viernes, 10 de febrero de 2017

PUENTE DE MANDO (1949), de Delmer Daves

Es difícil quitarse el uniforme por última vez y recoger todas las pertenencias para despedirse de una vida en la Marina. Han sido demasiados aviones estrellados en las cubiertas de los portaaviones, demasiados amigos perdidos por una mala maniobra o porque el material no era precisamente el más moderno. Muchas batallas perdidas en los despachos, muchas discusiones, algún que otro destierro a los mandos de una mesa, traslados, peticiones, decepciones, ascensos…La Marina ha sido exigente y también un estilo de vida. Y las bombas han caído cerca, muy cerca.
Sin embargo, allí en la orilla, alguien espera por fin tener un marido. Ella fue paciente, fue inteligente, fue el apoyo necesario en las dudas y la decisión final en las soluciones. Siempre ha querido mantener su orgullo intacto. Un orgullo que brillaba a cada nuevo galón en la bocamanga, a cada nueva condecoración en la pechera. Nació para ser esposa de un marino y a fe que lo ha sido. Siempre quedándose en el puerto pensando que aquel podía ser el último beso, la última caricia, el último te quiero. Ahora la Marina ya ha dejado de acaparar a su marido y ella podrá dedicarse a él.
Todo empezó con aquellos aviones casi destartalados que tenían que despegar y aterrizar de un barco carbonero reconvertido en portaviones. Una pista de veinte metros para jugarse la vida sobre una pista deslizante. Más tarde vinieron las broncas y las meteduras de pata. Hawai, la Academia Militar Naval de Annapolis como instructor, el destino en el mítico Yorktown y la guerra contra los japoneses. Siempre sufriendo por los jefes de escuadrilla que tenían que conducir aviones hasta el límite de su capacidad para localizar al escurridizo enemigo. Volar se acabó. Había que coordinar toda la aviación desde el agua y nunca se rechistó una orden. La angustia estaba ahí pero había que controlarla. Más tarde, por fin, el mando en el Clipper y la demostración preclara de que la aviación de la Marina era fundamental para conseguir objetivos militares en el Pacífico. La razón con los años. Los malos ratos pasados. Amigos heridos, que volvían con heridas espantosas y, con ellas, demostraban cuánto valían. La coordinación ante todo. El puente de mando asegurado. Es hora de cerrar la maleta y coger la lancha. Es hora de volverse por última vez y echar una mirada de despedida. Es hora de abrazar al amor de tu vida y colgar los galones en algún lugar de la memoria.

La vida de un piloto de la Marina retratada con ritmo y clase por Delmer Daves y con un Gary Cooper tremendamente expresivo, presagiando al sheriff Kane de Solo ante el peligro en una película totalmente olvidada y que merecería una segunda oportunidad. Sin grandes estridencias, narrando con calma la evolución de un oficial y un caballero que siempre cumplió con las órdenes y entregó su vida a la Marina sin dejar de luchar por lo que creía, se convierte en una película de aventuras apasionantes, que dejan la mirada inundada de sal y el ánimo empapado en agua. Solo es necesario fijarse que la tensión no decae en ningún momento, que el buen humor también está presente, que la inclusión de algunas escenas de combate real está hecha con un buen gusto y un sentido admirables. El resto es el blanco y negro para la época de hélices arrancadas a mano y el color para la guerra moderna y con menos alma. Suficiente como para asumir toda la responsabilidad desde el puente de mando.

jueves, 9 de febrero de 2017

MANCHESTER FRENTE AL MAR (2016), de Kenneth Lonergan

Volver al lugar donde el dolor se quedó para siempre, encontrarse de nuevo con las personas que poblaron toda una vida hasta que todo fue insoportable, hacerse cargo de una responsabilidad en medio de un vacío tan intenso que asomarse no es posible. Es difícil regresar al lugar donde nacieron todos los traumas, donde se acabó la vida, donde se murió tantas veces. Es una ciudad frente al mar que espera. Y jamás se podrá andar sobre las aguas.
La mutilación emocional es algo permanente de lo que no se puede escapar. El carácter se ha vuelto difuso y voluble porque todo está adormecido. Ahora todo regresa y hay que estar enfrente, llevando el timón, sacando adelante una responsabilidad que ni se buscó, ni se quiso y, tal vez, se haya dispuesto así para que de nuevo haya razones para vivir. El problema es que no se desea esa vida y es preferible ese estado de somnolencia indolente, donde todo da lo mismo, donde un día es igual al anterior, donde no se puede matar lo que está latente.
La muerte es una pura gestión. Funerarias, herencias, existencias descolocadas, ausencias imposibles de llenar…a nadie le importa lo que significa de verdad. Nadie puede imaginarse que ya no volverás a ver a alguien que te ha querido. Todos morimos un poco cuando eso ocurre. Todos tenemos que refugiarnos en algún lugar ignoto para aguantar el maldito dolor que nunca cesará. Y el mar ahí permanece. Quieto. Callado. Incómodo. Guardando todos los secretos. Esperando todos los silencios.
No cabe duda de que el trabajo de Casey Affleck en esta película es excepcional pero la película tiene algún que otro problema para llegar a sus objetivos. Todo se basa en una serie de sucesos que nunca llevan a ninguna parte y, en determinado momento, el público ya ha desconectado. Le da igual la peripecia vital de ese hombre escondido en sí mismo y que ha renunciado a cualquier lazo afectivo duradero. La trama se prolonga y no se ve solución, ni siquiera se ve el interés. Sin duda, habrá quien diga que es un sensible retrato de un vacío existencial casi patético pero es que ni siquiera llega a emocionar dentro de un estilo lánguido e intrascendente. Y uno emprende el camino de vuelta al corazón sin ningún trabajo, sin una huella perdurable en una historia que pide implicación y empatía. Tal vez porque ninguno quisiéramos estar en el pellejo de una persona que, de tanto dolor, ha dejado de sentir.

Así que es mejor tratar de vivir esa juventud que se escapa a golpes y por momentos. Es el ímpetu de los años de ilusión que ni siquiera la tragedia se atreve a coartar. Es el agobio del error que puede acompañarnos durante el resto de nuestra existencia pero también es la etapa del aprendizaje entusiasmado, del ansia por lo siguiente, de la seguridad de que el mundo, por muy cruel que llegue a ser, caerá al final rendido a tus pies. Aunque quizá eso ya sea otra historia. Mientras tanto, es mejor sentarse muy cerca del mar y dejar que el dolor se tranquilice, colocar un motor nuevo en la gabarra de nuestro devenir y dejar que las cosas ocurran. En algún lugar, seguro que hay un motivo para seguir adelante, por mucho que intentemos soslayarlo. Así es como crecen los hombres.

martes, 7 de febrero de 2017

NUEVE REINAS (2000), de Fabián Bielinsky

El peor timo que se puede perpetrar es la falta de conciencia. Es lo que hace que un delincuente llegue a ser un auténtico criminal. Porque incluso en el acto de delinquir hay unos límites que no se deberían traspasar. La oportunidad viene por aquellas casualidades que tiene la vida (¿o no?) y resulta que se presenta un negocio que puede reportar pingües beneficios. Basta con plantarse delante de un multimillonario español y ponerle delante de las narices nueve sellos muy cotizados…falsos, naturalmente. El multimillonario tiene que irse por la fuerza del país y no tiene mucho tiempo para comprobar la autenticidad de los sellos. Pan comido y deglutido. Un anzuelo atractivo y la maquinaria del timo a lo grande se pone en marcha. Lo malo es que otra casualidad hace que se pierda la mercancía en cuestión y hay que invertir pasta en el asunto para reponer la pérdida. Y, de paso, prescindir de la conciencia que siempre es muy molesta cuando se trata de cerrar negocios que dan para vivir con holgura durante una temporada. Ah, pero es que la cosa viene de lejos porque una herencia legítima se convierte en un escalo premeditado y el tipo no es que no tenga conciencia…es que no sabe lo que es eso.
Mientras tanto, Buenos Aires se erige como un hormiguero de vanidades y estafas que bulle intensamente en su febril actividad. Los timadores proliferan, los afanadores se exhiben impúdicamente, las discusiones se exageran…todo parece un teatro perfectamente ensamblado para timar al incauto de turno. Y ya se sabe, en el fondo, el timado siempre quiere timar. Hay que apelar a uno de los puntos más flacos de la debilidad humana para llevarse el botín a casa. Por mucho que la calle sea una escuela…de unos estudios que ya están aprobados. Terrible dilema que ha de ser dirimido en los dientes blancos y rotos de nueve sellos que todo el mundo quiere.

Una excepcional película argentina que, una vez más, tiene a Ricardo Darín como su principal valor pero que está sabiamente respaldado por Leticia Brédice y Gastón Pauls, que prestan el escenario vivo a los desmanes de un tipo al que le duele más la derrota que la ambición. El malogrado Fabián Bielinsky dirige con calma porque ya se sabe que todo timo bien realizado necesita su tiempo para que el primo lo digiera. Y así recorremos una ciudad bajo el sol, unas maldades en la sombra, unas picarescas bajo las luces fluorescentes, unos diálogos tras los neones del ingenio e inesperados giros a la vuelta de la esquina. Todo funciona en una película que tiene su humor, su tensión, su gravedad y su fiereza. Tal vez porque el espectador es el primero que posee unos instintos irreprimibles de timar a los timadores. 

AL CAER EL SOL (1998), de Robert Benton

Si queréis escuchar lo que comentamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "El exorcista", de William Friedkin, podéis hacerlo aquí. Y si no habéis tenido bastante, también comentamos sobre "Doce del patíbulo", de Robert Aldrich la semana pasada. Pinchad aquí y recibiréis una ráfaga de ametralladora.

 Tal vez lo único que pide Harry Ross es una última oportunidad para sentir que está vivo. Hace algunos años cometió un error y a partir de ahí todo fue cuesta abajo. Ahora está de hombre para todo, trabajando con unos amigos y enamorado en el vagón de atrás de la señora de la casa. Cree que un arrebato más es posible, que aún queda algo del hombre que fue. Y trata de demostrárselo a sí mismo cada día. No pierde la calma, demasiados años en el oficio de detective, husmeando detrás de las puertas ajenas. La vida le ha arrinconado y él lo acepta. Está cómodo pero recibe desprecio y un punto de condescendencia. No importa. Aún puede ser útil aunque solo sea por algo tan anticuado como la amistad.
Un chantaje, un amigo que se muere, un viejo camarada de armas con el que tendrá que batirse en duelo, un misterio del pasado, unos diálogos que recuerdan épocas pasadas. El ocaso está aquí, Harry, y seguro que no es como lo habías imaginado. El amigo no te dice todo, la mujer tampoco te lo cuenta todo, los cadáveres vuelven a levantarse a pedir justicia y las verdades a medias son como heridas que nunca acaban de cerrarse. Siguen sangrando por todo lo que quiere decir el embuste. Parece como si todo el pasado se cerniese sobre Harry y nada de ese pasado quisiera ser sincero con él. Los tiempos han pasado deprisa y el cerebro de Harry sigue funcionando como antes. Solo ha salido de su estado de hibernación y vuelve para desentrañar una madeja de misterio que va dejando unos cuantos muertos por el camino. Y no todos merecidos. Y todo, tal vez, por una última mirada de la mujer que le hace volver a sentirse joven, una última mirada de ternura y de promesa que nunca se va a cumplir. Una última mirada que delate la falsedad que domina su vida, escondida detrás del oropel del estrellato, construida sobre un asesinato que nunca fue tal. Cae el sol y la decepción es grande, Harry. Tendrás que renunciar y también tendrás que matar. Solo porque hace mucho, mucho tiempo, nadie quiso cargar con el muerto.

Es verdad que en esta película está James Garner, sutil y mordaz en sus diálogos. También está Gene Hackman, terrible y pendenciero en su amistad. O Susan Sarandon, que pasea su innegable belleza por una casa llena de mentiras tapadas y sellada con un pacto sobre la muerte. O, incluso, Stockard Channing, muy en su papel de mujer policía que retuvo belleza y atractivo ya pasados. Pero, por encima de ellos, está Paul Newman, enorme, contenido, cínico, sincero, relajado, esperanzado, acosado, inteligente, único. Su última aparición ante las cámaras como ese detective privado ya en plena jubilación que tiene que volver a encargarse de un último caso es toda una lección de interpretación, de veteranía, de sabiduría, de dominio. Es como si el actor, de alguna manera, se hubiera dado cuenta de que no le quedan muchas más oportunidades y decidió reunir en su última interpretación todo un compendio de su arte en una sola película. Y así consigue que comprendamos perfectamente las motivaciones de un Harry Ross que solo puede perder porque nació para eso. Aunque, quizá, al final, siempre haya un pequeño recreo para el que sabe que ha sido muy bueno en lo que hacía.

viernes, 3 de febrero de 2017

VIVIR DE NOCHE (2016), de Ben Affleck

Puede que se pierda respetabilidad a la hora de vivir al otro lado de ley pero, sin duda, es un medio mucho más rápido para llegar a tener dinero. Sin embargo, cuando hay mimbres de hombre bueno, no importa que el ambiente esté infestado de maldad, de traición, de inquina, de soberbia o de venganza. Siempre queda algo ahí, en algún lugar. Tanto es así que eso puede convertirse en el impulso suficiente como para tener un toque de ética en todas las acciones. Y también en un deseo prolongado e imposible de dedicarse a algo que la sociedad considere como legal.
No obstante, siempre hay intereses creados, incluso en la Mafia. Irlandeses contra italianos. Ambiciones contra modestias. Mujeres que parecen enamoradas contra hombres que lo están o viceversa. Es un mundo donde la oscuridad parece el lugar más acogedor del mundo y la luz no es más que la entrada en el sorteo de tu propia caza. Hay que operar en las sombras, moverse en la penumbra y mantener los sentimientos atados con correas de tiniebla.
Los errores se pagan y, lo más frecuente, es que cuando ya se ha pasado suficiente tiempo pagándolos, lo que venga a continuación sea una venganza. Solo que los caminos del rencor son inescrutables y puede que haya que convertirse en mafioso para acabar con los mafiosos. Y eso requiere tiempo. Y paciencia. Y pactar con el diablo. Y tragar varias toneladas de basura. Y perder, sobre todo, perder. Y eso no es nada fácil. Porque la sangre hierve a pesar de que el rostro nunca cambie. El futuro está por ahí y solo hace falta subirse a él, como un tren saliendo de la estación. Aunque las batallas sean una demostración más de que no hace falta demasiado valor para matar a nadie. El verdadero valor se demuestra siendo honesto.

Uno de los principales problemas de esta película es el propio Ben Affleck. Impecablemente bien dirigida, a pesar de que el argumento se le ahoga en algún tramo más bien largo, el Affleck director aún no se ha dado cuenta de que no va a ninguna parte con el Affleck actor. Su interpretación es inútil, equivocada, sin recursos, torpe. Todo lo contrario de la maravillosa puesta en escena que exhibe a cada plano, con un vestuario cuidadísimo y una dirección de fotografía espectacular. Y así no hay manera de sacar adelante una película que podría haber sido memorable si el guión hubiera estado más trabajado, menos irregular, más fuerte y el actor protagonista hubiese sido cualquier otro. No basta con fruncir el ceño y poner cara de supuesto granito para transmitir toda la intensidad emocional de un personaje que necesita explicaciones expresivas para un comportamiento que se antoja algo confuso. No es suficiente vestirse con un traje blanco de clase sublime para parecer elegante. Hace falta algo más. Y eso es precisamente de lo que carece el Affleck actor. No hay intensidad alguna en sus reacciones y nos perdemos en las consecuencias. Más que nada porque ser honrado en un mundo de malos no deja de ser una vuelta de tuerca curiosa en todos los tópicos de la Mafia más sangrienta de los años veinte. Y más aún siendo hijo de un representante de la ley. Y más aún creyendo en algo tan arrebatadoramente anticuado como es el amor. El resto son balas, copas, chicas, ambiente, neumáticos blancos y saber sostener una pistola en la mano.                                   

jueves, 2 de febrero de 2017

LION (2016), de Garth Davis

El destino se mueve por caminos muy intrincados. Quizá el de un niño sea morir para vivir de nuevo. Quizá el de otro niño sea morir porque ésa era la hora para hacerlo. Puede que la infantil sospecha sea una huida hacia la libertad. E incluso es posible que la desesperación pueda hacer encontrar el lugar donde empezó todo. El destino y solo el destino es capaz de hallar a alguien culpable de sobrevivir cuando tenía todo para morir.
Y es que un niño pequeño no puede deambular por una ciudad de pobreza y deshumanización y salir vivo del intento. Es posible que su final sea incluso aún peor que la muerte. Sin embargo, un simple juego es la puerta del futuro y, lejos de la miseria, es cuando comienzan los reparos morales a la supervivencia. Quizá él no lo merecía, quizá su desaparición hizo sufrir a los que más quería, quizá…todo quizá…es necesario comprobarlo porque si no es muy posible que el adulto jamás pueda nacer.
Y cuando esos reparos morales se convierten en obsesión, todo el universo se descoloca. Quien verdaderamente retiene el amor tendrán que dar una última prueba de que es incondicional, un último apoyo para que ese niño vuelva de donde vino y se encuentre a sí mismo. Por el camino, vendrá la certeza de que la vida en occidente es mucho más afortunada y que eso, demasiado a menudo, nos hace olvidar nuestra condición de privilegiados. India es el país más pobre de la tierra…y no es fácil vivir sabiendo que allí, en alguna parte, están tu madre y tus hermanos, llorando por cada uno de los días en que te perdiste para no regresar jamás. Hay que colocarse el gesto del león y luchar para que la vida vuelva a su sitio, para que el cariño y la emoción sean rasgos naturales, para que nunca dejemos de ser agradecidos con quien tanto nos quiso.
Lion es una película que busca muy deliberadamente la emoción del público. Para ello, no escatima en saltarse pasos intermedios y colocar reacciones no demasiado lógicas o, tal vez, no suficientemente explicadas. La lágrima fácil brota ante esta historia que insiste en el arraigo y en las carreras que siempre adornan el caminar de un niño, tan llenas de alegría, de sonrisas desbocadas, de minutos aspirados. No hay nada que se pueda comparar a eso. Y es entonces cuando nos damos cuenta de las condiciones de abandono de una parte de la humanidad y de que todos, de alguna manera, somos culpables de sobrevivir. Y no solo eso, sino también de asistir impasibles al drama de miles de desapariciones, de estómagos vacíos arrojados a morir como perros, de ciudades enteras que claman por algo más de preocupación por parte del resto del mundo. No somos leones, no somos como ese niño que nunca ha dejado de escuchar a su hermano llamándole, ni de sentir el aroma tan particular de su madre. Sensaciones que perduran y que ni siquiera la madurez será capaz de borrar.

Por lo demás, el melodrama está en las calles. Y ha venido para quedarse. La búsqueda continúa. Los hombres y mujeres no aprenden y siempre se quiere hacer daño al más débil. Como si no tuvieran bastante. Mucho cuidado. Muchos de ellos son leones y tienen verdaderas licenciaturas en supervivencia.

miércoles, 1 de febrero de 2017

MÚLTIPLE (2016), de M. Night Shyamalan

Hola, buenos días. Soy su guía durante el trayecto en el que sobrevolaremos esta película del director M. Night Shyamalan e interpretada por James McAvoy. Si tienen cualquier pregunta, no duden en hacérmela. Estamos aquí para servirles. Siempre y cuando, naturalmente, ustedes se porten bien. Si su comportamiento deja algo que desear, les diremos al resto que vengan a por ustedes y se los lleven. Muchas gracias.
Soy un espectador medio de cualquier cine del mundo. Y, la verdad, estoy harto de que me las den con queso con las películas de terror. Y es que muchas veces ni son de terror y ni siquiera son películas. Ésta no está mal. Se podría decir que hay bastante tensión en algunas escenas pero no hay sustos. Y a mí lo que me gusta es gritar en el cine. Que la película te haga pegar un salto y que la chica de la butaca de al lado chille, pero ésta no es de ésas. Va a ser que hay que saber algo sobre de qué van las películas que ha hecho el tipo éste de apellido impronunciable. Las chicas están bien. Y el protagonista se gana el sueldo. Por cierto, tengo una duda. ¿Cobró solo un sueldo por interpretar a un fulano de veintitrés personalidades? Si es así… ¡qué injusto!
Soy la chica de la butaca de al lado. No me asusto fácilmente. Sobre todo si voy al cine con mi novio. No quiero darle esa satisfacción. La película ésta del tío con personalidad múltiple tiene su aquél. Me inquieta mucho el personaje de la doctora. Tiene una mirada así como que esconde algo. Claro, que es más fácil esconder algo detrás de veintitrés personalidades y pico. Todo es un poco lioso porque hay que estar en la onda de otras cosas pero se entiende bien. Mi novio quería verme gritar pero se ha quedado con las ganas. Miedo no da. Es como una sensación de incomodidad. Es claustrofobia. Solo eso.
Soy el tontito de diez años que tira palomitas a los de la fila de delante que no se enteran de nada. La verdad es que no puedo decir si la película es buena o no porque a mí lo que me encanta en el cine es llamar la atención. Ya saben, comentarios en voz alta, decir la gracia cuando todo el mundo está callado, vocear alguna complicidad con mi amigo de la otra punta de la fila…esas cosas. La película…buah…yo qué sé. A mí es que estas cosas me dan bastante igual. Más que nada porque luego se supone que hay un desenlace con cierta sorpresa y yo no me he enterado de nada. Para hacer esto, mejor me quedo en casa. Me lo ha dicho uno que estaba cerca de mí en el cine. Pero yo voy allí, a la sala, y me pongo como si estuviera en el salón de mi casa. Vaya que sí.
Soy crítico de cine y sé que debería hablar del ambiente claustrofóbico de la película, del esfuerzo interpretativo de James McAvoy y de la pausada dirección de Shyamalan pero solo voy a decir que el concilio de personalidades que se dan cita en la mente enferma del protagonista no es más que una alegoría de los agobios que ahogan al hombre moderno. Nadie está a salvo de ellos. Por ejemplo, yo tengo que terminar este artículo ahora mismo, porque si no es así, viene el redactor-jefe y me llama al orden y es entonces cuando sale la naturaleza del villano que hay en mí. Y entonces ya nadie podrá parar a la bestia de mi interior. Aunque siempre habrá algún héroe dispuesto a establecer los límites de mi brutalidad. Pero… ¿quién se acuerda de eso?