubieran merecido ni pisar el avión que los trasladó al fregado. Mantuvo su ánimo incólume, aunque estuvo a punto de tirar el casco en varias ocasiones. No podía ser. No podían ser los malos de la historia. Fueron allí a ayudar. Y, en realidad, fueron allí a matar.

No es una de las películas más conocidas de Brian de Palma, pero la visión de Vietnam del director, analizando una historia pequeña dentro del universo bélico, acaba por dar una impresión de frustración sobre una generación que no supo canalizar su ímpetu, que se convirtió en asesina desde el mismo momento en que se puso un arma en sus manos y que, aún así, siempre hubo alguien dispuesto a arriesgarse para defender la justicia, aunque fuera mínima, en ese lugar donde no había ley, ni orden, ni límite, ni frontera. Los corazones de hierro siguieron latiendo por los más débiles, que debería ser la orden prioritaria en cualquier conflicto. Es cierto que Sean Penn resulta odiosamente sobreactuado, pero, sin embargo, Michael J. Fox realiza el que, posiblemente, sea el mejor papel dramático de toda su carrera porque, en el fondo, sabe conectar con la parte buena, auténtica que hay en todo hombre de bien, a pesar de que su reacción es tardía, y miedosa, y última. Quizá, en esas situaciones, no hay que llegar al borde del vaso para hacer algo. Ahí es donde se hallan las personas que realmente merecen la pena.

martes, 6 de febrero de 2024

LA MUJER SIN ROSTRO (1966), de Delbert Mann

 

Un hombre no sabe quién es. De repente, se encuentra en medio de Central Park llevando un traje de cierta categoría con un café en la mano y ni siquiera recuerda cómo ha conseguido el café. Sólo posee un pedazo de papel con un número de teléfono y un anillo medio roto. Puede que sea un enfermo evadido de una institución mental. Una rubia pasa junto a él y, como por arte de magia, un nombre viene a su memoria: Grace. Empieza una búsqueda imposible porque cree que es posible que todas las mujeres sean Grace. Quizá alguna de ella sea capaz de abrir las puertas de la mente y que él mismo sepa quién era esa mujer de la que sólo recuerda el nombre. Todo se convierte en un largo regreso a la memoria. En un momento, él se encuentra hablando con una mujer y, al segundo siguiente, cree que está hablando con ella con tal familiaridad que piensa que es Grace. Grace. Grace. Maldito nombre.

Basándose en una historia de misterio personal de Evan Hunter, el director Delbert Mann articula una trama en la que la principal intriga reside en la identidad de ese hombre sin rumbo, sin pasado, que deambula por Central Park como un cadáver viviente intentando encontrar algo que le recuerde que fue alguien alguna vez. Quizá Mann se deja arrastrar un poco por la efímera moda de los últimos sesenta y eso hace que, estéticamente, la película se resienta levemente con recursos como el de la cámara al hombro y una realización algo caótica, pero todo tiene suficiente atractivo porque el reparto es extremadamente competente, con James Garner como protagonista absoluto y acompañado de Jean Simmons, Suzanne Pleshette, Angela Lansbury y Katharine Ross. Al fondo, la ciudad como un personaje más, alzando sus dedos índices acusadores hacia el cielo como intentando hurgar entre las nubes cuál ha sido el destino de este misterioso señor Buddwing que deambula sin procedencia ni rumbo. La banda sonora jazzística aumenta esa sensación de confusión que se convierte en un elemento clave en esta especie de melodrama negro en el que la mujer, siempre intrigante, se yergue como la ambigüedad misma dentro de las relaciones humanas.

En el fondo, todos somos un poco James Garner en esta película. Seres perdidos, confusos, miedosos, que tratan de encontrar un sentido a todo lo que se ha hecho y a todo lo que queda por hacer. Ese personaje sin nombre, ni profesión, con sólo un traje y una nota con un número de teléfono se mueve con unas coordenadas demasiado estrechas como para poder orientarse y contestar las preguntas que a todos nos cercan. Sobre todo para saber si todo lo que hemos hecho ha merecido la pena, ignorantes, pobres de nosotros, sin darnos cuenta de que en la mayoría de las ocasiones la contestación a esa pregunta suele ser que no. Así de errantes y de erráticos somos. Así de desgraciados. Así de perdidos. Mientras tanto, sólo esperamos que la belleza inunde de alguna manera nuestra mirada para olvidar todo lo demás dentro de una vida ingrata y bastante cansada.

viernes, 2 de febrero de 2024

NORMAN JEWISON: EL HOMBRE OPORTUNO

 

Aunque se le podría encuadrar dentro de la llamada Segunda generación de la televisión al lado de nombres como Sidney Pollack o Stuart Rosenberg, lo cierto es que Norman Jewison fue una especie de verso suelto porque, quizá, le faltara un toque de “autor” a su filmografía. Sin embargo, eso, que puede verse con cierto menosprecio, no lo es en absoluto porque Jewison demostró que era un hombre oportuno, capaz de hacerse cargo de cualquier proyecto con las suficientes garantías como para asegurar que un buen producto iba a salir de su talento.

Jewison, después de una notable experiencia en televisión, da el salto a la dirección cinematográfica en 1962 con Soltero en apuros, una comedia con Tony Curtis, bastante amable, sobre un ejecutivo que se va a pasar el día con su hija a Disneylandia y la chica es, cuando menos, un poco díscola desatando una serie de situaciones bastante comprometidas. No obstante, sí que se puede apreciar ya en esta primera película un mimo en la imagen combinado con una dirección correctísima, sin incurrir en ningún error narrativo y con ganas de ofrecer una película cuidada y entretenida.

Con este bagaje, no se tarda en ver que podría ser un director ideal para dirigir los juguetes cómicos pensados para Doris Day y se hizo responsable de la primera comedia de teléfonos blancos sin Rock Hudson en el reparto con Su pequeña aventura, con James Garner acompañando a la rubia y hacendada ama de casa que, de repente, salta a la fama por grabar un anuncio intrascendente. Con el éxito en el bolsillo, nuevamente dirige a Doris Day, esta vez sí con Rock Hudson, en la que pasa por ser, posiblemente, la mejor película de la pareja, aunque no la más famosa, como es No me mandes flores, sobre un hombre que, por error, cree que está enfermo terminal y busca desesperadamente un novio futuro para su esposa.

Vuelve con Garner para hacer una comedia que tenía su aquél como es El arte de amar y el propio Jewison comienza a pensar que es hora de un cambio y dejar de lado la comedia amable. La oportunidad, esa palabra que siempre le acompañó, le hizo una visita memorable cuando Sam Peckinpah fue despedido en pleno rodaje de El rey del juego, con Steve McQueen, Ann Margret y un inmenso Edward G. Robinson. Jewison termina la película con maestría y se puede ver ahí a un director que es algo más que correcto, que quiere contar sensaciones, sugerencias y sentimientos más allá de lo que se muestra y consigue una película en la que el manejo de la tensión y la realidad se dan la mano de forma casi violenta.

Jewison cree también que puede hacer otro tipo de comedia, más loca, más agresiva y pone todo su empeño en ¡Que vienen los rusos!, una farsa desatada sobre la psicosis colectiva que se desató en Estados Unidos sobre una posible invasión rusa. Predecesora confesa del 1941, de Steven Spielberg, el director se aviene a dirigirla cobrando tan sólo ciento veinticinco dólares más el 25 por ciento de la recaudación. Se hizo rico con esta fábula sobre un submarino ruso averiado que debe desembarcar una avanzadilla frente a la costa de Estados Unidos desatando la locura.

La película obtiene tal éxito, con nominación incluida a la mejor producción del año, que Jewison es el elegido para llevar a cabo esa obra maestra del cine social y policiaco de los años sesenta que es En el calor de la noche, una película en la que todo funciona, en la que se suda desde la butaca y se sufre desde el corazón, haciendo herida en la lucha de los derechos civiles y en su atractiva premisa de un hombre de color dando un par de lecciones de investigación social a los habitantes de un pequeño pueblo de Mississipi. La película fue galardonada con el Oscar a la mejor producción de 1967 en dura pugna con El graduado, de Mike Nichols.

Repite con Steve McQueen en El caso Thomas Crown, la historia de un multimillonario que se dedica a robar obras de arte con tal de añadir algo de emoción a su vida, con una de las secuencias más sensuales alrededor de un tablero de ajedrez entre el protagonista y Faye Dunaway. Al terminar esta película, Jewison confesó que no volvería a trabajar con McQueen porque le parecía el actor más difícil del mundo.

Lo prueba con el musical y saca sobresaliente con El violinista en el tejado, con la que consigue una nueva nominación y se hace cargo de la adaptación del polémico musical de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice Jesucristo Superstar acudiendo al desierto de Israel como escenario. Posteriormente, con una producción muy complicada, pone en marcha Rollerball, una fábula distópica sobre un juego en el que los contendientes llegan a matarse entre ellos alrededor de una especie de velódromo. Maravillosa, inquietante y peligrosamente actual a pesar de una estética que se ha quedado trasnochada, ha quedado como una de las películas más certeras dentro de la ciencia-ficción.

Le eligen para llevar a cabo una película que demostrase las dotes dramáticas de Sylvester Stallone en F.I.S.T y ahí obtiene un sonoro fracaso del que se recupera con cierta dificultad. Se une a Al Pacino en el género judicial con otra película con nominación como es la extraña Justicia para todos, reivindicativa y pesimista visión sobre el sistema penal estadounidense. Trata de obtener otro éxito de taquilla con una película que se mueve en los terrenos de la comedia más blanda y fácil como Amigos muy íntimos, con Burt Reynolds y Goldie Hawn.

Sin embargo, Jewison sube su cotización al adaptar dos obras teatrales que consiguen varias nominaciones y que denotan su gran capacidad para adaptarse a cualquier género. La primera es la investigación que se desata en torno a la muerte de un sargento de color en un cuartel del Sur de los Estados Unidos en la excelente Historia de un soldado, en la que podemos disfrutar de la primera aparición de Denzel Washington en un papel importante. La otra es el drama misteriosamente religioso de Agnes de Dios, con un duelo en la cumbre entre dos grandísimas actrices como Anne Bancroft y Jane Fonda sobre la posible violación y posterior embarazo de una monja de clausura.

Aún consigue otro gran éxito dentro de los terrenos de la comedia romántica con una película que batió récords de taquilla en todo el mundo como es Hechizo de luna, que significó el Oscar a la mejor interpretación femenina para Cher y que conquistó el corazón del público como una de las grandes historias de amor con sonrisa que se han hecho nunca.

A partir de aquí, Jewison se mete en una cierta deriva con títulos con ningún interés hasta que, con un monstruoso Denzel Washington, aborda la biografía de un boxeador que fue encarcelado por un supuesto asesinato en la muy notable Huracán Carter, consiguiendo nominación para el actor en una película llena de fuerza y militancia, de nuevo con los derechos civiles al fondo y con la injusticia como tema.

Su última película, bienintencionada, pero irremediablemente carente de fuerza, es La sentencia, su única colaboración con Michael Caine, acerca de un verdugo de un campo de concentración nazi, fervorosamente religioso, que es descubierto en la campiña francesa y comienza a ser acosado por varias fuerzas que quieren anotarse un tanto político y policial. Tanto Caine como Jewison quedaron muy satisfechos del resultado final, pero la historia no acaba de despegar en ningún momento, con algunos pasajes francamente desconcertantes. Ese año, 2003, Jewison se retira de toda actividad.

Hay que fijarse en todos estos títulos para darse cuenta de la oportunidad de un hombre como Norman Jewison. Hizo todo con singular maestría, consiguiendo pocas obras sublimes, es cierto, pero haciendo un buen puñado de muy buenas y recomendables películas. Era un valor seguro que sólo zozobró un poco en su época final, pero eso es fácilmente perdonable cuando se trata de hablar de un director que ha tocado tantos géneros y los ha fijado de manera tan sólida. Cuando el cine no le necesitó y ya casi todo el mundo le había olvidado, fue oportuno y decidió que ya estaba bien de pisar este valle de lágrimas.

jueves, 1 de febrero de 2024

POBRES CRIATURAS (2023), de Yorgos Lanthimos

 

Esta revisión del mito de Frankenstein en clave femenina no es más que el producto de una mente enferma. Se supone que acaba por ser una reivindicación de la mujer a través de la historia de Bella, una chica con cerebro de feto trasplantado, que aprende a gran velocidad y que, para bregarse bien en los avatares de la vida, se prostituye y, además, lo encuentra, cuando menos, agradable. Es una fuente de ingresos segura, investiga en las emociones que mueven a los diabólicos entes masculinos y le da la seguridad necesaria para regresar a su origen y convertirse en una mujer dominante y asentada.

El director Yorgos Lanthimos, por si fuera poco, se dedica todo el rato a poner en escena una realización alucinada, con planos inclinados, uso de grandes angulares, saltando del blanco y negro al color cuando lo considera oportuno y utilizando fondos generados por ordenador para que, en resumen, se tenga la impresión de que todo eso que nos está contando, más simple que una pelotita de trapo de saldo, es profundo como el océano y que él es un genio disfrazado de ironía. Y no es más que un cargante pretencioso que trata de poner en escena un guiñol caro con títeres grotescos moviéndose de un lado para otro y con mucho sexo para que se vea que su historia, aunque no lo parezca, es para adultos.

Sí, es verdad. La interpretación de Emma Stone es meritoria e, incluso, es merecedora de una nominación a los Premios de la Academia. No es fácil evolucionar de unos gestos estudiadamente infantiles a la madurez de una mujer que sabe lo que quiere, aunque los medios que utilice sean tan esperpénticos como cambiarle el cerebro a un hombre por el de una cabra. Gracioso ¿eh? Bueno, pues todo eso tiene un envoltorio de lujo, muy cuidado y salpicado de anacronismos del tipo de que, a pesar de que la historia se desarrolla supuestamente a finales del siglo XIX, la chica en cuestión se pasea por las calles de Lisboa con una minifalda.

Por si fuera poco, la música es para hacérselo mirar. O es estridente, o es tan complicada como la que hace un niño de cuatro años acercándose por primera vez a una guitarra. Mientras tanto, asistimos a los avatares de esa niña-mujer, producto de un creador, por enésima vez asimilado a Dios, que nos da un don como la vida. Algo que no pedimos, mientras nos suelta inopinadamente por el mundo a ver si aprendemos cómo van las cosas del dinero, de la lujuria, de la seguridad del hogar, del vicio y del cinismo humano, una palabra muy importante a lo largo y ancho de esta especie de bobada titiritera que, a cada metro, se convierte en una pérdida de tiempo. De hecho, unos cuantos espectadores se levantaron en medio de la proyección, hartos de la tomadura de pelo que, en algunos momentos largos, llega a ser la creación genial de Lanthimos.

Así que nada, si ustedes han sido baqueteados por la vida y desean volver al hogar, lo mejor es irse a una casa de citas, probar las distintas tendencias sexuales de cada cual y regresar para acogerse a los brazos del padre. Si, por casualidad, el pasado viene a reclamar lo suyo, háganse fuertes, llévense al culpable y practiquen una bonita trepanación para que acabe comiendo ramitas en camisón mientras otra chica con su mismo problema se pasea con un mazo por la casa. Dios les perdonará todo, aunque ese perdón no les sirva de nada porque, al fin y al cabo, lo mejor que se puede decir de Él es que su rendimiento deja mucho que desear. La escuela está ahí fuera, con los calzoncillos y las bragas por los tobillos. Y algunos dirán que esto es una obra maestra incomparable y que estamos ante un nuevo y excéntrico director de rasgos divinos.