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martes, 4 de noviembre de 2025

VERANO DEL 42 (1971), de Robert Mulligan

 

Es curioso comprobar cómo el tiempo cambia nuestras actitudes. Cuando eres apenas un adolescente y te enamoras de alguien, recuerdas que estás pendiente de cada uno de los movimientos de la persona amada. Y te fijas en cómo cae su pelo, como se buscan complicidades, cómo ella movía las manos aunque lo que buscase no era a ti, cómo cambiaba la mirada buscando otro sitio en donde apoyarse. También recuerdas, y a veces no lo recuerdas, cómo eras capaz de sentirte amigo de tus amigos, esa sensación de ser alguien importante en la vida de otra docena más de seres con los que has coincidido en el tiempo y en el espacio. Aquellas confidencias, aquellos secretos a media voz, aquella traición, aquella pelea en la que casi llegas a las manos. Sin embargo, hay cosas que, más allá del recuerdo, las tienes atesoradas en algún lugar de tu memoria sensitiva. Sabes que te sentías inferior, que no eras capaz de rellenar el hueco del ausente porque no tenías recursos, por muy bien que te sintieras. Podías acudir al siempre socorrido humor, podías desear con todas tus fuerzas probar el que sentías que era el amor de tu vida, aunque sólo fuera la tontería del verano, podías cerrar los ojos y dejar volar tu imaginación creyendo que aquello con lo que fantaseabas podía ser verdad. Y no, nunca lo era. En esta ocasión, en este verano del 42, sí se hizo realidad algo que se imaginó y las cosas ya no fueron nunca más las mismas.

A esas edades, en las que no eres niño, pero tampoco eres hombre, parece que todo es irritantemente etéreo y, al mismo tiempo, es abrumadoramente real. Puede que las olas del mar sean un acompañamiento perfecto y que, en un momento dado, sólo en un momento, des con la tecla adecuada, esa que hace entornar los ojos a esa chica, mucho mayor que tú, que se ve seducida por culpa de la impertinente soledad, de la desesperante espera, de la inocencia que ella también quiere volver a probar. Sí, ella es ese deseo desbocado que, por un instante, se convierte en realidad. Y, cuando pasa, se aprovecha, se vive, pero no se guarda, pasa demasiado rápido, apenas un segundo en la eternidad, apenas una sensación del repertorio por mucho que luego sea un recuerdo que no quieres borrar y que, tal vez, nadie podrá saber nunca.

Robert Mulligan, como siempre en su trayectoria, vuelve al mundo de la ingenuidad infantil para desarrollar una historia de amor en la isla de Nantucket, mitad fantasía, mitad realidad. El resultado es una película que, hoy en día, es muy difícil que se llegue a pasar por ninguna cadena porque, en realidad, se pone en juego la seducción de un menor por parte de una mujer…por mucho que el menor también quiera seducir. Aún así, la película está recubierta de una pátina nostálgica, como si fuera un recuerdo mal contado, como si fuera esa sensación que pasa fugaz y que, por un maldito instante, te hizo el chico más afortunado de la Tierra. Eso no pasa siempre. Eso no pasa nunca.

martes, 7 de octubre de 2025

CLAUDIA CARDINALE: UNA MIRADA PARA TI

 

Una de las virtudes que siempre quise ver en Claudia Cardinale fue su mirada. No sé cómo lo hacía, pero, de algún modo, parecía que la mirada iba dirigida directamente hacia mí. Y supongo que algo parecido sentían el resto de espectadores. Esa mirada la he visto en novias, en ese momento en el que ellas se vuelven hacia ti y parece que te dedican una profundidad de la que sólo tú eres el poseedor. Nadie más. Eso hacía que todas y cada una de las interpretaciones de una actriz como ella parecieran llevar algo muy personal, algo intransferible. Ella actuaba para mí. O para ti. O para ellos. O para nosotros.

Fue una actriz de carrera muy larga, porque nunca llegó a retirarse. No fue una diva como Sophia Loren o Gina Lollobrigida. Ella se conformaba con actuar, con ser parte de las películas en las que intervenía, entre otras cosas, porque no se consideraba especialmente guapa, a pesar de que se lo repetían continuamente al oído. Puede que esa violación de la fue víctima a los diecisiete años y que tuvo como consecuencia el embarazo y posterior nacimiento de su primer hijo marcara una conducta que nunca se creyó del todo el poder que tenía su belleza, su serenidad siempre marcada, su tranquila interpretación.

Ya con su tercera película se juntó con dos monstruos como Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni para aquel plato de lentejas que era Rufufú, de Mario Monicelli, parodia-homenaje al Rififí, de Jules Dassin, una de las mejores películas de cine negro nacidas en Europa, y que aquí también quiso echar una mirada desenfadada al neorrealismo italiano, tan común en las salas de cine de aquellos años en los que ya estaba dejando paso al cine del desarrollismo.

Ella es parte fundamental del argumento de esa joya titulada Un maldito embrollo, de Pietro Germi, que no es más que la aplicación de las reglas del cine negro al neorrealismo con un resultado sorprendente y muy apreciable. Interviene en la segunda parte de Rufufú, con el título de Rufufú da el golpe, nuevamente al lado de Gassman, pero sin Mastroianni, menos divertida que la primera, pero muy digna secuela.

Su primer encuentro con Luchino Visconti fue en la extraordinaria Rocco y sus hermanos, nada menos que al lado de Alain Delon, dando ya muestras de una evolución dramática muy interesante, y consigue el reconocimiento mundial interviniendo en La chica con la maleta, de Valerio Zurlini, máximo exponente del cine del desarrollismo italiano, en la piel de esa chica perdida, pasada de hermano a hermano, que pasea una delicada belleza por las calles de Italia.

También resulta el acompañamiento perfecto para los duelos de capa y espada para la muy divertida Cartouche, de Philippe de Broca, siendo la respuesta ideal a Jean Paul Belmondo y Federico Fellini la reclama para ser la chica ideal en la mente de Marcello Mastroianni para su obra maestra Ocho y medio. Para culminar este principio de los años sesenta, Luchino Visconti la viste de seda y elegancia para encarnar a la prometida de Alain Delon en una de sus obras máximas como es El gatopardo, primera película en la que coincidió con Burt Lancaster, del que llegó a decir que era “desesperante porque, antes de coger un cenicero, te da una charla sobre las motivaciones para cogerlo. Te dan ganas de coger el cenicero y tirárselo a la cabeza”.

Su primera incursión en el cine americano se halla en la muy divertida La pantera rosa, de Blake Edwards, encarnando a la Princesa, posible objetivo de las andanzas de Sir Charles “El Fantasma”, interpretado con elegancia por David Niven, mientras es protegida por el detective más patoso de la historia del cine, el Inspector Clouseau bajo el rostro de Peter Sellers.

Viaja a España para unirse a John Wayne y Rita Hayworth en la última producción Bronston, El fabuloso mundo del circo, de Henry Hathaway. Viaja a Estados Unidos para unirse a Rock Hudson en la comedia de intriga Misión secreta y desempeña un interesante papel en medio de la guerra de Argel en la notable Mando perdido junto a Anthony Quinn, George Segal y Alain Delon.

Uno de sus mejores papeles dentro del cine americano se halla en Los profesionales, de Richard Brooks, al lado de Lee Marvin, Burt Lancaster, Jack Palance, Robert Ryan y Woody Strode. En la piel de María, una mexicana que se casa con un terrateniente despótico, hace caso a su alma de revolucionaria para cruzar a México y unirse a su gran amor, un guerrillero que sigue en refriegas, tal vez, porque no tiene otro lugar a donde ir. Una gran película, con un personaje que ella solventa con talento y una poderosa carga sensual.

Sigue en Estados Unidos rivalizando en belleza con Sharon Tate en la interesante y muy olvidada No hagan olas, de Alexander MacKendrick y, después de reencontrarse con Rock Hudson en la muy prescindible Guapa, ardiente y peligrosa, Sergio Leone hace que sea el centro y origen de toda la trama de su ópera-western Hasta que llegó su hora, con Henry Fonda, Charles Bronson y Jason Robards como compañeros de reparto.

Es tentada por el cine francés porque le plantean un duelo en la cumbre en Las petroleras, al lado de otro símbolo sexual como Brigitte Bardot, con la que, por cierto, se llevó especialmente bien y Visconti la reclama de nuevo para ser la esposa, a la que su marido siempre pide disculpas en silencio y ensoñación, en la muy notable Confidencias, otra vez con Burt Lancaster.

A partir de este momento, su carrera decae peldaño a peldaño, aunque aún nos deje muestras de su paso elegante y siempre certero con su mirada por delante. Ahí está la muy interesante La piel, de Liliana Cavani, o su inmersión en el caos de la jungla con el Fitzcarraldo, de Werner Herzog, pero ya sus apariciones comienzan a ser casi como de estrella invitada, de momento fulgurante y breve, en muchos títulos sin distribución internacional y confinados en los mercados de Italia, Francia y Alemania. A destacar ese breve, pero elegantísimo trabajo que hace para Fernando Trueba en su episódica intervención de El artista y la modelo, con Jean Rochefort de protagonista.

Aún queda una película suya por estrenar, Piccolina bella, de Anna Scaglione, un drama sobre la inmigración en tierras de cultivo. Ella no dejó de trabajar, igual que su mirada no dejó de perseguirme. Eso ayudó a que yo también fuera un profesional que quisiera ir a buscarla al corazón de las Montañas Pintadas de México, o que fuera un tipo que no dejaba de tocar la armónica para que sus sueños se hicieran realidad, o que deseara cogerle la maleta para que no tuviera que atracar en otro hombre, o que supiera que el diamante más grande del mundo estaba seguro en sus manos. Esos milagros obraba su mirada y ahora se cerraron sus ojos. Ya no seré nadie sólo porque ella no estará.

miércoles, 25 de junio de 2025

LAST ORDERS (2001), de Fred Schepisi

Toda una vida compartiendo pintas de cerveza. En realidad, mirado fríamente, puede ser el plan más aburrido que uno es capaz de imaginar. Sin embargo, es perfectamente comprensible que sea lo más parecido a la felicidad que han experimentado un grupo de amigos. Y, sin duda, nada volverá a ser lo mismo cuando uno de ellos coja el tranvía sin vuelta. No obstante, los recuerdos permanecen ahí, como si hubieran ocurrido el día anterior, con la sonrisa y la complicidad en la orilla de los labios, además de un poco de espuma de la jarra. Uno de ellos muere y deja unas cuantas instrucciones porque quiere que sus cenizas sean arrojadas al mar. Quiere hacer un último viaje con ellos antes de decir adiós del todo. En ese viaje, se recordará todo, incluso y especialmente, la relación del fallecido con su mujer, una historia de amor. Somos lo que fuimos. Y estos individuos que, en vez de manos, poseen asas de jarra, fueron, ante todo, amigos.

Y resulta un viaje que, a la vez que amargo, también es placentero. Es como un regodeo incesante en un dolor que va a ser difícil de llenar, pero que también ha formado parte de los momentos más álgidos de unas vidas que, es posible, hayan sido demasiado tristes. No importa que se haya ido ese amigo tan especial. Siempre permanecerá. Igual que hay personas que no dicen adiós. Sólo cambian de forma. Igual que la cerveza que espera en el barril. Se despide del resto de litros. Sale por el grifo y aparece atractiva y espumosa en un vaso antes de ir hacia su tumba definitiva y posterior eliminación orgánica. Sólo cambia de forma, pero ha dado unos momentos extraordinariamente buenos. Unas risas. Unas confidencias. Unas palabras que, en estado de total sobriedad, quizá nunca hubieran sido dichas. Una mujer irrepetible. Un hombre para la barra eterna. Las últimas órdenes. El mar bajo la lluvia.

No cabe duda de que el principal atractivo de esta película reside en sus intérpretes. Gozosos, tremendos, disfrutando de cada plano que ruedan y que trasladan a quien ose acercarse a compartir una pinta con ellos. Ellos son Michael Caine, Bob Hoskins, David Hemmings, Tom Courtenay, Ray Winstone y la mujer del primero, Helen Mirren. En todos esos rostros de intérpretes irrepetibles están todas las respuestas e, incluso, caben algunas preguntas. El resultado es una película bonita, entrañable, que se deja ver y que hace sentir bien sin llegar a ser en ningún momento eso que se ha dado en llamar feelgood movie. Es la vida depositada en un barro de cerveza. Es la carcajada de unos cuantos tipos con tragos de más en la garganta y cariño a raudales por el resto. Somos lo que fuimos, como diría Tennyson. Y ahí es donde reside la huella de lo que dejamos atrás. Con todas nuestras frustraciones dentro. Con todos nuestros éxitos también. Con todos nuestros amores y nuestras decepciones. En el fondo, puede que un taburete en una barra sea el sitio perfecto para hacer nuestras más íntimas confesiones. Y allí, en un bar cualquiera, dejemos testimonio de lo que fuimos para ser las cenizas de hoy.

 

viernes, 24 de marzo de 2023

CONFIDENCIAS (1974), de Luchino Visconti

 

Quizá, entre la quietud de las paredes de un vetusto palacete italiano, con la intrusión de unos cuantos extraños que han alquilado un par de habitaciones para que sea sostenible esa antigualla casi contemplativa, haya una oportunidad para repasar lo que pasó hace muchos años con el encuentro del amor, el reconocimiento de errores, algunos de ellos forzados y que no se pudieron evitar, o la memoria de la entrada en la decadencia, en el silencio, en ese ambiente cargado de un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. El Profesor ha tenido que devorar cada uno de los minutos de su soledad, encerrándose en ese palacete descolorido y, a la vez, elegante. Y sus conclusiones siempre llevan a callejones de moral sin salida. Tal vez esos extraños, esa gente que, con toda probabilidad, no saben estar en sitios de cierta clase, sean una ventana para que la conciencia llegue a la tranquilidad, la memoria a la paz, el recuerdo a lo entrañable. Dentro del marco de una vida que se siente desperdiciada, las confidencias irán conformando un mosaico en el que el Profesor se dará cuenta de que el amor fue y es lo más necesario en la vida de cualquiera.

Las conversaciones, como piezas de una colección de arte, se suceden, en parte, en terreno de la imaginación porque, por allí, por las desvaídas paredes de rojos ajados, aparece esa chica que se llevó todo y no dejó nada. Tan hermosa como era. Tan sincera como fue. La clase y el estilo puede que sea algo que se lleve en la sangre y no tiene por qué ser necesariamente azul. Puede que, en el fondo, toda esa aventura de alojar en casa a unos nuevos ricos sea una elegía, una última reflexión sobre la soledad, sobre la familia, sobre la política…todo ello pasado por el amor, por la oscuridad, por la amargura y por la crueldad. Cuando se enfila la recta final es posible echar una mirada a los demás, a la herencia dejada y recibida, a la fuerza de los desafíos. Sólo para llegar a una definición clara y concisa de sí mismo. Un camino difícil plagado de diálogo estático. Una meta que, en ningún momento, se quiere alcanzar.

Luchino Visconti dirigió esta película profundamente reflexiva, con la colaboración de Burt Lancaster en el papel de ese viejo Profesor de lengua clásica que trata de poner en orden todo lo vivido mientras lo nuevo invade sus últimos días. Y la última palabra es que todo era mejor antes. El futuro se presenta incestuoso, perverso, intranquilo, zigzagueante. Es como si el Príncipe de Salina ajustara cuentas con el destino mientras ya quedan pocos días. La inteligencia, el arte y la razón pasarán a ser piezas de museo en un mundo que se complica más aliándose con el tiempo. El hedonismo se encargará de pesar más en ese ambiente que se abre con las mañanas y ya no hay sitio para lo que, un día, importó. Puede que las confidencias sirvan de poco cuando la muerte ya está llamando a la puerta. Y es que siempre hay que abrirla.

viernes, 24 de septiembre de 2021

MI MULA FRANCIS (1950), de Arthur Lubin

 

Un momento, un momento. Antes de que pongan cara de sorpresa por escribir sobre esta película, sólo quiero decir una cosa. Es una de las más divertidas de la década de los cincuenta. Esa mula vale millones. Entre otras cosas porque los diálogos que tiene, obra del guionista David Stern, no tienen precio. Es difícil encontrar en toda la historia del cine a un animal tan cínico, tan lleno de dobles y triples sentidos, con tanto sarcasmo y tanta retranca. Por supuesto, la víctima de todo ello es Donald O´Connor, que se toma su papel de lunático que habla con una mula que sólo oye él como lo que debe de ser, o sea, un tipo lleno de problemas que se busca un desahogo en la guerra. Y no, no es para niños. Es bien adulto el asunto. Es incomprensible que haya caído en el olvido sin una carcajada de despedida, al menos. Las merece todas. Es tronchante en situaciones, con la mula soltando sus socarronerías a la de tres y poniendo en aprietos a ese teniente que no está demasiado bien de la cabeza. Aunque, eso sí, ha proporcionado información vital para la batalla de Birmania. Los problemas, naturalmente, vienen cuando se ve obligado a confesar la fuente de la que provienen las confidencias. Una mula que habla con él. Está sonado. Irremediablemente.

Por supuesto, no hay mucho arte en toda esta comedia zoológico-absurda, pero hay muchas risas. De las buenas y de las amplias. Como se dijo en la época, la mula Francis es algo así como Groucho en un día malo. Y el enganche con la mula de marras es inevitable, porque cae bien a coces. Pongamos los puntos sobre las íes de la acémila. El humor que emana el enredo no es rápido, ni vertiginoso, ni tiene ese ritmo endiablado al que, muchas veces por desgracia, nos hemos acostumbrado con el cine de hoy. Hay que saborear lo que dice el animal y empatizar mucho con ella. Y es que esta chica es más que una mula. Eso sí, es entretenimiento para toda la familia, con Donald O´Connor diciendo diálogos corrientes que resultan hilarantes sólo levantando una ceja. Los recursos interpretativos de la mula están más limitados, pero, de verdad, se pasa un gran rato.

Con más contactos de los que parece con aquella otra maravillosa película que es El invisible Harvey, esta historia de la mula que habla dio inicio a una serie de secuelas (llegaron a ser hasta cinco, todas ellas dirigidas por el talento escondido y etílico de Arhur Lubin) durante los años cincuenta siempre con O´Connor interpretando al Teniente Peter Starling, ese loco desatado que lo consulta todo con el equino de carga que posee tanta agudeza que, a veces, uno querría ser más mula y menos persona.

Y ya no voy a decir más porque, si deciden verla, luego empezarán con “no es para tanto” y, encima, el culpable voy a ser yo. Así que háganse responsables y sean valientes. La mula no es para todos los gustos, pero la risa, sí.

martes, 14 de septiembre de 2021

LA NOCHE DE LOS MARIDOS (1957), de Delbert Mann

 

Según avanza la noche, la juerga deja paso a la confidencialidad. Cinco tipos se van a celebrar una especie de despedida de soltero para uno de ellos. Tres están casados y no hacen más que envidiar la vida libre del que aún queda por pasar el trago. Uno de los casados odia su vida, dice que es un infierno, pero es incapaz de saber por qué. Trabaja duro, asiste a la escuela nocturna y no pasa demasiado tiempo con su esposa que, además, está embarazada. Tal vez sea ése el problema. No quiere ser padre. Y piensa que es enormemente desgraciado porque le van a obligar a tomar un buen montón de decisiones cuando no le apetece tomar ninguna. El que ya está en capilla, no está nada seguro del amor y, mucho menos, del matrimonio. Y la voz de la experiencia les va a hacer pensar a todos. Es lo que tiene la noche. Acaba por engullirte y hacerte creer que, con el sol, vuelven todas las inseguridades y todas las amenazas a la búsqueda de la felicidad.

Las preocupaciones y esperanzas de estos cinco individuos van saliendo a la superficie según van cayendo los tragos. Ya se sabe, la bebida suelta la lengua. Lo que era una diversión se va convirtiendo, poco a poco, en un encuentro con sus auténticas realidades y no todas son maravillosas. Quizá una chica cualquiera, del Village, será la mecha que encienda todas sus conciencias a pesar del existencialismo que anida en ella. En el fondo, en esa noche de amigos, risas, alcohol y confidencias, se tiene plena conciencia de que el estilo de vida que ellos llevan no es el mejor, ni mucho menos. También es revelador el hecho de que, tal vez, existan varios grados de felicidad, de que la ansiedad no es demasiado aconsejable y de que la angustia, tarde o temprano, siempre aparece en la madurez. La tensión del hombre medio, a veces, es tan enorme que es difícil callarse.

Esta es una película estupenda, bastante desconocida, dirigida con brillantez por Delbert Mann y muy bien interpretada por estos cinco tipos que tratan de encontrar algo de sentido en lo que hacen con la excusa de una despedida de soltero. Ellos son Philip Abbott, Don Murray, E.G. Marshall, Larry Blyden y el siempre excelente Jack Warden. Ellos encarnan esos arquetipos de individuos reprimidos por las convenciones del trabajo y del matrimonio, y que llegan a la certeza de que la propia determinación es la que condiciona toda su existencia. Son débiles y son incapaces de enfrentarse a la sexualidad y a la libertad y siempre buscan el seguro consuelo de la familia y de los amigos. Han dejado de buscar algo más allá del rellano de sus escaleras y ni siquiera el que aún permanece soltero tiene una vida tan envidiable. Incluso la aparente sexualidad de la chica a la que encuentran no es tan gratificante. En el fondo, la rebelión que ensayan es una forma de perdonarse por su falta de carácter. Sí, la noche de los maridos es una noche de decepción, aunque también haya razones para depositar alguna esperanza en el día siguiente.

miércoles, 8 de mayo de 2019

VIVAMENTE EL DOMINGO (1983), de François Truffaut



Una mujer enamorada puede hacer cualquier cosa por el hombre que hace latir su corazón, incluso demostrar su inocencia en un asesinato. Por él, se recorrerá medio país vestida con leotardos de la Edad Media, se impondrá tareas de vigilancia, estará ojo avizor hacia cualquier pista que conduzca hacia lo que ella realmente cree, compartirá confidencias con individuos de poca calaña, mentirá a quien haga falta. No hay fronteras para esa mujer. Llegará hasta donde tenga que llegar. Hasta que consiga dar con el hilo que termine por desenredar el ovillo hasta la última hebra. Aunque sólo sea una secretaria que ha vivido su amor desde el otro lado de la máquina de escribir, siempre con la indiferencia como pago, y, si no, con la tiranía algo despreciativa como obligación. Ella tiene mucha paciencia y sabe que, tarde o temprano, tendrá la oportunidad de demostrar hasta qué punto puede amar.
Por el camino estarán los abogados insidiosos que parecen querer algo oculto, los policías avispados que darán la vuelta a cualquier interrogatorio con tal de tener algún sospechoso consistente, el blanco y negro de las calles mojadas y frías que hacen que todo parezca aún más difícil e inalcanzable, las mujeres celosas de razonamiento trastocado, las citas imposibles, los garitos innombrables…Será todo un periplo por una investigación en la que no sólo iremos descubriendo la inocencia de ese jefe que, tal vez, no nos caiga demasiado simpático, pero que ocupa el norte y el sur del corazón de su secretaria, sino también el empuje de una mujer que se propone, contra viento y lluvia, limpiar su nombre por una razón tan sencilla y antigua como es el amor. Así sólo queda vivir el domingo con toda intensidad.
Con Alfred Hitchcock a las espaldas, la esplendorosa fotografía en blanco y negro de Néstor Almendros y la frescura de las interpretaciones de Fanny Ardant y de Jean Louis Trintignant, François Truffaut dirigió una película de misterio desenfadado, casi como un juego de niños que se van pasando un disco deslizante en una iglesia con los pies. Su pasión no era desentrañar el misterio, sino retratar a una mujer que no se arredra ante nada y que está dispuesta a cualquier sacrificio con tal de hacerse visible a quien ama, de poner en la cima el auténtico peso de su valor y enseñar dónde radica la auténtica belleza. Hombres ciegos incapaces de darse cuenta dónde está la verdad…
Y es que las mujeres son las únicas que están dotadas de esa intuición que hace que un hombre sea más grande de lo que realmente es…o, también, al contrario, con una mirada, con un gesto, con una actitud, bajan al lugar que les corresponde a los hombres que se han encaramado infantilmente a su propio pedestal. Quizá un beso cambie todo eso. Quizá una película sea suficiente como para hacer pensar a cualquiera cuál es su sitio en este mundo de envidias, infamias y soberbias. Vivan, vivan el domingo. La travesía semanal será apasionante.

viernes, 22 de marzo de 2019

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO (1966), de Sergio Leone

Un círculo de muerte para saldar cuentas. Al fin y al cabo, el Oeste no hace amigos y los sonidos de los revólveres hablan con elocuencia cuando el dinero es el motivo. Los hombres se miran, escrutando sus movimientos, esperando la hora de desenfundar y que la sangre juzgue quién es el próximo rico. Los dedos se preparan, tensos; los rostros se contraen, expectantes; el calor se toca, pegajoso y la resolución está al caer. Las tumbas están abiertas y los días parecen más largos porque se antojan los últimos. Tuco lo sabe bien desde hace algunos años a pesar de que ha ido ganándose la vida a base de engaños y de traiciones. Sentencia siempre se ha arrimado a la situación más ventajosa, tratando de sacar oro de una tierra cicatera. Rubio es el hombre sin nombre, el tipo que utiliza el revólver con inteligencia y el rifle con precisión. El dinero no entiende de nombres. Sólo de disparos. Y aquí se van a hendir en la carne más vil, atraída por la avaricia, por un puñado de billetes y de monedas que están enterrados ahí mismo, al lado de la muerte.
Para llegar a ese cementerio que parece estar diseñado por un geómetra, hay que atravesar desiertos, escuchar confidencias, disparar por la espalda y torturar a los competidores. Si no, la meta es imposible. Es dinero sin dueño que espera que lo desentierren, como un muerto que quiere volver a la vida. Ya no valen ni antiguas asociaciones, ni uniformes manchados con el deshonor. El Oeste no tiene piedad con los que buscan la riqueza y hace sufrir con intensidad a los que desafían su ley que, casi siempre, es la del más fuerte, aunque aquí va a ser también la del más listo. Si falta cualquiera de las dos, el resultado es un cadáver entre sepulturas.

Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef ponen en juego todo un repertorio de miradas para llegar al lugar que Sergio Leone les tiene reservado en la historia del cine. Con sus duelos largos, casi paroxísticos, con esa ópera que huele a muerte bajo la música del siempre oportuno Morricone, con la seguridad de que el paisaje español ofrece la suficiente aridez como para que las balas duelan el doble y el oportunismo sea la mitad de la hazaña. Quizá alguna vez hubo un bueno, un feo y un malo cabalgando por los montes y rocas de una tierra hostil en busca de un botín que tuvieron al alcance de la mano y que nadie pensó en repartir. Atrás quedan demasiadas jugarretas para seguir ganándose la vida con mugrientas partidas de cartas, asaltos triviales en los que solo se puede robar el aliento ajeno y ofensas de un honor que, sencillamente, nadie tiene. Algo huele a muerte…y está seguido de muchos ceros.

martes, 12 de marzo de 2019

BEAUTIFUL GIRLS (1996), de Ted Demme

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "El padrino 2ª parte", de Francis Ford Coppola, podéis hacerlo pinchando aquí.

Regresar al origen cuando se está en la encrucijada del amor y de la vida puede ser una terapia de choque, pero también muy aconsejable. Puede que allí te encuentres con tus amigos del instituto y recuerdes viejos tiempos, como si no hubieran pasado los años, entre risas y confidencias. Quizá eso es algo que sólo tienen los verdaderos amigos. Pueden pasar eternidades enteras sin verse y, cuando vuelven a encontrarse, parece que fue ayer cuando se despidieron. Y eso es lo que siente Willie Conway. Está en casa, quizá en ningún lugar del mundo podría haber estado mejor, pero no es su casa, es la casa del pasado. Y entre la nieve y la copa de rigor, entre la música y el recuerdo, comprueba cómo les ha ido a ellos, cómo han cambiado, cómo siguen siendo iguales, cómo la vida es una prueba absurda que te coloca en la soledad a pesar de estar rodeado de gente. Willie lo sabe y espera encontrar respuestas.
Hay que permitirse un cierto tiempo para volver a ver esta película. Quizá porque te hace reflexionar sobre tu trayectoria vital desde los tiempos del colegio y las respuestas no siempre son satisfactorias. También porque hace muchos años que no ves a los que compartieron contigo risas juveniles, ilusiones y primeros amores y no sabes cómo reaccionarías al volverlos a ver. Puede que incluso uno caiga rendidamente enamorado de una niña y la vea como un sueño inalcanzable, algo que debió de ocurrir hace muchos años y, sin embargo, nunca pasó. La imaginación cae presa del corazón y todo se hace encantadoramente doloroso. Es un descenso para conseguir algo de claridad y, también, para seguir aquello que te hace sentir más hombre. El amor espera allí, al otro lado del camino, la vida está a su lado y hay que agarrar con fuerza los sueños porque dentro de muy poco tiempo pasarán de largo y ya no habrá segundas oportunidades. Quizá, por una vez, el cine ha traído la vida hasta delante de nuestros ojos.

Sin importar demasiado la trama, Ted Demme nos regaló una película de situaciones y circunstancias que se detienen en los rostros de Timothy Hutton, de Matt Dillon, de Natalie Portman, de Mira Sorvino, de Uma Thurman, de Michael Rapaport, de Pruitt Taylor Vince, de Noah Emmerich…y en todos ellos nos reconocemos, o reconocemos a alguien, o creemos que reconocemos a alguien…incluso ahora cuando el tiempo ha pasado y ya somos los adultos que han tomado sus propias decisiones dejando atrás a aquellos verdaderos amigos que, en buena medida, hicieron de nosotros lo que somos actualmente. Tal vez, lo único que necesitamos es volver la vista atrás y darnos cuenta de lo importantes que fueron en nuestras vidas.

martes, 16 de octubre de 2018

VOLVER A EMPEZAR (1982), de José Luis Garci

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de "Luz que agoniza", de George Cukor,  podéis hacerlo aquí.

Un buen día, cuando el éxito en la vida ha llegado a su cima, decides volver la vista atrás y echar una ojeada a todo lo que has ido dejando olvidado en el tiempo y, también, en el recuerdo. Tal vez, tienes unas ganas enormes de volver a enamorarte como un niño y disfrutar de esos momentos irrepetibles en los que todos eran risas, ilusión, sueños, proyectos y esa sensación inigualable de sentirte dueño de tu destino. O, quizás, quieres volver a sentarte con tu amigo del alma, aquel que te acompañó en todos tus instantes de juventud y disfrutar de tu equipo favorito, hablar de jugadores con el mismo vocabulario que se empleaba en los cromos de fútbol, compartir confidencias e, incluso, un último adiós. Sentir de nuevo la brisa del mar en la cara, con la paz en el cuerpo y en el alma, caminando sin rumbo por una ciudad que guardaste en el corazón porque allí y entonces, y no ahora, fuiste más feliz que nunca. Volver a empezar, en muchas ocasiones, no es un comienzo, sino un final.
La sensibilidad de aquellos años se utilizó para despertar otras habilidades que surgieron para expresar sentimientos que parecían anclados en la bajamar. La literatura fue un segundo amor para esparcir por el mundo y todo influyó. Luego ya vinieron los honores y los premios, pero ningún escritor piensa en eso cuando trabaja. Puede que todo sea más apreciado por espectadores que quieran ver la nostalgia en cine y la pena de lo que, en realidad, es toda una despedida. Los regresos suelen tener esa agridulce mezcolanza de tristeza y agrado y también es tiempo de cerrar páginas, de pasar a una nueva época que se abre y que llena de esperanza a un país que se consumió entre sus propios odios y decepciones. Quizá esta película hable, de forma un tanto lánguida, de algo que no se puede expresar con palabras. Sólo hay que verla y dejarse llevar, dejarse hechizar por ese Antonio Albajara interpretado por Antonio Ferrandis, dejarse arrastrar por esa Elena encarnada por Encarna Paso y, sobre todo, dejarse emocionar por ese Roxiu inmenso, humano, cariñoso en todas sus frases y entrañable en sus gestos y en sus ojos rebosantes en la piel del gran José Bódalo. Y es una película única. Porque todos hemos tenido esa sensación de tener a alguien muy cerca sin verle, sólo sabiendo que está allí, a tu lado, guardando tu sueño, alimentando tu esperanza, haciendo que todo vuelva a empezar cada vez que abres los ojos por la mañana.

José Luis Garci consiguió el primer Oscar para el cine español con esta película que apela directamente a nuestros corazones. A unos puede gustar más a través del romanticismo de sus imágenes, de todo aquello que no se dice, pero se intuye, del arte de la sugerencia que nos habla del pasado de unos personajes que ya deben llamar a las aldabas del final. A otros les gusta menos acudiendo a su repetitiva banda sonora con el Canon, de Johannes Pachelbel y el Beguin the beguine, de Cole Porter, o, incluso, al espíritu de reconciliación al que parece llamar sutilmente. Lo cierto es que, a partir de esta película, el cine español volvió a empezar y todos los que nos acercamos a verla pudimos comprobar que los regresos después de muchos años no son tan alegres como hemos querido imaginar. Al final puede que lo único que quede sea ese amor…ese amor…

jueves, 20 de septiembre de 2018

TODOS LO SABEN (2018), de Asghar Farhadi

El pasado suele ser un cobrador implacable. Puede tardar más o menos en llamar para reclamar las deudas, pero siempre lo hace. Y, muy a menudo, lo consigue de la forma más traicionera. Sin recompensas, sin agradecimientos, sin más rastro que el rencor, sin más heridas que el orgullo triturado. Al fin y al cabo, el pasado es lo que hace que nos convirtamos en lo que realmente somos. Y no caben demasiadas excusas.
Y el caldo de cultivo ideal para que crezca el rencor con el pasado llamando a la puerta es el entorno familiar. Ahí se saben todos los secretos, todas las confidencias a voz baja, todas las vergüenzas que cualquier clan se esfuerza por ocultar con la esperanza de que el olvido agarre al pasado y se lo lleve. Eso no siempre ocurre. Hay algunos que se esfuerzan por sacar posiciones de ventaja cuando las cosas se ponen feas y otros, los más áridos, tratan de encontrar la palabra justa que haga daño, que emponzoñe el ambiente, que haga recaer para siempre la sombra de la sospecha en el blanco de sus comentarios. Sí, aún existe la España de la envidia, del odio, del desprecio y de la amargura.
Así que ahí tenemos a una familia que se va a juntar por una celebración. Todos se lo pasan bien. Beben como cosacos y tratan de llevar el jolgorio hasta las últimas consecuencias. Quizá ahí es donde reside la parte más brillante de la película de Ashgar Farhadi, tratando de extraer la naturalidad del instante y agarrando por las solapas la pesadez del evento, con su bebida de más, su estómago repleto, sus bromas estúpidas y sus bailes cansinos. Aunque, claro, como hay que celebrarlo, todos se lo pasan muy bien.
Sin embargo, Farhadi no se detiene ahí e intenta construir una especie de híbrido entre El infierno del odio, de Akira Kurosawa, y la famosa serie de los años ochenta Falcon Crest con uvas incluidas. La intriga se convierte en melodrama y comienzas a no creerte demasiado todo el asunto porque, entre otras cosas, esas interpretaciones que has visto tan espontáneas y tan casuales, se convierten en una maquinaria de engranajes que se retrasan cual reloj de campanario de pueblo. Hay elipsis absurdas que, más que sugerentes, son torpezas; existen flecos de altura cuando se da importancia a algo que, luego, no la tiene; se palpan algunos errores de ritmo bastante evidentes; y, para completar el baile, se nota una cierta precipitación en alguna de las aristas del planteamiento. No obstante, es de alabar ese cambio de tono que va experimentando la historia, como si se quisiera oscurecer la luz del sol con las actitudes de algunos personajes y la resolución del misterio es leve, como un romance adolescente que empieza rápido y termina con brusquedad.
Es evidente que Farhadi ha realizado un trabajo de campo bastante exhaustivo, resaltando algunas peculiaridades del carácter del español profundo y, con cierta inteligencia, ha conseguido reunir un plantel de actores secundarios de mucha categoría que dan perspectiva a todo con sus miradas, sus trabajos previos, sus debilidades, algo que no se puede decir con tanta precisión si hablamos de Javier Bardem y Penélope Cruz. Pero vamos a callar ya, no sea que se corra la voz y nos demos cuenta de que, en realidad, actuar es algo más de lo que ofrecen y algo menos de lo que muestran.

miércoles, 20 de enero de 2016

UNA JORNADA PARTICULAR (1977), de Ettore Scola

En memoria del maestro italiano Ettore Scola, que tanto cine nos ha dejado.

Dos almas que se encuentran en medio de un edificio vacío que también tiene el brazo en alto para celebrar la grandeza del Duce. Una colada oportuna, unas frases dichas al azar, unas miradas de complicidad y parece que el tiempo queda suspendido en algún lugar entre el cariño y la compasión. Comienza la jornada particular. Los quehaceres de la vida diaria se entremezclan con naturalidad con las confidencias de dos vidas frustradas, llenas de rutina y desprecio, vidas donde un día habitó la belleza y ahora solo quedan ruinas deseando ser reconstruidas. El enorme edificio parece que mira con sus enormes ojos como ventanales y las piedras callan ante tamaña demostración de humanidad en medio de un mundo que pronto se derrumbará estrepitosamente. Dos almas que se encuentran en medio de un edificio vacío…
Tal vez no haya mañana para alguno, tal vez el mañana sea exactamente igual que el ayer, teñido de uniformes negros de incomprensión y de toques de odio. No importa. El momento es éste porque esas dos almas solitarias están aisladas de los gritos de fanatismo impostado. En algún momento puede que haya hasta un intento de amor pero no es posible entre dos almas que solo encajan en el refilón de sus soledades compartidas. El edificio habla con sus enormes patios de ecos de silencio y el aire sopla, como intentando llevar un poco de esperanza a los que no han ido a celebrar el triunfo de la intolerancia y del populismo. Mañana la cocina estará igual de sucia, la ropa habrá que lavarla, la colada habrá que tenderla en la azotea, el agobio de la soledad habitará entre medias de tanto quehacer y la derrota será una sombra que volverá de visita. La tristeza, en esta jornada particular, tendrá también un respiro, una oportunidad de entonar sus loas hacia lo que nunca debió de ocurrir y solo por un instante, por unas horas, dos corazones se sentirán libres, salvados, acogidos, aceptados.

Ettore Scola dirigió de manera brillante a Marcello Mastroianni y Sophia Loren en una película que arrancaba sentimientos tan encontrados y, sin embargo, tan brillantes que parecía que el día se convertía en una jornada particular solo por el hecho de haber asistido a esta historia de almas sin rincón. El dolor se agrupaba en el costado de sus protagonistas de una manera reconocible y sabia porque, de alguna manera, era un dolor que todos habíamos sentido. La esperanza también parecía querer abrirse un hueco en la cascada de sentimientos que nos provocaba. La decepción era una compañera que se sentaba en la butaca de al lado, sonriendo y esperando su oportunidad. Era como si la vida misma pasara ante nosotros a través de un ambiente que nunca habíamos conocido. Así era Ettore Scola. Nos hablaba de nosotros mismos mientras nos hablaba de los demás. Algo reservado solo a los grandes maestros. Por eso regaló tantas y tantas jornadas particulares a todos lo que amamos el cine. Por eso hoy también somos unas almas un poco más solitarias encontrándonos en la azotea con alguien que seguro que busca nuestra complicidad.

jueves, 3 de septiembre de 2015

UN DÍA PERFECTO (2015), de Fernando León de Aranoa

La teoría de cuerdas es un modelo fundamental de la Ciencia Física que asume que las partículas materiales puntuales son, en realidad, estados vibracionales  de un objeto más básico llamado cuerda. Y todo el mundo sabe que la Física es tan completa y tan compleja que se puede aplicar al estado anímico de las personas en cualquiera de sus acepciones. Por ejemplo, en la vibración anímica de unos cuantos personajes perdidos en medio de una guerra que resulta tan absurda como anacrónica, tan real como repetida, tan verdad que todo parece mentira.
No es fácil mantener la cordura buscando una cuerda allí donde todo falta y el odio se ha desatado de forma tan brutal que apenas hay un lugar para la infancia. Todo se reduce al momento. A poseer un balón de fútbol. A pasar por encima o por el lado de una vaca por miedo a las minas. A la abuela que sabe cuál es el camino porque su ganado sabe por dónde ha pisado el mal. Cuando la guerra es el fondo, los problemas que nos parecen tan cercanos, tan inmediatos, tan difíciles de resolver no son más que menudencias en medio de un grito de horror que clama todos los días por una solución de conciencia. Y ahí es donde nace el humor porque aquello que parece tan espantoso, se vuelve absurdo porque siempre habrá alguien que entorne los ojos con sabiduría y sepa sacar la punta inversa de la situación. Es muy fácil. Allí donde hay color negro, por fuerza, tiene que haber también color blanco.
Es cierto que la película, después de haberte introducido en unos personajes que llegas a querer, que deambulan por la decepción y el ánimo inquebrantable, quizá se desentienda en algún momento de ellos para dar realce a un mensaje que resulta del todo innecesario pero el director Fernando León de Aranoa consigue la empatía a través de la huida de evidentes maniqueísmos que han salpicado otras películas suyas. Y lo hace con sabiduría porque nos coloca en medio de esa terrible y encomiable labor que realizan algunos cooperantes en países en situación de emergencia e introduce partes de sus vidas en la herida del conflicto. Y eso termina por hacer mella en el ánimo de cualquiera que piense dos veces en la película. Si todo eso fuera poco, León de Aranoa consigue dos estupendas actuaciones en los rostros de Benicio del Toro, meditado, comedido y humano en esa máscara de lobo; y Tim Robbins, sencillo en su genialidad, tanto que se puede pensar que en la sencillez radica la locura. Dos razones muy poderosas para no dejar de ver esta historia de ayudas y dificultades, de cuerdas en estados de vibración que pertenecen a un todo que está demasiado estirado, demasiado afilado, demasiado hundido en la mayor maldad que se le puede ocurrir al ser humano.

La guerra es un cadáver en el agua que se niega a salir, es una cuerda que se niega a existir, es un continuo ahogo de sentimientos, es el miedo en medio de ninguna parte, es una noche de frío y confidencias que termina en un enorme vaho en el cristal. Y también es una mentira continua para esconder la terrible pena que significa perder todo lo que se tiene para, tal vez, no recuperarlo nunca más. Quizá un puñado de hombres y mujeres valientes están allí, donde el fuego más quema, para decirnos una vez más que una sonrisa hace que una vida merezca la pena. 

viernes, 4 de abril de 2014

BURT LANCASTER: EL HOMBRE DE LA SONRISA DE ACERO


Debido a su pasado acróbata, Burt Lancaster no necesitó nunca de un doble para rodar las escenas de riesgo. Cuando llegó a cierta edad, lógicamente, empezó a molestarle que los directores ni siquiera la preguntaran si quería un doble para que saltara en su lugar sobre un caballo. Durante el rodaje de ¡Que viene Valdez!, una modesta película del Oeste que se hizo en España y que tenía su aquél, un periodista le preguntó si no estaba cansado de esta situación. Lancaster, con su habitual tranquilidad respondió: “De lo que estoy cansado es de tener que fingir que soy un valiente. El público cree que soy un valiente como mis personajes. Los directores creen que soy tan valiente que no necesito ningún especialista para que me supla. Si hay algo que realmente me gusta en mi vida es volver a casa y estar con mi mujer. Con ella, no tengo que fingir que soy un valiente”.
La sonrisa perfectamente metálica de este actor ha brillado de tal manera que demostró que no solo era un saltimbanqui dispuesto a saltar del palo mayor de un bajel pirata a la rama del árbol de un frondoso bosque a rebosar de persecuciones y flechas. Tuvo una grandísima personalidad, con recursos interpretativos cercanos al Método, de amplísimos registros, que trabajó por igual en producciones europeas o americanas, que pasaba, con asombrosa versatilidad, de las aventuras intrascendentes a dramas de rotunda seriedad y siempre con un apreciable gusto a la hora de elegir los proyectos en los que intervenía.
Su primer papel, ahí es nada, fue el de “El Sueco” en Forajidos, de Robert Siodmak. Basada en el relato de Ernest Hemingway Los asesinos, el actor se envolvió en un halo de decepción perfecto para su personaje de boxeador acabado, víctima de los engaños de su amante y cómplice, una esplendorosa y magnética Ava Gardner.
Después de su papel de recluso amotinado en uno de los mayores clásicos carcelarios de la historia, Fuerza bruta, de Jules Dassin, trabajó en una muy estimable película negra injustamente menospreciada en su tiempo: Al volver a la vida, de Byron Haskin, en la que dio vida a un hombre que sale de la cárcel y vuelve a trabajar para el tipo que le metió en ella con el escondido afán de vengarse. El estilo delicadamente neutro de Lancaster no fue entendido por la crítica que alabó la actuación de su oponente y, desde entonces, uno de sus mejores amigos: Kirk Douglas.
Intentó un toque de prestigio al participar en la adaptación de la obra de Arthur Miller Todos eran mis hijos, pero la película fue para la impecable actuación de Edward G. Robinson. Más tarde, tuvo una muy interesante y breve aparición como el marido de Barbara Stanwyck en Voces de muerte, de Anatole Litvak y se da cuenta de que para hacer el tipo de cine que realmente le gusta, tiene que aprovechar sus fantásticas dotes acrobáticas para realizar películas de exquisito corte aventurero y gran tirón comercial como El temible burlón, máxima expresión del cine de entretenimiento terriblemente divertido; o El halcón y la flecha, una refrescante extravagancia dirigida con mano maestra por Jacques Tourneur. Al mismo tiempo, alternó estos papeles aparentemente intrascendentes con otros meramente artísticos como la muy estimable tragicomedia El caso 880, de Edmund Goulding; o el patético drama de Vuelve, pequeña Sheba, donde da vida a un marido borracho e iracundo. A pesar de todo, no consigue todavía el aprecio de crítica y público que podría darle el ansiado prestigio.
El primer aviso lo dio interpretando al duro Sargento Warden en De aquí a la eternidad, de Fred Zinnemann, con una ajustada caracterización enérgica que le aupó como un rudo galán de mucho quilates que hizo frente, con admirable valor, al resto del impresionante reparto encabezado por Montgomery Clift.
Trabaja en dos interesantes películas de Robert Aldrich: Apache y Veracruz, donde realiza una excelente actuación como un bandido guasón y tramposo para el que lució su fulgurante sonrisa con tanto encanto que robó la película literalmente al otro protagonista, Gary Cooper, en una interpretación tan sutil como atractiva. A continuación prueba detrás de las cámaras con El hombre de Kentucky, una apología de la vida natural que le decepciona de tal manera que declara que nunca lo volverá a intentar, aunque no respetaría su palabra.
Se aprovecha de sus habilidades circenses en el melodrama Trapecio, llegando a entrenar a su oponente, Tony Curtis y, luego, se empareja con Katharine Hepburn como el hombre que, tal vez, hace llover en El farsante, en una meritoria actuación que, sin embargo, se vio ampliamente superada por el trabajo de su compañera de reparto.
Obtiene un apabullante éxito en la estupenda Duelo de titanes, de John Sturges, en la piel del sheriff Wyatt Earp en una limpia interpretación para pasar a ser un implacable columnista de prensa sin escrúpulos que se opone a la relación de su hermana con un músico de jazz en la maravillosa Chantaje en Broadway, de Alexander MacKendrick.
Se mete de lleno en el mar en la cinta Torpedo, precursora de muchas de las aventuras submarinas del cine moderno, donde Lancaster realiza una segura intervención que se convierte en un apasionante duelo con su compañero de reparto, Clark Gable. Luego pasa al drama más teatral de Mesas separadas que, sin embargo, fue a mayor gloria de un insuperable David Niven.
Punto y aparte merece la excepcional interpretación que realiza en El fuego y la palabra, de Richard Brooks, en la que exhibió una extensísima gama de recursos dramáticos y expresivos llegando, incluso, a cantar el espiritual I´m on my way. Su papel de charlatán que se hace pasar por predicador evangelista le valió su único Oscar y el aplauso unánime de la crítica internacional que califica su trabajo de “actuación memorable”.
En 1961, interpreta a un juez nazi procesado en Nüremberg en Vencedores o vencidos, sustituyendo al inicialmente previsto Laurence Olivier. Con una inexpresividad aplastante, consigue dramatizar la acción de forma soberbia, saltando la distancia entre su propia identidad y su personaje.
A continuación, uno de sus roles más recordados, el del preso Robert Stroud que, con el tiempo, se convirtió en la mayor autoridad ornitológica del mundo en El hombre de Alcatraz, de John Frankenheimer en la que, pleno de sensibilidad, concentra toda la acción de la película con una sabiduría absoluta alcanzando una madurez y una serenidad pocas veces igualadas.
Cuando fue propuesto para interpretar el papel del Príncipe de Salina en El gatopardo, de Luchino Visconti, éste exclamó: “¡No! ¡Es rídículo! ¡Es un cowboy! ¡Un gángster!” pero lo cierto es que Lancaster dominó con su imponente presencia todo la película con matices excepcionales, momentos de una emotividad controlada y un impresionante peso en las escenas que hacen de su interpretación, uno de los mejores activos de este inolvidable título del director italiano.
Rueda otras dos películas seguidas con el director John Frankenheimer, con una acción y un vigor que parece agarrarte de las solapas sin soltarte hasta el final: Siete días de mayo, fábula político-militar en la que Lancaster combina sabiamente un contenido fanatismo con una innata convicción; y la fuera de serie El tren, una película de fantástico ritmo, insuperable interés, de una trepidante modernidad que es asombrosamente actual por su bien dosificado suspense, su más que notable realización y su trama urdida con arte.
Algo así podemos decir de Los profesionales, de Richard Brooks en la que Burt Lancaster encarnó a un experto dinamitero que, con sus explosiones “crea vida en lugar de muerte”, con un fondo idealista que explica toda la historia y en la que, a través de los ojos de su compañero Lee Marvin, podemos ver cabalgando “al mismísimo diablo”.
Comete errores con El nadador, de Frank Perry o La fortaleza, de Sidney Pollack pero se reafirma como el héroe cansado de Los temerarios del aire, otra vez con Frankenheimer y con el excelente western La venganza de Ulzana, de Robert Aldrich.
Dirige su segunda película que constituye un gran fracaso, El hombre de la medianoche, una película de misterio con un evidente aliento clásico que merece ser redescubierta para darse cuenta de su certera pincelada y de un guión más que sorprendente.
Vuelve a trabajar para Visconti, que quedó encantado con El gatopardo, en Confidencias que, junto con Novecento, de Bernardo Bertolucci y Atlantic City, de Louis Malle, marcan un más que prestigioso final de carrera con tres interpretaciones sobrias, otoñales y perdurables, llenas de cansada serenidad.

Jeanne Moreau dijo de él: “¡Burt Lancaster! Antes de robar un cenicero discute sus motivaciones durante una o dos horas. Tienes ganas de decirle ¡roba de una vez el maldito cenicero y cállate!”. Tal vez, tan solo era un hombre que buscaba la perfecta inspiración para su soberbia carrera detrás de una sonrisa esculpida en acero. Nada despreciable, por cierto, tratándose de un saltimbanqui.

jueves, 13 de junio de 2013

POPULAIRE (2012), de Régis Roinsard

Haciendo un esfuerzo sobrehumano podríamos recordar aquellas comedias que fueron protagonizadas por Rock Hudson y Doris Day a principios de los años sesenta y que dieron comienzo a un subgénero que se conoció en todo el mundo como “comedia de teléfonos blancos”. La fórmula de aquellas películas, de las que podríamos destacar algún título como la fundacional Confidencias a medianoche, Pijama para dos o No me mandes flores era muy sencilla. Se trataba de enaltecer como la puerta de la felicidad a aquellos años, vendiendo un estilo americano de vida que se acercaba mucho al ideal revestido de plástico, con un enredo amoroso de por medio (a elegir entre matrimonio que comienza a tener problemas por la evolución personal de la mujer o pareja que inicia un romance con pinta de normal y que suele descolocar al hombre por las particularidades de carácter que muestra la fémina) y con un amigo que solía ser testigo de todo el lío y desempeñaba, además, el papel de donaire.
 Y el caso es que esta película es un intento de homenajear e imitar aquellas comedias solo que cambiando la América fantástica y utópica por la Francia algo más vetusta pero amable y comenzando a desarrollarse después de la guerra mundial. Solo hay un par de variaciones. Se quitan los teléfonos blancos que eran seña de identidad de los equívocos inocentones y se pone en su lugar una máquina de escribir como motivo principal del asunto. El otro descarte es ese amigo donaire que aquí se convierte, simplemente, en un amigo fiel y que se deshace cuando comprueba lo que la felicidad puede hacer con el protagonista en cuestión.
Por lo demás, todo es igual. El chalet ultramoderno de las familias americanas se transforma en el caserón con olor a madera vieja y pisada crujiente, el tipo es encantador aunque algo obsesivo, la chica es pura delicia, con torpezas propias de una fémina que no está nada segura de sí misma hasta que encuentra que su destino y su habilidad esencial consiste en escribir a máquina. El amor aparece. Y ya para coger bien el teléfono blanco por los cuernos, ponemos unos cuantos campeonatos de velocidad mecanográfica para añadir una historia mil veces contada, dos mil veces vista y tres mil veces eficaz. Los trazos cómicos son ligeros, la historia es leve como la pluma, los tópicos se suceden uno tras otro, sin perder de vista el manual para la perfecta comedia intrascendente y con dos aciertos destacables como la ambientación, creíble y muy ajustada, y el muy inteligente uso de la banda sonora que combina con sabiduría el jazz, la canción más puramente comercial de los sesenta, la tontería de moda y la versión sorprendente de alguna vieja conocida. Además, y esto también es una virtud, hay un homenaje evidente a Vértigo, de Alfred Hitchcock lo cual confiere algo de categoría a la secuencia en cuestión porque se eleva con clase y buen gusto por encima del conjunto de la película.
El resultado es que se deja ver. Sin grandes pretensiones, con la intención de pasar el rato soltando una o dos carcajadas y unas cincuenta sonrisas indulgentes con el mérito principal de ser una película europea que imita sin vergüenza una receta americana. El resto son teclas, miradas asesinas, más teclas, la aparición de los odiosos villanos que intentan aprovecharse vilmente, unas cuantas teclas más, interpretaciones aceptables, que huyen de la estridencia y se centran en la anécdota de todo y, además, teclas.
Así que ya saben, hagan un poco de gimnasia de dedos para aumentar la elasticidad, dejen que las manos retengan la memoria de las letras del teclado porque, si hay que ser sinceros, esta película tendrá un recuerdo fugaz, apenas nada, en forma de rato agradable y curvas de tonto amor.      

martes, 19 de febrero de 2013

LA CARTA DEL KREMLIN (1970), de John Huston

El Salteador es un hombre frío, sin escrúpulos. Solo hay que ver cómo mira. En sus ojos parece que hay tanta maldad como odio. Algo esconde. Quizás un diablo dentro de sí. O, tal vez, un corazón helado, cansado de tanto ir para allá con secretos y basuras del espionaje. Es exigente, no intenta ganarse la simpatía. Para él solo existe la misión. Tiene el rostro de Dean Jagger. Y no es muy normal que un hombre como él sea la representación perfecta del desprecio. La maldad supura por sus ojos, por sus labios apretados, por sus manos nerviosas. Es el jefe. Es el peor.
El Virgen es un marino con muchas cualidades. Tiene memoria fotográfica, es inteligente, pilla las cosas al vuelo, yendo un poco más allá. Su frialdad es exquisita pero…es solo aparente. Sufre porque tiene que hacer cosas que no quiere hacer. Tiene reparos en utilizar a las personas sin más motivos que lograr un objetivo. Le gusta una chica y ése es su punto débil. Y no dudarán en explotarlo los mismos que le manipulan. Demasiadas obligaciones. Hay que usar la cabeza y usarla bien. Estos tipos no se andan con tonterías. Incluso la prostitución parece una buena idea según ellos. Galones fuera, Patrick O´Neal porque la herida irá por dentro. La corrupción, también.
El Libertino es un tipo con mil caras pero se exhibe bajo los rasgos de Nigel Green. Es brillante en sus respuestas pero algo obsesionado con el dinero. Los burdeles son su territorio porque ya se sabe que ahí es donde se sueltan las confidencias más indiscretas. Un prostíbulo es el lugar donde la lengua se escapa igual que la lujuria. Y, además, resulta incontenible. Unas buenas dosis de cinismo tal vez ayuden a sobrellevar todas las jugadas sucias. Y siempre habrá algo de placer en la violación de los secretos.
El Brujo es un homosexual que sabe tocar el piano y tiene un profundo conocimiento del mundo prohibido. Sabe qué teclas tocar para hacerse atractivo y, además, disfruta con ello. Tiene manías de mujer. Se viste como una mujer de vez en cuando, es capaz de tricotar unos calcetines como un detalle de delicadeza para quien es su confidente y tiene dos cualidades nada ocultas: tiene un sentido del humor muy peculiar y, además, es valiente porque no tiene nada que perder. Peligroso en su mordedura. Curioso en sus maneras. Es George Sanders y nos quedamos con su cara.
El Radiotécnico es una chica bajo los rasgos de Barbara Parkins, pero eso no importa. Lo que importa es que puede abrir una caja fuerte con los pies en menos de tres minutos y medio. Con los pies. Es dulce y aún no acaba de entender esa impenetrabilidad que tienen todos los demás pero se aplica e intenta hacerlo aún mejor. Es el peón sacrificable. Es la moneda de intercambio.
Ward es el hombre sin rostro. Su pelo no es natural. Su cara parece hecha con retales. Sus modales también. Es Richard Boone que pone en juego toda la maldad necesaria para el trabajo detrás de unas maneras amigables. Es el eterno contendiente, el que nunca se rinde, el que hace todo y lo hace bien. De él depende el éxito. Y el fracaso. Y es el encargado de destruir todos los resquicios morales. No hay prisioneros. Solo morir estando vivo.
Kosnov es el enemigo brutal, aquel que no se va a parar en consideraciones, el más temible. Si hay que sacrificar a alguien, pues se hace sin reparo alguno. Es un perdedor y aún no lo sabe. Más que nada porque, a pesar de su brillante historial repleto de crímenes y barbarie, tiene un jefe que sabe darle donde más le duele. Para algo es Max Von Sydow. Para exhibir la congelación total de lo que piensa salvo en una ocasión.
Bresnavitch es el jefe del contraespionaje. Es sutil y diabólicamente inteligente. No deja que nadie destaque si él no da el visto bueno. Ni siquiera en sociedad. Negocia con pocas palabras y es partidario del método más expeditivo. Pero el buen humor es inherente entre los hombres que manejan el poder. Ya lo sabía Orson Welles y por eso lo interpretó. Solo bastan dos miradas para saber lo que ese hombre de dimensiones inmensas está pensando.
John Huston juntó todas estas piezas para buscar una comprometedora carta en la que se sugería una posible colaboración entre Rusia y Estados Unidos. Y es mejor que esas cosas no se sepan antes de que caigan en manos equivocadas. Lo hizo bien el maldito Huston. Lo suficiente como para dejarnos una sensación de que todo se había conseguido porque nadie supo mirar al verdadero objetivo. Huston equívoco. Huston malhechor. Maldito John…

martes, 29 de enero de 2013

LA LLAVE DE CRISTAL (1942), de Stuart Heisler

La política no es el mejor camino para hacer amigos pero, sin embargo, Paul Madvig tiene uno. Es un tipo que lo haría todo por él. Se dejaría pegar, engañar e, incluso, disparar. Se llama Ed Beaumont y es uno de esos tipos que no tienen más casa que la calle, que no tienen más compromisos que la hora siguiente, que no tiene muchos escrúpulos a la hora de conquistar a una rubia para luego utilizarla. Este mundo es así. La prensa está corrupta. Los políticos harían cualquier cosa con tal de conservar el poder. Los verdaderamente poderosos son los que están detrás. Son los que manejan el dinero suficiente como para financiar campañas, comprar votos, amañar sobornos, corromper a todo bicho viviente y, además, tener una apariencia de respetables. Ed Beaumont lo sabe y no tiene ningún inconveniente en usar los medios necesarios para hacerlos caer por todos los medios.
Pero Ed Beaumont traiciona a Madvig. Tal vez no sea tan amigo. Nunca lo hubieras dicho, ¿eh, Paul? Toda la vida juntos, haciendo de cobradores en garitos de mala muerte, llevando cuadrillas de votantes a granel para hacer que unas elecciones parezcan limpias cuando están más sucias que un baño de la policía y, de repente, tu camarada, tu compañero de penas, confidencias y puñetazos, se pasa al enemigo. Claro que eso tiene un precio. Por ejemplo, su cara. Le brean. Le dejan como un solar. Y, sin embargo, él sigue teniendo la llave de cristal que abre tu amistad, tu ternura, todo lo que te queda de hombre. Sí, bueno. Luego está la rubia, esa chica que mira de medio lado con los ojos por debajo del flequillo pero eso no es más que el precio que tú cobras por dar tu apoyo a un candidato a gobernador.
Hay un gorila por ahí, un bestia con gracia. Le ha tomado gusto a la cara de Beaumont y desea machacarla una y otra vez. Ya lo dice presentándolo a sus camaradas del bar: “Señores, éste es el mejor tipo al que mis nudillos han tenido el placer de pegar”. Más que nada porque le gustan los duros que resisten sin rechistar el castigo. Y él tiene algo de sádico. ¿Hay un sueño mejor? Un tío que no dice ni pío y unos puños que hablan por sí solos. Una cara para apañarla bien. Así es como se sabe que Beaumont va a ser leal, si sobrevive, claro.
Pero los amigos son los amigos. Beaumont no traiciona, solo finge. Y lo hace por amistad, por sacar a Paul del atolladero de una posible acusación de asesinato. Eso sí, la rubia le interesa y eso es una traición como un anillo de diamante. Maldito Beaumont. Controlas todo del principio al fin. Eres grande. Eres pequeño. Eres imprescindible.
Basada en la novela de Dashiell Hammett, el director Stuart Heisler dirigió esta película que, con los años, se ha convertido en un clarísimo precedente de Muerte entre las flores, de los hermanos Coen. Sobria y seria, con diálogos rápidos y certeros, como un buen disparo, como un buen golpe en la mandíbula. Es lo que tienen los tipos que saben abrir cerraduras con su llave de cristal, que saben cómo llegar a donde se lo propongan.

jueves, 2 de junio de 2011

EL CASTOR (2011), de Jodie Foster

La depresión es una gravísima enfermedad mental que consigue pasar desapercibida para la mayoría de los que no la padecemos y que está haciendo su agosto en los terribles tiempos que vivimos por culpa de la monotonía, de la frustración, de rutinas traumáticas, de hundimientos progresivos de la personalidad, de derrumbes repentinos de lo que se creía que era firme y de la incertidumbre que genera el futuro escurridizo y esquivo que parece querer huir de lo que realmente deseamos.
En determinados casos lo que se padece son pequeñas depresiones que solventamos inventando algún amigo invisible que hace que parezcamos más zumbados que el pecho de King Kong al hablar solos por la calle. Algunos utilizan el espejo para darle algo de forma, otros la imaginación y los casos graves, lo personalizan en un muñeco, en una marioneta, en un coche de juguete o en una sartén. Siempre que esa desviación provisional de la mente sea una simple evasión para poder afrontar la realidad, no habrá ningún problema y hasta algunas mentes sesudas lo calificarán de saludable.
El problema, naturalmente, sobreviene cuando ese objeto que se ha utilizado para aminorar culpas y aumentar seguridades comienza a ser una parte importante del pensamiento y lo domina hasta convertirse en el origen principal de todas las ideas y, lo que es peor, en el motor primario de todas las estabilidades.
Y así un tipo habla a través de un castor. Absurdo. El castor no es gracioso. El castor no es dramático. El castor, realmente, es un personaje totalmente prescindible de la película porque no nos deja saber en ningún momento quién es la persona que lo maneja por mucho que se empeñen en decirnos lo contrario. La propuesta de Jodie Foster como directora es mediocre, insulsa, indecisa, torpe y, por si fuera poco, roza la bobada. Y es que no se puede contar una historia sobre un depresivo sin gracia y sin talento porque de aquí, podría haber nacido una comedia, al menos, aceptable. Pero, claro, eso requiere un montón de trabajo en los diálogos y cierta desvergüenza. Como ella quiere ser políticamente muy correcta con los enfermos que padecen esta dolencia, se inclina por un drama proyectado en una familia que anda sin mucho rumbo porque la brújula que marca el camino resulta ser una marioneta peluda pero, como quiere ser políticamente muy correcta con los enfermos que padecen esta dolencia, tampoco quiere que la gente crea que la depresión sólo se cura con la proyección de la propia personalidad en un roedor (al fin y al cabo, Robert Zemeckis me contó algo parecido con Wilson y Tom Hanks en Náufrago sin tomarse toda una película para decírmelo). Así que ella, tan lista y brillante como dicen, tira por la calle de en medio, es decir, la emoción facilona y busca el motivo principal en la familia, núcleo y solución de todos los problemas. En realidad, a la señorita Foster, que tampoco es que haga un gran trabajo como actriz, habría que recomendarle una cosa sobre un gran conejo blanco que no existe y que se transforma en el compañero de copas y confidencias de un excepcional James Stewart en El invisible Harvey. Pero ¿saben qué? Soy tan políticamente correcto que no quiero parecer un sabihondo en esto del cine y de opinar de lo que nadie me ha dado derecho y será mejor que lo descubra ella solita. Yo he descubierto y he confirmado ya lo mal que hace películas, porque aquella de El pequeño Tate era pequeñita y poca cosa aunque mucho mejor que ésta y, de paso, alguien debería darle un par de lecciones sobre la transición de los personajes de un estado a otro porque los seres humanos no suelen cambiar de comportamiento, ni realizan actitudes esperadas así de repente. No todo tiene que estar en función de un final supuestamente emocionante. Así que con una lágrima que, apenas puedo contener, dejo aquí el artículo. Malditos roedores.

jueves, 10 de febrero de 2011

127 HORAS (2010), de Danny Boyle

En una piel de tierra, surcada de cañones y grietas, con dientes de piedra y lluvia de grava, un hombre queda atrapado por una roca que se muestra inamovible, signo de presa hacia una invasión que se antoja noche en las fauces de una boca que se abre en el paisaje. Dureza controlada que suplica la herida. Tiento de bocado que no se mastica, sólo se macera con vacíos de soledad y de frustración. Esperanza presentida que lleva a la decisión de perder para, luego, ganar.
Y así, el grito de piedra que sale de las mismas entrañas de la hondonada, es escuchado por un cuervo que pasa puntualmente todas las mañanas a la misma hora. La mente divaga y se desespera y se caen en los errores que no se vieron y en los momentos que la situación se empeña en no hacer vivir. El individualismo llevado al extremo como una glorificación y un signo de identidad propia en un hombre que estaba solo incluso cuando se hallaba rodeado de gente.
Todo esto sería muy bonito si detrás de las cámaras hubiera un director que no se llamara Danny Boyle. Es inevitable volver la vista al pasado más reciente y encontrar referencias y puntos en común con Enterrado, de Rodrigo Cortés y lo que en aquella era virtud al dejar toda la acción en el interior de una caja, aquí se vuelve defecto al acudir a recursos tan facilones como el recuerdo, la alucinación, el pensamiento absurdo e, incluso, la acuñación de una soledad ganada a pulso. Por si ello fuera poco, el público, también aprisionado, no empatiza con un protagonista que es un ser bastante descentrado, con una imagen de sí mismo ciertamente infantil y con serios problemas de sociabilidad para acentuar aún más su valor como individuo, tema evidente en la filmografía de Boyle que, además, hace gala de una extraordinaria habilidad: no importa el plano que sea, siempre elige el menos adecuado.
Pocas virtudes se pueden achacar a una película en la que, por supuesto, los marginales de turno que empiezan a ser mayoría, se han precipitado en considerar maravillosa porque, precisamente, la valentía del protagonista es consecuencia de su propio defecto. En cualquier caso, cabe destacar la actuación de James Franco, algún que otro acierto de guión como la secuencia de la entrevista que se hace a sí mismo y hay que colgar de lo alto de un barranco al director porque utiliza un truco tan poco elegante y desfasado como poner una música estridente y machacona para subrayar unas escenas que necesitan de algo más de tensión y una pizca menos de autocomplacencia.
Como suele ser habitual en su cine, Danny Boyle vuelve a exhibir crueldad en una situación que no lo necesita porque, al fin y al cabo, está todo suficientemente descrito como para que el espectador se dé cuenta de la gravedad del asunto. Su ritmo llega a ser cansino e intermitente, haciendo de una historia digna de ser contada, un evangelio sobre la distinción humana que todos nosotros llevamos consigo y con una despreciable insinuación encaminada a decir que, precisamente por ser parte de la masa colorida y manipulable, nadie, en la misma situación, sería capaz de llevar a cabo una acción semejante. Cine para los que se creen diferentes. Y no todos son diferentes. Tenemos muchos rasgos en común. Entre otras cosas, no nos gusta dar explicaciones de adónde vamos cuando queremos huir y comernos el día.
Y aún hay otro defecto más y es la profusión de planos imposibles que van desde el interior de una botella para enseñar la lengua sedienta del interfecto hasta las burbujas chispeantes del refresco de orina que tiene a bien tomarse cuando se le acaba el agua. Todos ello hace que la película, efectivamente, dure 127 horas, deseando que llegue el momento de levantarse de la butaca y compartir unos ratos de placer y confidencias con alguien que no nos haga sentir tan solos.